sábado, 17 de septiembre de 2011

madrugada en torno a una cama de hospital

Frío. El frío muerde de una manera insospechada en las madrugadas de hospital. El cansancio toma forma y peso en la espalda, en los muslos, en cada parte del cuerpo, es un ente que de pronto adquiere conciencia propia y grita con mil bocas al mismo tiempo. Sabes que debes mantenerte alerta, pero el sueño es un adversario enorme e imbatible, inclemente, que te abraza y te seduce de a poco, jalándote hacia el fondo de un mar en calma. Luchas y conquistas la superficie cada cinco, cada diez minutos, y presionas con suavidad la mano que sostienes para decir estoy aquí, drume negrita, duerme tranquila que yo estoy aquí contigo, como siempre lo he estado, para ahuyentar los malos sueños y los temores que siempre rondan por los pasillos. Miras el tic tac del suero e imaginas como gotean despacio los segundos, muy despacio, porque el tiempo en los hospitales de madrugada apenas y se arrastra, insoportablemente lento, tanto que parece que la mañana nunca llegará. Al otro lado de la ventana, una noche sin estrellas se mueve en calma sobre la ciudad y casi puedes observar a todas esas personas durmiendo en sus hogares, a la prostituta que fuma agotada en una esquina cualquiera, al chaval que se sube el cuello de la chamarra y aprieta la marcha en una calle donde sólo resuena el eco de sus pasos, y desde esa habitación a oscuras les guiñas un ojo, cómplices del desvelo, y mentalmente les pones la mano en el hombro, no estás sola chica, alguien avanza contigo compañero, porque sabes cuánto reconforta esa caricia que sin palabras dice estoy con vos. Buena fortuna, compañeros de la noche.
Regresas a la habitación y miras por enésima vez las cifras cuadradas y verdes que cambian en la pantallita de ese aparato, oscilando entre la esperanza y el desconsuelo. Vamos, máquina de mierda, suelta ya las buenas noticias. ¿Quién te crees que eres para medir la fuerza de un corazón? ¿Qué sabes tú, un vulgar mecanismo frío y artificial, de la fortaleza y la ternura que hay en cada latido? Máquina de mierda, ciencia de mierda que se conforma con mirar a los cuerpos como piezas de relojería, que puede contar cuántos latidos hay de más o de menos, pero que no puede medir el hambre de vida que ruge en cada uno. Ciencia vulgar que mide la temperatura de un cuerpo, pero que nada sabe de la tibieza de esa mano que sostienes. Ciencia cretina, tan reducida en comprender los misterios del universo que encierra un corazón.     
Tranquila, te dormiste unos cuantos minutos, pero todo sigue bien. Son casi las cinco, la alborada ya está cerca. Sssh, ¿escuchas? Sí, es el Claro de luna de Debussy. El mundo siempre suena al Claro de luna en las madrugadas, como si el viento suave de la noche silbara siempre la misma melodía. Está ahí, para recordarnos que no estamos solos, que hay alguien más allá afuera, escuchando esas notas de terciopelo, alguien que te acompaña como tú acompañas a esa mujer en esa cama de hospital. Debajo de esos párpados tan callados, ella sueña que pelea con molinos de viento y no se dejará vencer. Pelea con todas sus fuerzas, sin temor, pues sabe que estás ahí, su fiel escudera, sosteniendo su mano, batiéndose una al lado de la otra. La alborada llegará, está a unos cuantos pasos, sólo aguanten un poco más, que con el sol amanece la esperanza. Aguanta mujer, y déjate acariciar por las notas de ese piano, siente mi mano en tu hombro compañera, hermosa y valiente compañera, olvida por un instante el cansancio y el frío y regala una sonrisa, porque aún en las tinieblas de la noche más cerrada podemos escuchar toda la belleza de este mundo. Pronto amanecerá.


martes, 6 de septiembre de 2011

cuadro clínico de la ilusión

Trataba de ser discreto y aguantar pero esta molestia no me la banco más. Sucede que llegó usted, tan campante con sus perfumes de cariño nuevo y sus ajuares de guapa y me trastocó la vida, que al soplo de un hola me alteró el mundo conocido con la sutileza del huracán. Sucede que con la caricia de sus manos delgaditas desacomodó mis novelas de soledad, arruinó mi colección de días primorosamente esmaltados en gris y el atado de pasos perdidos que con tanto esmero guardaba en una caja. Con sus aires de novedad barrió mis calendarios de hojas de otoño y barrió el polvo que cubría las cartas de amor por escribir. ¿Pero quién se ha creído usted? Al verme reflejado en sus ojos se me apagó la mirada torva y al roce de su piel se despertó la mía, durante tanto tiempo adormecida. Con las campanas al vuelo de su risa se me callaron las canciones tristes y algunos pocos ecos del pasado. Hasta ahí la cosa era apenas soportable, podía lidiar con eso y fingir que las aguas se sujetaban a su cauce, pero todo se fue al carajo la mañana en que no encontré más el gesto indiferente en el espejo del baño, y en su lugar me sorprendieron unos ojos donde brillaba la ilusión. ¡La ilusión! ¡Pero cómo se atreve! Yo que con tanto trabajo había logrado vacunarme contra la picadura de ese bicho, y usted tan tranquila, saludando cada día con ese tierno encanto cotidiano. Comprendí entonces que presentaba los primeros síntomas de la temible enfermedad de los boleros y corrí a buscar alivio en la rutina. Busqué el antiguo desamparo que siempre me acompañaba en la oscuridad de los cines, pero ya no estaba ahí. Corrí desesperado a recuperar las letras podridas que siempre brotaban como moho en los intersticios de la madera de las mesas del café, pero nada, ahora cada palabra que escribía era una sonrisa boba y cada línea hablaba de usted. Yo era un tipo sencillo, de vicios fáciles y placeres modestos. Me ejercitaba un poco cada día con la gimnasia del recuerdo para preservarme contra la esperanza, fumaba a mis horas y dormía para no soñar. Un tipo ordinario y tranquilo, muy dado a entablar monólogos con las aceras y exento de la tentación de la vanidad o el heroísmo, que guardaba la risa un poco apolillada en el fondo del armario, que se leía en las novelas de Onetti y que cultivaba en sus ratos libres el viejo oficio del pesimismo. Un poco mezquino y un poco cobarde como cualquier otro, yo era nadie en especial. Pero tenía que aparecer usted, la belleza de usted, el deseo por usted.

Ahora resulta que me descubro amando las noches de los jueves y las charlas de telegrama, que todos los días son el bello abril y todas las canciones una coartada para extrañarla. Resulta que me obligó a hacer las paces con la sonrisa y a soñar con la medianoche de París, que siempre canto una melodía de Jo Stafford y que me paso la vigilia de las noches escribiendo un tratado sobre las constelaciones que brillan en la galaxia de su cuerpo. 
Resulta que le voy queriendo in crescendo, avanzando trechos inmensos a pasos pequeñitos, como los de aquellos besos que muero por poner a desfilar sobre sus labios carmesí. Resulta, señorita, que aunque no ha habido intención en ti de provocar lo que siento, yo le voy queriendo como un estúpido, como había olvidado que se debía querer, con el desparpajo de la ingenuidad y de la cursilería, andando a palos de ciego en el nudo de esta historia que nos ha dado la locura por contar. Resulta que mi empeño tiene cara de osadía, pues me atrevo a querer que quiera quererme, que también es tonto y que entiende muy poco de razones y contextos adversos. Resulta, señorita, que el mundo está recién pintado y que ya no concibo habitarlo sin usted, 
y la culpa es toda suya.