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jueves, 3 de marzo de 2011

minería 2011, sobre lo aburrida que es una feria de libros sin plata y sin agallas para robar

Como sucede cada año, al salir de ahí, con las pocas y humildes presas que logré cazar -y que seguramente no habré de leer, como ha sucedido con las presas de los años anteriores-, prometí al cielo no volver el año siguiente, ritual que también se repite cada año. La feria del libro de Minería es la mayor cita editorial para esta ciudad, superando en glamour a la feria del zócalo, más linda porque se puede fumar, y a las pequeñas ferias de saldos que de un tiempo para acá viene organizando Paco Taibo, y para los parias que no contamos con la plata suficiente para pagarnos la vuelta a tierras cristeras, significa la mejor alternativa para practicar algunas horas el bello deporte de morbosear libros, meterle mano a un par, y devolverlos al estante preguntando cómo mierda piensan las editoriales que les podría pagar semejante suma.
Como cada año, tal vez atraído por las muchas y los muchos que se apelotonaban a la entrada, palpé en mi bolsillo trasero el par de billetes de baja estofa que traía, espanté de un manotazo el recuerdo de la promesa que formulé la última vez, y me deje llevar por el canto de las sirenas editoras. De nuevo el inmenso stand de la unam, sólo atractivo para los entendidos; de nuevo el patio central con los grandes dinosaurios: Alfaguara, Océano, Grijalbo y vainas similares, de nuevo todo. Una vueltita rápida por los libros de academia, nomás por no dejar, y rápido lanzarse a los sitios de saldos. Ya se sabe que Siglo XXI siempre saca vejestorios nada despreciables de sus bodegas, que Planeta monta en un rincón una mesa de saldos, que Proceso pone las ediciones especiales diez varos por debajo y que en un pasillo hay un hombre gordo de gafas que remata una ensalada de cosas publicadas por Mondadori, así que sin dilación me encaminé en la peregrinación de los saldos y piojitos, únicos materiales accesibles para un bolsillo con más sueños y buenas intenciones que monedas.
La primera escala cumplió con lo previsto: tres mesas llenas de viejos estudios sobre movimientos sociales, libros de economía (zzzzzz) y uno que otro remilgo decente. En los muros, libros bonitos por los que esperaré diez años hasta que Siglo XXI los coloque en la mesa para mortales, bajo el cartelito amarillo de "ofertas". Segunda escala: Planeta. Entrando, inmediatamente a mano derecha, una veintena de títulos de Seix Barral España, interesantes y ridículamente caros, que me hacen imaginar que, por ese precio, seguro un tipo los trajo a nado por todo el Atlántico. Hola y con permiso, que mi cita está al fondo, en la mesa de sal... ¿y la mesa de saldos? ¡hijos de la chingada!, esta vez no les dio la gana sacar libros para los de a pie, y donde en años anteriores estuvo alguna cosa de Bioy Casares, de Kawabata o algún somnoliento título de historia de Crítica en cuarenta varitos, ahora no había más que bestselleros. Va ojetes, esta no se las perdonaré.
Me recobro como puedo y con mi presupuesto ridículo subo a ver a los de Proceso. Con ellos no hay falla, son banda. Bajo y veo al gordo de gafas, fiel a la cita, con su revoltura de feng shui para el baño y superación personal, pero que no deja de tener alguna cosa interesante medio escondida. Para mi pueril poder adquisitivo ahí acabó la feria. Lo demás fueron pasos ociosos entre precios de primer mundo. El pabellón de la belleza con Acantilado, Siruela y Anagrama, reservando sus encantos para billeteras más gordas y cultas que la mía; la galería de arte en las portadas de Alianza, la letra gourmet de alguna editorial española ($350 por una pequeña edición muy mona de El fantasma de Canterville, jo! supongo que lo editó el mismísimo Gutenberg en persona) y sefiní. Alfaguara con sus montañas de lo mismo pero más caro, Océano con su catálogo aburrido y a precio de oro, Tusquets con la nueva de Murakami, al mismo precio que en Gandhi. Chido. 
Salgo a la calle con un librito sobre la cultura del 900, para enterarme de quien era el tal Joyce, el tal Musil y demás tales, un libro sobre los últimos conocimientos que se tienen sobre el sueño y otro de Pérez Tamayo sobre enfermedades viejas, mis salditos de Siglo XXI, y al mirarlos me pregunto si alguna vez en la vida los leeré. Conozco la respuesta. Creo que lo único que leeré son las memorias de Elenita Garro sobre la España del '37 y el de Fresán que rescaté entre los tratados doctorales del feng shui y dietas milagrosas sin dejar de comer. Caigo en la cuenta de que antes las ferias eran más chéveres, porque guardaban la expectativa de un posible robo furtivo, de esos tres segundos de descuido en que me podía hacer de alguna cosa, pero ahora soy más veterano, más cobarde y pusilánime. Me resigno, levanto a los cielos la mirada y el puño, y en silencio me prometo que no volveré al siguiente año.

                  

viernes, 6 de agosto de 2010

diatriba contra las historias de triunfo, o Grand y las trampas de la fe

Sabiduría de las enseñanzas homéricas: las historias de fracasados son las mejores. Las de triunfadores, con sus protagonistas tan perfectos, tan valientes y buenos y pulcros y bien planchados, son lineales, asquerosamente predecibles, y siempre tienen ese hediondo tufillo de superioridad. Las historias de triunfo exhiben satisfechas la zanahoria con la que guían al lector por la senda de la virtud: esas bellas lecciones de vida que ponen al optimismo y la actitud positiva como los remedios infalibles. Las historias del fracaso en cambio, dejan que el individuo se pierda en las aguas turbias del azar, aferrándose al madero que encuentre, equivocándose, tropezando, tan vulnerable y humano. Para mí esas son las imprescindibles, con sus páginas plagadas de aventuras fallidas, de proezas enanas y victorias ajenas. Las historias de fracasados no tienen pendones ni trofeos, no hay close up al rictus de dolor del protagonista un segundo antes de que aflore el heroísmo; por el contrario, el tipo nunca rescata a la chica ni gana una pelea, no huye del ridículo y no vive hambriento del aplauso, sólo vive, cargando con sus múltiples defectos, paseando su desgarbo bajo las tardes de lluvia, tranquilo, sabiendo que ya vendrán tiempos peores.

Los triunfadores y sus cuentos son tan parcos, tan insustanciales, porque tienen el camino trazado; no se equivocan porque no se dan el lujo de tomar una mala decisión. Las historias de fracasados narran las vidas de héroes mitológicos que nunca lograron engañar al cíclope,  de esos que pudieron hacer las cosas distintas, pero se saben sujetos falibles y así deciden y deciden mal. Por eso cuentan los desatinos de aquellos que miraron a los ojos a Medusa y que alguna vez intentaron seducir a las sirenas con sus cantos desafinados. Son historias pobladas tan sólo por personajes secundarios, pero por ello más auténticas, más cercanas. Sus protagonistas se revuelven entre miserias y dramas ridículos y sueños pequeños y asaltos fallidos; tipos mundanos que, a su modo extraño y particular, lograron ser un poco héroes, porque han vencido la vergüenza y la vanidad, y han aprendido a levantar su copa y brindar igual en la fortuna que en la adversidad.

Ahí está el tipo parado en medio de la estación desierta o viendo como se le esfuma la vida detrás de un escritorio. Sabe que la partida está perdida de antemano, pero eso no lo disuade de regresar a la mesa de juego y apostar la poca necedad que le queda, tener un par bajo, doblar la apuesta y seguir burlándose del infortunio. Así le corre la vida, desprovista de esperanza, pero impulsada por la curiosidad de saber ahora qué se le vendrá encima; con el ánimo de pensar que la dignidad no es una condecoración refulgente que se lleva en el pecho, sino una pequeña medalla de latón, abollada y oxidada, que se carga con cariño en el bolsillo del traje gris.

Así es la historia de Joseph Grand, un nombre secundario en La Peste. De apariencia modesta y trabajo en una dependencia fantasma, aislado por su torpeza con el lenguaje, Grand encarna la derrota, la fe perdida y la vida que se detuvo en un momento, sin que el cuerpo se le enterara. Pero continúa peleando, noche tras noche, pensando en la mujer que le ha olvidado y soñando con escribir. La obra de su vida se reduce a una sola línea, que por supuesto resulta anodina, pero él continúa siempre, buscando el adjetivo preciso, repitiendo una y otra vez el fracaso. Y sin embargo, dice el doctor Rieux sobre él, "era uno de esos hombres, tan escasos en nuestra ciudad como en cualquier otra, a los que no les falta nunca el valor para tener buenos sentimientos". Esos son los imprescindibles. 

jueves, 1 de julio de 2010

ensayo vulgar de noche de año nuevo

                                Decoración de interiores (julio 1.10)

1
Página en blanco de una noche ordinaria. Es terrible llegar a esta noche y que sea tan ridículamente ordinaria, cuando en teoría debía haber sido, si no especial por lo menos más afortunada. Hoy 30 de junio (de hecho ya es mañana 1 de julio pero siempre he creído que los días terminan hasta que uno decide dormir), hoy 30 de junio fue, para mí, el último día de una década. Iré a dormir y mañana, cuando despierte, tendré 30 años. ¿Son pocos? ¿son muchos? son tan pocos para tener un espíritu tan avejentado, son tantos que resulta penoso no haber logrado absolutamente nada. Todo es relativo.

Desde hace algún tiempo sabía que sería difícil dar este cambio de década, después de todo los 30 son como el momento crucial, el border después del cual uno se convierte en un adulto joven o en un joven ya viejo, según lo obtuso que cada quien sea para verlo. No sé bien a bien como se aprende eso, pero creo que en el imaginario colectivo (desde la clase media baja alta hasta la élite) los 20 son para vivir la chaviza a plenitud, son diez años en que uno puede seguir haciendo estupideces de chamacos pero con el varo para hacerlas correctamente, pues se supone que ya se cuenta con trabajo. Los 20 son cruciales: son el fin de la licenciatura, la incorporación en el abyecto mundo laboral, tal vez la buenaondés pequeñoburguesa de una maestría con bequita; son los años de la independencia y del comienzo de la vida en pareja, cuando la selección natural nos hace el paro de acomodarnos en algún lugar. Los 30 entonces, son un nuevo episodio, donde uno se dedica a incrementar lo obtenido, a ambicionar cada vez más una vida cómoda. Es cuando la banda comienza a deshacerse de las consignas y a orientar los pasos por el resplandor del oro. La gente normalmente se casa -los pocos que aún no lo han hecho- y tienen hijos -los aún más escasos que no los han tenido-. Los 30 es cuando se distingue con claridad, según el canon del darwinismo social, el mundo de los triunfadores, esos que tienen casa, pretensiones, nave y esposita con crío(s), de los que no lo son, los eslabones primarios de la cadena alimenticia, que no tienen en qué caerse muertos, sin trabajo, sin relaciones firmes, sin nada. La mía claro, es la fila b.

3
Esta noche es como una noche de año nuevo, pero con la diferencia de que en lugar de hacer balance de un año se hace de diez, que no hay uvas ni alcohol y que a nadie más le importa un carajo. Por eso es tan patético llegar a ella en condiciones tan vulgares, sentado a la madrugada frente a la compu escribiendo cosas absurdas, como es costumbre. Comprendo que lo que pesa no es ver como transcurren los años, sino darse cuenta de lo poco que se ha conseguido en ellos. Pesa mirarse en el espejo y tener que desviar la mirada al encontrar un reflejo tan ajado y gris. En estos diez años fui feliz, pero de un tiempo para acá el espíritu se me avinagró y se me hizo mucho más mezquino. Acumulé  algunas decepciones, cumplí nuevas derrotas, me envilecí y le fallé a seres queridos, aunque no di el panzonazo ni he perdido el cabello, así que supongo no me puedo quejar. Terminé una licenciatura y cursé una maestría, es decir soy el mismo pobre pendejo que era hace diez años pero con más noches perdidas en trabajos inútiles. Mi riqueza se reduce a un puñado de libros arrumbados en cajas, un par de tazas y un cenicero; mi reino es tan vasto como una mesa de café y un rincón en la habitación de mi hermanito, en la casa de mi madre a donde vine a encallar después del naufragio. Joder, ni siquiera tengo el beneficio de un espacio propio donde rumiar mis frustraciones. Los números más que rojos son ridículos, por eso es mejor no perder el tiempo en balances.

4
Este año nuevo no hay nada que celebrar. Creo que la vida no se mide en días y mucho menos en indicadores tan vanos como las posesiones, sino en buenos momentos y en personas con quienes se cultivan cariños. Por eso el recuento es lamentable, pues perdí a tanta gente, amigos que quise mucho y que el viento barrió como hojas secas. Perdí un montón de cartas y algunos abrazos. Entre mis errores, mi manera pueril de querer y mi falta de miras perdí un amor, uno que simplemente no podía darme el lujo de perder. Por encima de todo, perdí a mi viejita, a mi natalia, y con ella se me fueron los últimos despojos de alegría.

Con tantos adioses, con cada persona que he extraviado en el camino, he perdido una parte buena de lo que alguna vez fui, y ahora sólo queda esto. Miro atrás y encuentro que mis huellas se han perdido y que para algunos he sido tan digno de olvido. En algún punto di una vuelta equivocada y lo extravié todo. La esperanza, la imaginación, la curiosidad, la necedad, todo se volvió nada. Así llego a esta noche, en la que sólo me importa agradecer a unas cuantas personas que han permanecido aquí y que no leerán esto (sólo ga mantiene la generosidad de perder el tiempo en leer esto). Gracias, porque sin ustedes me interesaría muy poco despertar mañana.   
                       

domingo, 13 de junio de 2010

juéguele, apuéstele, o de como Santos se robará las elecciones en Colombia



El próximo domingo 20 juega Paraguay a las 6:30 am, Italia a las 9:00, y el plato fuerte llega a la 1:30 con Brasil. Pero como buen enfermo apostador voy a la segura, así que no pondré mis riquezas en los botines de ninguno de los tres, sino en la elección presidencial de Colombia, que ese día se juega la segunda vuelta.


En nuestros paisitos, las oligarquías bananeras combinan las enseñanzas de la vieja escuela, como la compra de votos, la manipulación de programas sociales, las campañas de fango y el robo y embarazo de urnas, con la tecnología del gangsterismo cibernético: padrones electorales rasurados, algoritmos que restan votos a uno y le aumentan al otro y cifras alteradas en los conteos electrónicos. En 2006 nos tocó a nosotros, ahora le llegó el turno a Colombia. Así pasó en la primera vuelta de los comicios presidenciales y así sucederá el próximo domingo cuando Santos, alias el gober parseprecioso del petatiux, un vulgar chango de Uribe, se robe las elecciones de nuevo.
La cosa ya está cantada y las evidencias del fraude de la primera vuelta son la crónica de un robo anunciado para el domingo. Another pueblo bites the dust.

Acá las pruebas del fraude, desde el blog de unos compas de la resistencia contra el timo vivido y por vivir:
  http://reexistencia.wordpress.com/2010/06/10/%C2%BFpruebas-de-fraude-electoral-recopilatorio/

Usté también juéguele, apuéstele, que aquí no hay pierde...
   

miércoles, 30 de septiembre de 2009

la p m que lo parió

Si escribiera lo que estoy pensando justo ahora, comenzaría diciendo La puta madre que lo parió...
Pero en vista de que suena fuerte y que no hay que perder la compostura, mejor contaré la historia de cómo una librería me robó, además de la ilusión de comprar un libro, un día entero de mi vida y una ilusión aún mayor.
Lunes 28 de septiembre. Hay sol y eso ya es de festejarse, y lo hago decidiendo que caminaré hasta la Biblioteca Nacional, sitio donde me entretengo leyendo un diario de 1871. Saliendo de mi casa pasa el bus, que en 25 minutos me deposita tranquilamente en la esquina de la biblio, pero no, me digo, el bus es de pusilánimes, enciendo el primer cigarrillo y comienzo a caminar, pues sólo a pie se conocen las ciudades. Cuando llevo 20 de las 29 calles que debía recorrer (tengo mi guía justo ahora), veo en la otra acera la librería Paidós, sobre Santa Fe. Por supuesto entro y por supuesto cuando me doy cuenta ya tengo un par de libros en la mano, por supuesto de literatura. el vendedor me rompe el corazón con el precio: 56 mangos, que no es excesivo, pero para un tipo cuyo capital se reduce a 70 para tres días hasta que depositen la beca, es simplemente privatorio. Así que regreso los cuentos de Felisberto Hernández al estante, a dormir el sueño de los justos, mientras que mentalmente juro que volveré por la revancha. Al salir, un cartel se me cruza en el camino: Congreso Internacional Ciudades Latinoamericanas. Vaya, no suena mal; veo las instituciones y que organiza la UBA, bien; veo las categorías: uy, una es de historia y arquitectura, la cosa mejora bastante. Ahora veo las fechas: envío de resumen, hasta el 30 de agosto, envío de ponencia, 30 de septiembre.
Recorro las restantes nueve calles pensando que sí, que hace tanto no presento nada, que puedo sacar hasta tres posibles temas para presentar, que ya estás peinado pa tras pinche flaco. Llego a la bilio y, tras esperar una hora, resulta que las máquinas de microfilm (ambas dos) no las aflojarán quienes las están ocupando, pues son investigadores -uno de ellos me ve con suficiencia, como pensando jo pendejo, te gané. Carcacha y se te retacha güey.
Martes 29: paso el día en la biblio, y me regodeo con seis horas de microfilm pensando en el pelotudo del día y el parágrafo anterior. No dejo de pensar en la ponencia. Por la noche, hasta las tres y media, busco y rebusco como armarla.
Miércoles 30: despierto tarde y me lo reprocho al instante. Tiendo mi cama (acá lo hago religiosamente todos los días, me doy asco por mustio), preparo huevos a la mexicana, como todos los días (no se me ocurre o no tengo ingredientes pa otra cosa) (pd. mi reino por una guajolota de dulce y un atole), como en chinga, me calzo mi paliacate y me siento a la máquina.
Salí una vez, a comprar 250 gr. de café con los chinos de junto, otra a las 8 de la noche a comprar tres pedazos de pizza, dos veces me levanté para ir a ciertos menesteres privados y tres a la puerta para fumar (una de ellas, lo confiezo, me crucé la calle pa tomar el sol). A las 9:46 mandé la ponencia (no cambié el reloj de la compu, así que acá eran las 11:46), con un buen sabor de boca por haberla terminado en un día y con el sacrificio-penitencia de no fumar en la máquina. En el correo, claro, me deshago en disculpas y lambisconerías, esperando un poco de suerte y condescendencia, esperando que consideren que la convocatoria de su congreso internacional nomás llegó hasta Mar del Plata. Justo llega Matteo, mi camarada italiano de habitación, llevando en brazos una Quilmes y empanadas -siempre come empanadas por ser varas-, en el momento que acabo de enviar el correo. Me cuenta su día, de los cartoneros con los que anduvo platicando. Este Matteo es un chévere.
Veinte minutos más tarde, en la charola de entrada, veo la respuesta:
Daniel: nos gustaría mucho seguir incluyendo gente. Pero dada la gran cantidad de expositores y el poco tiempo que tenemos para desarrollar el congreso, no podemos seguir incluyendo expositores. si te interesa, de todas formas podés participar del congreso como asistente.Si es así, envianos nuevamente la ficha de inscripción con los datos requeridos para los asistentes.Mil disculpas.Saludos.pablo.
Matteo ve como se me descompone el semblante y no duda en obsequiarme con un trago de su Quilmes. No volveré a entrar a ninguna librería en mucho tiempo. La puta madre que lo parió.

martes, 8 de septiembre de 2009

pibe! subí las manos cabrón!

¿Que es un blog si no un modesto y lindo muro de las lamentaciones? y he aquí una: me han robado!! Los muy cerdos bandoleros modernos, impunes, invisibles, me tendieron un cuatro, y claro, vaya presa sencilla y pichón: un petisito con carita de pobre pendejo, que a leguas se le nota lo fuereño en la diminuta estatura, en las facciones mestizas y en la manera en que choca los dientes por el puto viento de mierda, mientras deambula bañado por un aura de ingenuidad. El candidato ideal para esquilmarle la guita.
No culparé a la ciudad por este bandolerismo puerco, porque los infelices están en todo el mundo. Se les llama banqueros, especuladores o en mi caso, tienda de autoservicio. Ahí tenían al pobre chico, que sale a pelear con el viento tras haber cumplido con uno de los usos y costumbres de los nativos: tomar el café con leche y mediaslunas. En esta insólita región de la América europea a eso le llaman desayuno; de donde vengo a eso le llamaríamos con el más genérico pero mucho más descriptivo nombre de mamada. ¿Pero a quien quieren engañar con el cuento de que un café con tres pinches cuernitos pinches es un desayuno? pues eso, más una copita de jugo, vale nueve pesos, lo que según la cotización de hoy (1.000 ar-3.485 mx) equivale a decir que en un cafetín pulguiento me birlaron $31.40 varos del águila.
Bien, guarda la compostura, piensa que seguro en Londres te fletarías un frío igual de perro y hubieras pagado más por el mismo desayuno. Claro, siempre puede ser peor. El chico tarda más en abrir la puerta del café que en lo que ya encendió el primer cigarrilo, y lo valora más por el supremo esfuerzo que tuvo que hacer para caminar las cinco calles que separan su casa del café, todo en aras de no fumar en ayunas. Camina rezando porque Dios le haga el milagro de los panes y los peces pero con los suéteres, y que su chamarrita y chalequito piojosos se multipliquen. Claro, eso no sucede y sólo queda fumar de nuevo. Llega a un cajero de BBVA Francés y retira $3 485 pesos de Hidalgo y Zaragoza, que tras viajar 7,412 km en segundos se desintegran y se convierten en mil pesos de los locales. Ah!, claro, en la pantallita del cajero aparece una advertencia, un ¡Arriba las manos! este cajero le quitará $11, 58 por la operación realizada, aparte de lo que su propio banco le baje a su vez. Sin nada con que defenderme a mano, el bandolero que se esconde dentro del cajero me usurpa el dinero y deja que me largue con mis mil pesos.
Y el pibecito que se caga de frío, ¿para qué quiere esa plata? pues 750 (2 614 varitos) son para pagarle a Etty por dejarme ocupar una cama en una habitación compartida, por usar un baño compartido y una cocina con nevera y sin micro. Del resto de la plata debe comprar algunos enseres básicos: un shampoo pues hasta hoy lo ha hurtado de quien se ha dejado, pasta dental y cosas elementales para inventar un desayuno. Empujado por el puto frío se mete en el primer super que encuentra en Entre Rios, una pequeña tienda llamada Disco. No contaré a detalle la hora y media que tardó el pobre güey en hacer una despensa muy modesta, ni el gusto que embargó su helado corazón al encontrar en un estante rajas y frijoles La Costeña (por sabor) -productos por los que pagó en su calidad de mercancías exóticas: 26 varos por las rajas y 23 por los frijoles. El chico, despierto como es, adivina que los de la costeña los trajeron caminando desde Tultitlán, Edo Méx., hasta acá, de ahí el precio-, sólo mencionaré que cuando la señorita de la caja le dijo ¡Arriba las manos cabrón, ya te cargó la chingada! pues las dos bolsitas de super que llevaba costaban $101 con 19, es decir 353 varitos, el pibe, del miedo, se volvió a cagar. Afortunadamente los bandoleros tuvieron compasión del flaco, no lo golpearon físicamente, no le bajaron el chalequito por pura consideración del pinche frío puerco que hay afuera, y hasta lo dejaron partir con sus dos ridículas bolsitas de despensa. Andate flaco, y no volvás más por acá.
La desgracia en pesos mexicanos:
Unas tortillas de harina de la exclusiva marca Bimbo (10 pzas): $20. 45
Paquete de seis, sí, seis huevos blancos (sin mamadas de orgánicos ni nada, normalitos): $15.65
Coca de lata: $8
Ades: $16
Yoguthsito de fresa marca pedorra: $8.50
...vivir en la europa tercermundista, según los nativos, no tiene precio.

miércoles, 27 de mayo de 2009

lecciones del futbol de abajo

¿Qué se puede hacer en un minuto?
En un minuto, con el espíritu beisbolero de que “esto no se acaba hasta que se acaba”, los 13 del puebla (11 en el campo, el chelís y la sufriente fanaticada) vieron como se ahogaba todo el esfuerzo de una temporada que bien podría calificarse de gloriosa. En sesenta segundos se fundió la aventura de esta temporada, el anhelo y la esperanza que, más que de una ciudad, fue de todos los aficionados al futbol en México.
Minuto 89 y Verón, llegando por el costado en un descuido de la defensa poblana, metía un testarazo que dejaba sembrado a Villalpando en la desolación del arco profanado. A un minuto del final los Pumas resolvían un partido en el que se vieron ampliamente superados, línea por línea, por la franja, y con ello se colgaban al cuello un triunfo que no deja de tener un gusto amargo.
Verón, precisamente quien en el partido de ida contra los tecos en los cuartos de final casi le cuesta la eliminatoria a los de azul y oro, cuando en un lapsus de locura regaló un penal de un modo infame, y que en algunos minutos más tarde se haría expulsar. Ese mismo Verón, hoy se viste de gloria al encontrarse una pelota en el área chica. La dialéctica del juego.
De cierta manera quería escribir para rendir homenaje al Puebla, ese equipo que, temporada tras temporada, era el hazmerreír del torneo mexicano y una vergüenza para los poblanos, como el Gober, como la mochería decimonónica, como Gustavo Díaz Ordaz. Ese Puebla, que tras conquistar el campeonato en la temporada del ‘91, se vio sumido en la más terrible mediocridad, sin espíritu, sin mística, y con una directiva vulgar, enana, corrupta y rapaz -¿coincidencia o fiel reflejo de la clase política local?-, que logró permanecer en la primera división gracias a la trapacería de comprar al equipo que ascendía de la primera a, que trata a los jugadores como obreros a quienes paga casi a destajo y a destiempo –¿coincidencia o reflejo de las condiciones laborales que imperan en la Volkswagen y en las maquiladoras?-. A ese Puebla y su afición siempre mártir, siempre plañidera y resignada a vivir la humillación, es un equipo al que hoy se ve con total respeto.
Con un trabajo de zapa, desde abajo, un técnico que nunca pisó una cancha, logró conjuntar una onceava de individuos sin el gran nombre, sin cartel, o con alguno que otro que había figurado y después había venido a menos como Davino –quien por cierto jugó como un grande-. Chelís logró crearles una identidad y sacarles el orgullo por una camiseta, logró llevarlos a encontrar un futbol imaginativo, libre pero a la vez ordenado y bien ensamblado en el funcionamiento colectivo, que se atrevió a retar a los equipos de las grandes nóminas y jugarles de tú a tú, esos que hasta hace poco visitaban el Cuahutemoc para ganar por trámite. La franja, de la mano de un Chelís que anunció su salida del club por estar hasta la madre de la directiva, aprendió a jugar con dignidad y decoro.
El Puebla se plantó en la cancha universitaria para disputar la vuelta de la semifinal, sin su goleador Acosta y con la pesada lapa de tener que ganar por dos de ventaja. CU era una fiesta, el recinto al que acudían los feligreses para oficiar una misa de sacrificio. Pero ante el asombro de un estadio enmudecido, la franja se presentó para ganar, y durante casi 60 minutos estuvo calificado a la final del futbol mexicano. A tres minutos del pitazo último, los Pumas conquistaron su pase para luchar por su sexto título; con el gol de Verón, brinqué y grité como todos los de sangre azul, pero de inmediato reconocí que esa era un victoria pírrica, y más aún, injusta, espuria. Los que jugaron con corazón, los del futbol, fueron los del Puebla, pero la tabla de posiciones les jugó sucio. Al término del juego corrí a escribir estas líneas, a modo de disculpa y de reconocimiento para la franja, pues así como una victoria no se obtiene, sino se conquista, así el finalista es Pumas, pero quien conquistó ese partido fue el Puebla.
El domingo, unos Indios a los que todos veían como el chivo expiatorio del poderoso Pachuca, que necesitaba ganar por tres tantos de ventaja, dio una lección de entrega y orgullo. De nuevo el favorito terminaba ganando a menos de cinco minutos del final. De nuevo esa sensación de que, si en el futbol hubiese justicia, tal vez el finalista sería otro.
Al final la nómina se impuso sobre el espíritu, y los Indios y la franja terminan con su osadía de jugar de igual a igual. Pero ambos han dejado una lección de lo que es ganar la dignidad en la cancha, y eso vale más que cualquier título. Tal vez será una gran final -cosa que dudo por el pobre futbol que han mostrado los Pumas-; tal vez el campeón gane con un gran partido, pero de lo que estoy seguro es que sea una final brillante o mediocre, en un tiempo lo olvidaré. Lo que recordaré por mucho tiempo será que tuve la fortuna de ver jugar a los Indios y al Puebla, y que me hicieron pensar que cualquier cosa era posible.

lunes, 20 de abril de 2009

divertimentos de un hombre solo


Mi compañera no marxista se me ha marchado tres semanas a San Cristobal de las Casas. Ergo, hombre solo, con red, hace lo que un hombre debe hacer: perder el tiempo. Pero en lugar de buscar conejitas o repasar los goles de la jornada, tal como corresponde a un caballero, recuerdo de pronto que deseaba buscar un video desde hace mucho: la cortinilla de la dimensión desconocida.

Un tipo en mi situación, hombre casi maduro, adulto contemporáneo, chavoñor en una palabra, no se dejaría sorprender por un corto de escasos 50 segundos, no vería derrumbarse su hombría y valor por los suelos, tan sólo por ver una serie de imágenes que recordaba con viva impresión desde niño. Entonces era sólo un bobete impresionable... es ridículo dejarse asustar por algo así... los años me han hecho superarlo... todo eso me repetía mientras buscaba el mentado corto, creo que deseando no encontrarlo. Doy con él.


Me paralizo.

El miedo me envuelve pero no puedo dejar de mirar esa secuencia que rescata en mi memoria un terror que creía olvidado. De golpe recupero la fascinación que me provocaba esa tonada; recuerdo el esfuerzo sobrehumano que hacía cada vez que iniciaba el programa por no cerrar los ojos, por no fingir una distracción. Me veo ovillado en el sillón, lanzando una mirada nerviosa a mis espaldas y suplicando que sólo inicie el maldito programa. Aún ahora no logro distinguir qué es lo que me da más terror, si es esa ventana que se cierra violentamente, o la muñeca sin ojos, o acaso el diablo que sube tras de ella... o el inconfundible turi ruru turi ruru...
Maldigo la hora en que tenté a la suerte y al youtube, pero de algún modo quedo satisfecho, porque aunque sé que sigo siendo el mismo bobete impresionable, que los viejos temores de la infancia, insondables en su magnitud, permancen para siempre, creo que es la primera vez que logro ver la cortinilla completa.

jueves, 9 de abril de 2009

el síndrome Bruce Willis

Cabezas más, cabezas menos, en esta ciudad diariamente chocan, se insultan, se sonríen, se funden en el metro, se ven las espaldas en la cola de las tortillas y las nucas en los micros, cerca de 25 o 27 millones de personas, y cuando uno sale a la calle parece que es sólo en el mundo. Claro, nada hay de particular en eso pues todos los centros urbanos, cuando dejan de ser veinte casas apostadas a la vera de una calle larga, son presa de la misma maldición. ¿Maldición? bueno, a ratos también es privilegio, cuando escapas a la comidilla local. El caso es que hoy, al patear calles y calles, me he sentido como si fuera Bruce Willis en sexto sentido, pero sin el chavito freak que me interpele. Me he sentido perdido, como un quinto en día de permiso y errante como un taxi por el desierto, diría Joaquinito, que de esto y de todo lo demás sabe tanto.
Pero el asunto no reside en la ciudad en sí, ni en la gente que deambula en ella; el asunto está en uno mismo. El síndrome Bruce Willis está, según han arrojado las investigaciones en genética, inserto en el par 2312 del adn y por ello nadie está exento. Es un bicho que aparece en nosotros antes que el instinto, antes que las manías, aunque lo vengamos a descubrir más tarde. Lo empezamos a notar cuando, siendo unos chamacos caguengues, nadie nos escoje para el equipo de fut, cuando en la secundaria la niña a la que no te cansas de mirar ni se entera que existes, cuando en las reuniones familiares no tienes tema con ninguno, y se viene a acentuar cuando, un día cualquiera, sales a patear calles sin ton ni son, por más que disimules contar con un plan y un horario.
El síndrome B.W. está libre de categorizaciones, ni bueno ni malo, simplemente es y está en nosotros mismos y son las circunstancias las que lo pintan de un modo u otro. Perdidos en la madrugada o sentados en un corro merendando besos y porros, el síndrome está ahí. Por eso, de alguna manera y en más de un sentido, nunca dejamos de estar un poco solos.

sábado, 4 de abril de 2009

un bobo al sol y un amor que nunca fue

Pasó el jueves, con Galeano en la sala Nezahualcoyotl, pasó el viernes, con firma de libracos en Siglo xxi, y al final los números son rojos.
¿Cuantas veces no ha sucedido, que al conocer a un escritor que se admira, uno se queda con un palmo de narices y el cariño por los suelos? Es triste pero casi siempre sucede. Claro, el error inicial reside en idealizar a un tipo que uno ni conoce, pues el acto de leer es engañoso y nos hace sentir que hemos hablado con él o ella infinidad de veces. De ahí se desprende el sigiente mal entendido, el de pensar que la obra es el escritor o el escritor es la obra, cuando no hay hada más lejos de la realidad. Finalmente, el lector, con cándida ingenuidad si se quiere, puede llegar a suponer que en la relación de gratitudes la cosa anda rondando el 50 y 50 por ciento, pues como en cualquier relación sentimental, el asunto de la lectura es cosa de dos, y tanto peca el que lee la obra como el que la escribe; eso puede suponer el lector y le puede costar caro al momento de conocer a su otra mitad.
Galeano pisó Bellas Artes, en un homenaje que le era debido. Al otro día la cita fue en la unam, con gente formada tres horas antes, con filas que lucían interminables y con compas que no estuvieron dentro de los tres mil afortunados que le entran a la Nezahualcoyotl y se quedaron suspirando en la lomita. En medio de consignas y exigencias de libertad para los presos políticos de Atenco, la banda universitaria recibió al uruguayo aquel, entregada, emocionada, con ovación de pie y toda la cosa, mientras que el caballero, educado, sí, comprometido, también, jamás dio un gracias, ni dijo si le valía algo semejante recibimiento, ni estar en la unam, como si lo mismo le hubiese dado estar en la ibero o en el tec.
En fin, hasta ahí uno dice vale, se le pasa por ser Galeano. Al día siguiente la firma empezaba a las cuatro, por lo que la gente comenzó a apersonarse afuera de la librería desde antes de las doce. Llegué a la una, sin desayunar pero con mucha expectativa. Con la ficha número veinte en mano, aguanté con el resto de la banda más de tres horas bajo un sol que golpeaba con odio, pero que bien valía la pena bancarse por conocer a alguien tan querido. Cerca de las cuatro, cuando habían repartido las fichas, llegaron Karla y el Pollo, y tras ellos apareció, enfundado en una playerita de tirantes estilo Mr. T, Galeano, en el interior, el acogedor interior de la librería, mientas el vulgo nos derretíamos afuera.
Lo siguiente que recuerdo es que estoy parado en la acera, con el "Dias y noches" estampado con un garabato ilegible. Todo pasó demasiado rápido: entrar, Galeano que pregunta -con un gesto de "ni creas que firmo todos porque mi tiempo vale oro"- cuál quiero que firme pues sólo será uno; "éste, que es el primero que le leí y el que más ha significado", un generoso "a daniel" y firma indescifrable, abrazo de trámite y el que sigue. Ni un gracias por venir ni nada, y de nuevo al sol.
Una firma, como si fuese la cuenta del restaurante y no un libro, un trato como si fuera el mesero y no un lector con tres horas de bronceado, un gesto con el afecto de quien cumple con las tediosas obligaciones que le impone su editorial y un tipo encarnando el ridículo afuera de la librería, con su playera del uruguay y sus libros bajo el brazo y su cara de bobo. Un tipo que cae en la cuenta de que esto de las relaciones amorosas simpre termina mal cuando sólo es uno el que quiere.

Epílogo

Sin duda, lo mejor del día fue el gesto que tuvieron el Pollo y Karla, que a modo de consuelo me regalaron el "Futbol a sol y sombra" que justo acababan de comprar, ese sí, con dedicatoria. Por ese sí valió la pena la espera. A ambos, gracias muchachos.