jueves, 9 de febrero de 2012

la noche de lo eterno. Luis Aberto en Vélez

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez, y vaya mierda volver en un día triste.
Hace tiempo veía una entrevista vieja, como de los setentas. Era un programa de televisión donde un tipo le preguntaba a otro, flaco y desgarbado, con los cabellos convertidos en una batalla y armado con una guitarra entre las manos, qué era lo que pretendía lograr en la vida. El chico, de lo más tranquilo y de lo más humilde, bajaba la mirada, se acomodaba la guitarra y respondía que sólo quería transformar el mundo. El conductor, sorprendido, se le echaba a reír a la cara, mientras el flaco lo miraba como extrañado, sin entender qué era lo que le causaba tanta gracia. Hablaba en serio.
Aquel flaco sólo podía ser Luis Alberto Spinetta, siempre etéreo, siempre con esa maravillosa desfachatez ante la vida. No sé si cambió al mundo, pero sé que a muchos nos hizo vivir mejor en éste.
Ese flaco ha partido, y tratando de guardar un poco la tristeza, he buscado un viejo post que nunca subí. Chau flaco, y gracias por recordarnos que Toda la vida tiene música.  


Diciembre 4, 2009
Desde que atravesaba el par de cuadras camino al estadio entendía lo que estaba a punto de presenciar. Lo sentía al mirar la emoción sin maquillajes en los rostros de aquellos tipos de la vieja guardia, que con el boleto aferrado marchaban en devota procesión hasta la cancha de Vélez. Lo entendí desde mucho antes, cuando hacía la cola para comprar el boleto, el primer día de venta, en la bella librería del Ateneo, y miraba a los chabones que compraban cuatro o cinco o seis entradas, y al recibirlas le gritaban a alguien por el celular "¡ya las tengo, ya las tengo!". Por esos días la euforia ante el regreso de Charly a un masivo barría hasta el último rincón de la ciudad, tanto que hasta la Rolling Stone le había dedicado la portada. En medio de tamaña conmoción el concierto del flaco quedaba en un lugar discreto, pero yo tenía que verlo. Como Belascoarán, que en Adiós Madrid viajaba a las Españas tan sólo por plantarse en  un concierto de Sabina, así había agarrado yo camino para el sur, persiguiendo las huellas del flaco.
Había entendido, o eso creía, porque sólo comprendí todo en su perfecta dimensión hasta alcanzar las gradas, que en un santiamén quedaban abarrotadas hasta las escaleras y los pasillos, y al contemplar la cancha, cubierta en buena parte por sillas, y la gente que poco a poco cumplía el lleno, con la misma solemnidad con que irían a escuchar un concierto de Chopin. Vélez se vestía de gala para recibir a una criatura mitológica llamada Luis Alberto Spinetta.
El verano arrancaba ya y decidí ir ligero, lo que fue una soberana estupidez. Aún antes de que comenzara la música y de que la noche empezara a caer, un tipo cercano a mí, rudo y con su disfraz de rocker muy bien planchado, le preguntaba al hombre que vendía refrescos si no había posibilidad de que le consiguiera un matecito para el frío. Y es que en la grada el viento mordía inclemente, pero todos estábamos listos a aguantar la nevada si era necesario, que en esa ceremonia celebraríamos los cuarenta años de música del flaco y no era cosa de rajarse, no ante lo que todos sabíamos sería un concierto legendario.
Pero ni el más ilusionado alcanzaba a imaginar lo que se nos vendría encima, con las cinco horas y media que el flaco se despachó sin titubear, a sus sesenta tacos, con Cerati tocando Te para tres y Bajan, con Fito compartiendo piano y vocales en Las cosas tienen movimiento y Asilo en tu corazón, con Charly quemando los restos de cuerdas vocales en Rezo por vos. Y sobre el escenario, que cambiaba de instrumentos con cada nueva aparición, desfilaron Invisible, Pescado Rabioso, Jade y Los Socios del desierto, las bandas eternas del flaco, transportándonos en un viaje estelar por las constelaciones del jazz, del rock y el blues.
Yo, en mi papel de forastero en aquel culto y con mi parco conocimiento de apenas un par de discos en la materia -uno de ellos el imprescindible La la lá, ese disco freak del flaco y fito que el chompa tuvo a bien rolarme-, me dejaba llevar por los acordes, entre aves-sirena y planetas multicolores, acompañado por un par de fazos que me acercó la generosidad de un chabón sentado a mi lado, en una experiencia alucinante, viajando a lomo de armonías hasta sentir que estaba solo en ese estadio, en una travesía interior que cerraba mis días en el sur. Esa ceremonia, celebrada exactamente un año atrás en la misma noche en que escribo estas líneas (2010), representó el final de un viaje y el inicio de otro que aún continúa, y para los que tuvimos el honor de presenciarla, sin duda alguna, quedará como una de las mejores noches de nuestras vidas.

sábado, 17 de septiembre de 2011

madrugada en torno a una cama de hospital

Frío. El frío muerde de una manera insospechada en las madrugadas de hospital. El cansancio toma forma y peso en la espalda, en los muslos, en cada parte del cuerpo, es un ente que de pronto adquiere conciencia propia y grita con mil bocas al mismo tiempo. Sabes que debes mantenerte alerta, pero el sueño es un adversario enorme e imbatible, inclemente, que te abraza y te seduce de a poco, jalándote hacia el fondo de un mar en calma. Luchas y conquistas la superficie cada cinco, cada diez minutos, y presionas con suavidad la mano que sostienes para decir estoy aquí, drume negrita, duerme tranquila que yo estoy aquí contigo, como siempre lo he estado, para ahuyentar los malos sueños y los temores que siempre rondan por los pasillos. Miras el tic tac del suero e imaginas como gotean despacio los segundos, muy despacio, porque el tiempo en los hospitales de madrugada apenas y se arrastra, insoportablemente lento, tanto que parece que la mañana nunca llegará. Al otro lado de la ventana, una noche sin estrellas se mueve en calma sobre la ciudad y casi puedes observar a todas esas personas durmiendo en sus hogares, a la prostituta que fuma agotada en una esquina cualquiera, al chaval que se sube el cuello de la chamarra y aprieta la marcha en una calle donde sólo resuena el eco de sus pasos, y desde esa habitación a oscuras les guiñas un ojo, cómplices del desvelo, y mentalmente les pones la mano en el hombro, no estás sola chica, alguien avanza contigo compañero, porque sabes cuánto reconforta esa caricia que sin palabras dice estoy con vos. Buena fortuna, compañeros de la noche.
Regresas a la habitación y miras por enésima vez las cifras cuadradas y verdes que cambian en la pantallita de ese aparato, oscilando entre la esperanza y el desconsuelo. Vamos, máquina de mierda, suelta ya las buenas noticias. ¿Quién te crees que eres para medir la fuerza de un corazón? ¿Qué sabes tú, un vulgar mecanismo frío y artificial, de la fortaleza y la ternura que hay en cada latido? Máquina de mierda, ciencia de mierda que se conforma con mirar a los cuerpos como piezas de relojería, que puede contar cuántos latidos hay de más o de menos, pero que no puede medir el hambre de vida que ruge en cada uno. Ciencia vulgar que mide la temperatura de un cuerpo, pero que nada sabe de la tibieza de esa mano que sostienes. Ciencia cretina, tan reducida en comprender los misterios del universo que encierra un corazón.     
Tranquila, te dormiste unos cuantos minutos, pero todo sigue bien. Son casi las cinco, la alborada ya está cerca. Sssh, ¿escuchas? Sí, es el Claro de luna de Debussy. El mundo siempre suena al Claro de luna en las madrugadas, como si el viento suave de la noche silbara siempre la misma melodía. Está ahí, para recordarnos que no estamos solos, que hay alguien más allá afuera, escuchando esas notas de terciopelo, alguien que te acompaña como tú acompañas a esa mujer en esa cama de hospital. Debajo de esos párpados tan callados, ella sueña que pelea con molinos de viento y no se dejará vencer. Pelea con todas sus fuerzas, sin temor, pues sabe que estás ahí, su fiel escudera, sosteniendo su mano, batiéndose una al lado de la otra. La alborada llegará, está a unos cuantos pasos, sólo aguanten un poco más, que con el sol amanece la esperanza. Aguanta mujer, y déjate acariciar por las notas de ese piano, siente mi mano en tu hombro compañera, hermosa y valiente compañera, olvida por un instante el cansancio y el frío y regala una sonrisa, porque aún en las tinieblas de la noche más cerrada podemos escuchar toda la belleza de este mundo. Pronto amanecerá.


martes, 6 de septiembre de 2011

cuadro clínico de la ilusión

Trataba de ser discreto y aguantar pero esta molestia no me la banco más. Sucede que llegó usted, tan campante con sus perfumes de cariño nuevo y sus ajuares de guapa y me trastocó la vida, que al soplo de un hola me alteró el mundo conocido con la sutileza del huracán. Sucede que con la caricia de sus manos delgaditas desacomodó mis novelas de soledad, arruinó mi colección de días primorosamente esmaltados en gris y el atado de pasos perdidos que con tanto esmero guardaba en una caja. Con sus aires de novedad barrió mis calendarios de hojas de otoño y barrió el polvo que cubría las cartas de amor por escribir. ¿Pero quién se ha creído usted? Al verme reflejado en sus ojos se me apagó la mirada torva y al roce de su piel se despertó la mía, durante tanto tiempo adormecida. Con las campanas al vuelo de su risa se me callaron las canciones tristes y algunos pocos ecos del pasado. Hasta ahí la cosa era apenas soportable, podía lidiar con eso y fingir que las aguas se sujetaban a su cauce, pero todo se fue al carajo la mañana en que no encontré más el gesto indiferente en el espejo del baño, y en su lugar me sorprendieron unos ojos donde brillaba la ilusión. ¡La ilusión! ¡Pero cómo se atreve! Yo que con tanto trabajo había logrado vacunarme contra la picadura de ese bicho, y usted tan tranquila, saludando cada día con ese tierno encanto cotidiano. Comprendí entonces que presentaba los primeros síntomas de la temible enfermedad de los boleros y corrí a buscar alivio en la rutina. Busqué el antiguo desamparo que siempre me acompañaba en la oscuridad de los cines, pero ya no estaba ahí. Corrí desesperado a recuperar las letras podridas que siempre brotaban como moho en los intersticios de la madera de las mesas del café, pero nada, ahora cada palabra que escribía era una sonrisa boba y cada línea hablaba de usted. Yo era un tipo sencillo, de vicios fáciles y placeres modestos. Me ejercitaba un poco cada día con la gimnasia del recuerdo para preservarme contra la esperanza, fumaba a mis horas y dormía para no soñar. Un tipo ordinario y tranquilo, muy dado a entablar monólogos con las aceras y exento de la tentación de la vanidad o el heroísmo, que guardaba la risa un poco apolillada en el fondo del armario, que se leía en las novelas de Onetti y que cultivaba en sus ratos libres el viejo oficio del pesimismo. Un poco mezquino y un poco cobarde como cualquier otro, yo era nadie en especial. Pero tenía que aparecer usted, la belleza de usted, el deseo por usted.

Ahora resulta que me descubro amando las noches de los jueves y las charlas de telegrama, que todos los días son el bello abril y todas las canciones una coartada para extrañarla. Resulta que me obligó a hacer las paces con la sonrisa y a soñar con la medianoche de París, que siempre canto una melodía de Jo Stafford y que me paso la vigilia de las noches escribiendo un tratado sobre las constelaciones que brillan en la galaxia de su cuerpo. 
Resulta que le voy queriendo in crescendo, avanzando trechos inmensos a pasos pequeñitos, como los de aquellos besos que muero por poner a desfilar sobre sus labios carmesí. Resulta, señorita, que aunque no ha habido intención en ti de provocar lo que siento, yo le voy queriendo como un estúpido, como había olvidado que se debía querer, con el desparpajo de la ingenuidad y de la cursilería, andando a palos de ciego en el nudo de esta historia que nos ha dado la locura por contar. Resulta que mi empeño tiene cara de osadía, pues me atrevo a querer que quiera quererme, que también es tonto y que entiende muy poco de razones y contextos adversos. Resulta, señorita, que el mundo está recién pintado y que ya no concibo habitarlo sin usted, 
y la culpa es toda suya.    

sábado, 20 de agosto de 2011

viaje de bitácora

Este cuadernito mío no es de arena y finalmente, tras una complicada travesía de más de año y medio, sus hojas, blancas como velas que le llevaban impulsadas por la caricia del azar, se han terminado. Juntos, ese compañero que compré por dos pesos en un botadero de libros y yo, echamos a andar por mar abierto, agarrando rumbo en medio del temporal. Con una brújula sin norte y la suerte tirada a la contra, anduvimos a los tumbos aquí y allá, buscando en el firmamento la certeza de una estrella a la cual amarrar el curso.
Caprichosas fueron las corrientes del azar que a veces empujaron con la suave melodía del oleaje calmo y otras con violentos golpes de mar, pero nunca les sacamos la vuelta. Así conocimos por igual algunas veladas memorables entre tragos y abrazos que días sombríos, encallados en las arenas del cabo de Poca Esperanza, y la risa se nos confundió con el llanto y la nostalgia con la rutina, pero nunca dejamos de bogar.
En los trazos apretados y tensos que plagan ese cuadernillo leo lo que fue mi vida en aquellos meses. Las primeras anotaciones son sobre la tesis y mis torpes intentos por resistir el exilio a punta de trabajo. Hablan de epidemias, del miedo que impregnaba los aires de ciudades viejas, y así se siguen, con reportes de médicos decimonónicos y anotaciones de libros que comparten página con soliloquios retorcidos, con peleas con la memoria y el olvido prendidas a una vida vacía como notas al pie y posts grises como nubes cargadas de lluvia. Hay muchas notas que arrojé a las aguas en botellas que nadie recogió, cartas de melancolía y de falso rencor sin destinatario ni remitente y rayitas en grupos de cinco arañadas sobre la monotonía de muros infranqueables. Hay nombres que llegaron y nombres que se fueron, nombres que perdí y uno que otro que aún extraño. Hay muchas tardes perdidas sobre la mesa de un café, todas igualmente absurdas, tan viciadas que son como una sola repetida hasta el hartazgo. Entre cuentos del fracaso y crónicas de caminante sin camino está la dirección de la Universidad del País Vasco, apartado 1397, Bilbao; está la historia de la tarde lluviosa en que proyectaron Enamorada en el Auditorio Nacional, una tarde de luto en que la vieja hizo tanta falta, y suenan aún los ecos de una noche feliz en conventillo, con sus viejos cantando tangos, su gato gordo sobre la mesa y con aquella sonrisa tan diáfana que aún ahora puedo ver de cuando en cuando al cerrar los ojos. Está todo, están las notas del curso que daba los miércoles en aquellas tardes felices que se adentraban en la madrugada, entre cervezas y canciones de Joaquín y de Silvio, y están los boletos de la cineteca que cuentan la misma película aburrida del tipo solo que corría a buscar refugio en la obscuridad de una sala, en tardes de mal talante. Están todos los verdes que bailaban con el sol entre el follaje de los árboles del Franz Mayer, y están sus mesitas de frío marmol y mi amigo el poeta y sus partidas de ajedrez, y claro, está Auster bebiendo café mientras me contaba lo sola que estaba la soledad.
En ese cuaderno, con sus tapas viejas y castigadas por tanta marcha leo la bitácora de una vida que ha quedado atrás, con la amenaza de naufragio en cada día, con su bien y su mal y sus olvidos y sus recuerdos y sus expresos dobles y sus bares cerrados a la madrugada. Entre las últimas páginas aparece el comienzo de una nueva travesía, en los mares del sur de la ciudad. La rosa de los vientos floreció otra vez con un nuevo norte, un nuevo camino adoquinado con lecturas a las tres de la mañana y silencios de biblioteca, una nueva oportunidad para ver hasta donde da el aguante. Y esta última paginita cierra feliz con el asombroso descubrimiento de que París aún me esperaba a la medianoche, que al azar aún le quedan algunos cuentos de besos y abrazos por contar. Así cerramos este viaje compañero, guárdame esa vida vieja y levantemos la copa por lo afortunados que hemos sido al conocer los secretos del oleaje, que a cada golpe sabe traer una nueva oportunidad.



jueves, 11 de agosto de 2011


El pequeño dolor que me rebota en algún rincón impreciso de la cabeza, la pesadez del cuerpo, el sueño que sutilmente me cubre los párpados, todo es distinto. Es un cansancio agradable, que resbala lento por cada poro, como un abrazo que me toma suavemente y me dice para flaco, esta noche no. Le explico que tengo que leer, que no entregué el reporte de tal libro, que, que... no le importa nada, no escucha razones y no me da la gana pelear con él, no hoy. Qué carajo, hoy o mañana Weber seguirá siendo una tenebrosa fortaleza impenetrable, Elias, más amable, comprenderá el desaire, Geertz estará ahí cuando despierte y O'Gorman continuará sus rabietas contra Colón esta noche o mañana. En europa oriental las naciones se seguirán formando y los griegos serán un día más la cuna de todas las historias. No te lo tomes tan en serio, me recuerda; no pasa nada, puedes dormir y las cosas seguirán igual mañana. Afuera, entre los juegos del viento, el mundo rueda tranquilo y calladito.

El sueño de esta noche es particular porque guarda el dulce sabor a tierra del camino. The band is on the road, again.

miércoles, 3 de agosto de 2011

personaje de Onetti

La cosa está así. Veré cuanto se puede escribir en lo que dura un cigarrillo, en estos tiempos en que todo parece imponer la economía del tiempo. Además hace rato ya que tengo demasiadas palabras para decir tan poca cosa, y cuando hay alguna cosa que contar se esconden las palabras. Por eso lo mejor tal vez será no perder demasiado tiempo en estas pavadas.
Por estos días de nuevo puedo pagarme el lujo de leer a Onetti, el uruguayo aquel tan enterado en el drama de los escenarios polvorientos, en el mar de vida o de miseria que radica en una charca, y que sólo espera quien sea digno de contarlo. Nadie como él para hacerlo.
Me resulta indigno dedicarle los ratos del metro o el microbús a su lectura, a él, que por la belleza de su lenguaje siempre amerita un estupendo expreso doble. Lo siento viejo, así las cosas. Entre las tristezas pequeñas y viejas que dan forma a las calles de Santa María encuentro esto:
 "yo, éste al que designo éste, al que veo moverse, pensar, aburrirse, caer en la tristeza y salir, abandonarse a cualquier pequeña, variable forma de la fe y salir." Me encuentro.

Ocho pitadas en 9.12 minutos.

sábado, 16 de julio de 2011

caricia sobre las alas del viajero

Me ando pensando mucho en vos, en el coraje que se necesita para ser como vos. Empacar un par de recuerdos como hojas secas entre las páginas de un libro, atar los broches de la mochila, y llevar hasta sus últimas consecuencias el hambre por perseguir la vida. Saltar, de tren en tren, de historia en historia, con el corazón dando tumbos, cantante, abierto al viento y al aguacero. Hace falta coraje para vivir así, con el billete de ida en el bolsillo y los zapatos coleccionando el polvo de los caminos, coraje para decir adios, para prometer un hasta luego.
Me vengo pensando mucho en ti y en tu nuevo salto, en los saltos que has dado, dibujando piruetas en el cielo. Me gusta tanto imaginarte rodeada de hormigas -¿o eran abejas?- gigantes en los colores de una calle en Barcelona, allá donde fuiste tan feliz. Te veo en Marruecos, nadando entre las aguas de un mar de murmullos incesantes del mercado. Te siento en Baires, en esas tardes en que estabas enfadada por los disgutos cotidianos del trabajo, pero todavía sonreías y soñabas con los versos de Pizarnik. Ahora pones norte al sur, a llenar tus noches de bossa, ¿no olvidas nada? ¿has guardado ya los cariños que siempre te acompañan? ¿y la cámara? ¿y la curiosidad? ¿empacaste los besos que te faltan por regalar? ¿los abrazos para los nuevos amigos que aún no saben que lo serán? Viaja ligero compañera, deja un espacio muy grande en la mochila para los recuerdos que traerás a la vuelta, las memorias que agrandan la vida como decía el viejo Bioy, y para esas tantas historias que tendrás que contarme en el siguiente bar, en una parada futura a un costado del camino.

Pienso en vos Alex, en la bocanada de esperanza que llena tus pulmones justo ahora, a unas cuantas horas de partir y sonrío, mirando el cielo pardo que se estanca en mi ventana. Pienso en vos y las agallas de todos aquellos que como tú se han jugado en la aventura. Pienso en la linda Laura, esa bella entre las bellas que barría los cabellos en una peluquería mientras veía los grandes almacenes al otro lado de la acera, entre la bruma de Londres. Pienso en Goico y Andrea, en Erasmo y en Vivi, con su monoambiente donde no cabían tres, pero que era la casa de todos, nuestra Bogotá en Villa Devoto, y claro, en Matteo y sus cartoneros, comiendo empanadas para guardarse la poca plata mientras soñaba con ser periodista. Pienso también en los amigos que abandonaron pasados y certezas persiguiendo una duda acá en México, en todas las veces que los he visto platicar la soledad y la nostalgia, aguantando con unas pocas monedas en el bolsillo, siempre aguantando. La Javi y esa tarde relinda que no alcanzamos a pagar unos esquites, la Aleja, chiquita, aguantando temporal, la Dani siempre mirando al sur y el Cami y la Marita jugando al milagro de los panes y los peces. Pienso en todos ustedes, compañeros de ruta, que han hecho del lejos y del cerca un sólo y relativo modo de andar por la vida, siempre generosos en el cariño, y siempre con un fragmento de la sonrisa anclado en otro lado. 

Ustedes son aves con alas demasiado inquietas para estar enjauladas. Les quiero y les admiro porque viven presas del embrujo de dejar todo y largar, sólo largar. Con unos me une la certeza de encontrarlos de nuevo, con otros me ata la resignación de extrañarlos y la esperanza en que el azar me regale otro de sus abrazos. Con todos el placer por sentir el viento en el rostro. Mientras tanto la tarde desfila con su andar cansino, y mirándole me digo que ojalá que estuvieran aquí, donde quiera que eso sea. 

viernes, 1 de julio de 2011

He pasado el día escuchando el incesante tintinear de la cortina de lluvia que me envuelve, maravillado porque no recuerdo otro día en que haya llovido sin cesar un sólo instante. Esta noche no hay palabras, ni buenas ni malas, sólo el rostro de Isabel, la melancolía que le imagino en los ojos mientras veía llover en Macondo, y Frank Sinatra, que poco antes de las tres de la mañana se ha inmiscuido en la programación de la estación cantando I've got you under my skin. Que curiosas maneras encuentras para mandar abrazos Natalia, yo también te llevo aquí. Gracias por venir.


martes, 7 de junio de 2011

impase


Por esta hoja en blanco no pasa nada. Priva el silencio. Nos contemplamos aburridos, ella de mi estupidez y yo de su mutismo. Nuestra relación ha sido como cualquier otra, dibujada con un poco de amor y algunas trazas de odio discreto, y hemos conocido por igual noches de conversaciones interminables, de risas y abrazos, que malas rachas, con sus días llanos y sus rutinas mustias de charla en monosílabos, pero me temo que de un tiempo para acá nos ha devorado el hastío. Ahora sólo se limita a contemplarme encender un cigarrillo tras otro, indiferente, sin reprocharme nada aparentemente, pero sé que su silencio absoluto encierra el reclamo porque ya no le comparto esas historias sencillas que antes nos unían, por no cerrar esa caraja tesis de una buena vez.   
En otros tiempos teníamos más tema de conversación. Entre mimo y mimo le contaba de las cosas aburridas de mi tesis y la pobre se las bancaba con paciencia y en ocasiones incluso con un poco de entusiasmo, sobre todo cuando le describía las noches de una vieja ciudad infestada por la epidemia. Así conocimos muchas madrugadas hablando de lo mismo, con el cuerpo cansado, el cenicero rebosante y el café helado, pero que felices que éramos viendo salir el sol. 
La chica ha sido buena conmigo, aguantando con buen talante mis manías absurdas y mi gusto por esos relatos que se esconden entre las callecitas de la ciudad. Me ha soportado ratos muy amargos, compartiendo soledades y adioses, siempre aguardando los días mejores. En otros tiempos tuvimos historias de amor, sí, pero supongo que se nos acabó el romance. Pobre hoja mía, pudiendo andar con un escritor o un poeta que la llenara de palabras lindas haber acabado con un flaco anodino como yo.

Ahora priva el silencio entre nosotros, y yo sigo sin poder encontrar la caricia de esa primera línea que nos reconcilie.

viernes, 27 de mayo de 2011

7:53 am: puesta en escena

Con un esfuerzo sobrehumano logro mirar la hora en el celular que milagrosamente rescato entre las almohadas: 7:53 am. Joder que es temprano, por lo menos lo es en el ritmo de mi existencia, donde las noches duran acaso un poco más de la cuenta. Sin dudarlo salto de la cama y, cuando logro darme cuenta de algo ya voy para afuera del edificio con un plato en las manos. ¡Qué descuido! ¡Cómo me olvidé de devolverle su plato a la señora! Atravieso la entrada ruinosa, de ladrillos grises y con algunas plantas colgando de viejos botes de lata ya picados por la humedad, y en el quicio del portón doblo a la derecha. Avanzo los cinco, tal vez diez metros que me separan de la esquina, y entre paso y paso apenas aventuro una mirada distraída al otro lado de la acera. Hay un conjunto de personas, como el que debe haber en una calle cualquiera de esta ciudad a las 8 de la mañana, supongo. Al vuelo alcanzo a distinguir la pirámide de fierros de un puesto de revistas y una señora con su vaporera de los tamales. Personas más, personas menos, deben ser unas diez en la estampa. Todo eso lo percibo en la ojeada de dos segundos y llego a la esquina, donde cruzo sin problema la callecita, distraído de los autos o tal vez consciente de que es imposible que pase alguno, hasta alcanzar la acera opuesta y el localito de memelas donde la matrona yergue toda su autoridad frente al enorme comal que es como un negro tambor humeante. Con toda naturalidad busco donde tirar las morusas que llevo sobre el plato y extiendo la mano para devolvérselo a su dueña. Sin mediar palabra la escena se rompe cuando las tres mujeres que están trabajando ahí, dos señoras gruesas y una joven, me miran con desconcierto y yo entiendo que el plato es mío. Como puedo murmullo un ah perdón –siempre esa manía de pedir disculpas al verme cometiendo  alguna estupidez- doy la vuelta y regreso sobre mis pasos. Me siento ridículo y un poco confundido, y porque entiendo que mi recorrido no habrá pasado inadvertido para las personas de enfrente, a quienes seguramente les habrá causado cierta extrañeza, los miro de nuevo aguantando como puedo la vergüenza. Todas las miradas están clavadas en mí y eso ya me resulta demasiado extraño. Espera, hay algo más, algo no está bien en esa escena. Claro, no hay un solo ruido, ni un auto, ni una voz, nadie habla con nadie. De hecho nadie hace nada. Algunos hombres están sentados en el suelo, al filo de la banqueta y me miran con la expresión cansina del que despacha los últimos minutos antes de comenzar la rutina diaria. Uno de ellos luce un traje gris y camisa blanca, como esos oficinistas de medio pelo. En la mirada que voy paseando sobre la escena, que apenas dura unos segundos entre la esquina y la entrada del edificio, alcanzo a mirar sobre el dorso de la mano derecha del tipo de traje una manchita de pintura naranja.  No entiendo un carajo, no sé porqué nadie se ocupa de otra cosa mejor que mirarme, digo, debe ser extraño un tal que sale con el cabello enmarañado, en pijama -¿descalzo?-, que avanza con pasos de autista 10 metros y da vuelta y con un platito en la mano, pero no tan extraño como para que todos se detengan a escudriñar mi mala facha y mi ridículo.
Tras esos cinco o diez metros que se me han hecho eternos alcanzo por fin la entrada del edificio… Titubeo. ¿Es ésta? Siento a mis espaldas las miradas ahora más extrañadas aún al verme dudar. No recuerdo vivir aquí, pero miro los botes con las plantas y me digo que tiene que ser. Idiota ¡aún estás dormido! Entro sonriendo por pensar en mi ridículo y tras un par de pasos escucho que se desata por fin la orquesta citadina de cada mañana: voces, una bicicleta, el cruzar de los autos. Ah, ya entiendo, claro, era tan sencillo: la coreografía del mundo empieza a las 8 de la mañana pero los actores, como profesionales de una obra, están listos en sus puestos algunos minutos antes. ¡Claro! Es lo más natural, sólo que no lo había percibido porque nunca piso el mundo a esas horas…
Un timbrazo, otro más. El teléfono me despierta. Miro la hora en el celular y casi no me sorprende: 7:53 am. Avanzo casi a ciegas hasta al teléfono maldiciendo a quien se la haya ocurrido llamar en la madrugada. Mmh, supongo que eso explica la manchita: se me hace que al tipo trajeado de hoy le tocó ayer el papel de pintor de casas. ¿Bueno?