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martes, 7 de junio de 2011

impase


Por esta hoja en blanco no pasa nada. Priva el silencio. Nos contemplamos aburridos, ella de mi estupidez y yo de su mutismo. Nuestra relación ha sido como cualquier otra, dibujada con un poco de amor y algunas trazas de odio discreto, y hemos conocido por igual noches de conversaciones interminables, de risas y abrazos, que malas rachas, con sus días llanos y sus rutinas mustias de charla en monosílabos, pero me temo que de un tiempo para acá nos ha devorado el hastío. Ahora sólo se limita a contemplarme encender un cigarrillo tras otro, indiferente, sin reprocharme nada aparentemente, pero sé que su silencio absoluto encierra el reclamo porque ya no le comparto esas historias sencillas que antes nos unían, por no cerrar esa caraja tesis de una buena vez.   
En otros tiempos teníamos más tema de conversación. Entre mimo y mimo le contaba de las cosas aburridas de mi tesis y la pobre se las bancaba con paciencia y en ocasiones incluso con un poco de entusiasmo, sobre todo cuando le describía las noches de una vieja ciudad infestada por la epidemia. Así conocimos muchas madrugadas hablando de lo mismo, con el cuerpo cansado, el cenicero rebosante y el café helado, pero que felices que éramos viendo salir el sol. 
La chica ha sido buena conmigo, aguantando con buen talante mis manías absurdas y mi gusto por esos relatos que se esconden entre las callecitas de la ciudad. Me ha soportado ratos muy amargos, compartiendo soledades y adioses, siempre aguardando los días mejores. En otros tiempos tuvimos historias de amor, sí, pero supongo que se nos acabó el romance. Pobre hoja mía, pudiendo andar con un escritor o un poeta que la llenara de palabras lindas haber acabado con un flaco anodino como yo.

Ahora priva el silencio entre nosotros, y yo sigo sin poder encontrar la caricia de esa primera línea que nos reconcilie.

lunes, 6 de septiembre de 2010

matando la tarde con un tal Pérez

En este mundo hay dos tipos de personas: los que pueden darse el lujo de pronunciar la frase "en este mundo hay dos tipos de personas" sin correr el riesgo de quedar como verdaderos estúpidos, y los que están condenados a todo lo contrario. Para variar me encuentro en el tipo b, por eso nunca uso tan buena frase más allá de la ironía, porque respeto mucho a los del tipo a. Para ser del tipo a se debe ser gente muy bragada, muy bien puesta en el oficio de conocer a los hombres, y de preferencia tener el semblante, el poncho y el sombrero de Clint Eatswood en el bueno, el malo y el feo. Si usted no cuenta con esto y se atreve a decir esa frase, resígnese a quedar como un simple y vulgar pelotudo pajaronalgón.
El caso es que creo que en este mundo no hay dos, sino tres tipos de personas: los iluminados que se precian de saber de literatura -incluso a veces en realidad saben- y desfilan exhibiendo su escandaloso plumaje por la vida; los que no han olvidado que ante todo la lectura y el disfrute de la literatura es la actividad lúdica por antonomasia; y los que viven bien sin pensar en cuestiones tan imbéciles como ésta. Entre la gente de los tres tipos que conozco, creo que sólo una vez le he escuchado decir a alguien que disfrutaba con una novela de Pérez-Reverte. Pareciera ser que las divinas garzas ilustradas consideraran las novelas de este flaco como un objeto menor, sin arte, literatura muy alfaguara -aunque pudieran ser lectores de closet de este autor- y por ello indigna de sus profundas cavilaciones, lo que al Reverte, me gusta imaginar, debe llenarle de tranquilidad. Supongo que los y las que viven sin llenarse de pajas sobre libros, difícilmente les importará de qué hablo, pero apuesto que si les contara alguna de sus tramas les encantaría. En cambio, a los que son lectores por el puro gusto nomás, pa darle hilacha al vuelo de la imaginación, las novelas del Arturo tal constituyen siempre un placer, como una buena tarde de tragos, un gol del triunfo o alguna vaina por el estilo.
Al tal Pérez se le da lo más de bien el difícil arte de contar historias, y se las sabe de  piratas, libreros, ajedrecistas, coleccionistas de arte o espadachines de la vieja guardia. Por eso da gusto leerlo, porque el tipo no ha olvidado el valor que tiene una buena historia y la gracia que es necesaria pa contarla, con el ritmo y el tono idóneo, imprimiéndole a la mujer misteriosa el cabello más hermoso, el sonido seco a los golpes en las peleas de tugurio y la belleza a los cuentos de fracaso. Así que en medio de esta tarde, en que le di de palos a una tesis que jamás terminará por ser decente, me rendí y acudí a husmear consuelo en las cajas. En una de Ariel encontré "La carta esférica", que quise leer desde hace años y que olvidé cuándo compré. De un manotazo me espanté el bicho del remordimiento de "perder" el tiempo en "novelitas" y me tiré a fondo, como en los viejos buenos tiempos, con nescafé frío y cigarrito, a encontrarme con este flaco al que tenía rato de no visitar. Claro, como suele suceder con este buen conversador, y con un escucha que viene pensando mucho en viajes fallidos y corazones ligeros de equipaje, bastó que me contara un par de líneas de la historia de un marinero condenado a tierra, para que me sintiese de nuevo en casa, en una casa.

Entonces él todavía miraba determinadas cosas desde lejos, o desde afuera [...] Pero ahora con la certeza, más próxima al alivio que a la decepción, de que ninguna de aquellas inquietantes maravillas le estaba destinada. En su caso, saberse fuera del circuito, conocer la ausencia de su nombre en la lista de los Reyes Magos, lo tranquilizaba. Era bueno no esperar nada de la gente, y que la bolsa de viaje fuese lo bastante ligera como para echársela al hombro y caminar hasta el puerto más próximo sin lamentar lo que se dejaba atrás. Bienvenidos a bordo.          

viernes, 6 de agosto de 2010

diatriba contra las historias de triunfo, o Grand y las trampas de la fe

Sabiduría de las enseñanzas homéricas: las historias de fracasados son las mejores. Las de triunfadores, con sus protagonistas tan perfectos, tan valientes y buenos y pulcros y bien planchados, son lineales, asquerosamente predecibles, y siempre tienen ese hediondo tufillo de superioridad. Las historias de triunfo exhiben satisfechas la zanahoria con la que guían al lector por la senda de la virtud: esas bellas lecciones de vida que ponen al optimismo y la actitud positiva como los remedios infalibles. Las historias del fracaso en cambio, dejan que el individuo se pierda en las aguas turbias del azar, aferrándose al madero que encuentre, equivocándose, tropezando, tan vulnerable y humano. Para mí esas son las imprescindibles, con sus páginas plagadas de aventuras fallidas, de proezas enanas y victorias ajenas. Las historias de fracasados no tienen pendones ni trofeos, no hay close up al rictus de dolor del protagonista un segundo antes de que aflore el heroísmo; por el contrario, el tipo nunca rescata a la chica ni gana una pelea, no huye del ridículo y no vive hambriento del aplauso, sólo vive, cargando con sus múltiples defectos, paseando su desgarbo bajo las tardes de lluvia, tranquilo, sabiendo que ya vendrán tiempos peores.

Los triunfadores y sus cuentos son tan parcos, tan insustanciales, porque tienen el camino trazado; no se equivocan porque no se dan el lujo de tomar una mala decisión. Las historias de fracasados narran las vidas de héroes mitológicos que nunca lograron engañar al cíclope,  de esos que pudieron hacer las cosas distintas, pero se saben sujetos falibles y así deciden y deciden mal. Por eso cuentan los desatinos de aquellos que miraron a los ojos a Medusa y que alguna vez intentaron seducir a las sirenas con sus cantos desafinados. Son historias pobladas tan sólo por personajes secundarios, pero por ello más auténticas, más cercanas. Sus protagonistas se revuelven entre miserias y dramas ridículos y sueños pequeños y asaltos fallidos; tipos mundanos que, a su modo extraño y particular, lograron ser un poco héroes, porque han vencido la vergüenza y la vanidad, y han aprendido a levantar su copa y brindar igual en la fortuna que en la adversidad.

Ahí está el tipo parado en medio de la estación desierta o viendo como se le esfuma la vida detrás de un escritorio. Sabe que la partida está perdida de antemano, pero eso no lo disuade de regresar a la mesa de juego y apostar la poca necedad que le queda, tener un par bajo, doblar la apuesta y seguir burlándose del infortunio. Así le corre la vida, desprovista de esperanza, pero impulsada por la curiosidad de saber ahora qué se le vendrá encima; con el ánimo de pensar que la dignidad no es una condecoración refulgente que se lleva en el pecho, sino una pequeña medalla de latón, abollada y oxidada, que se carga con cariño en el bolsillo del traje gris.

Así es la historia de Joseph Grand, un nombre secundario en La Peste. De apariencia modesta y trabajo en una dependencia fantasma, aislado por su torpeza con el lenguaje, Grand encarna la derrota, la fe perdida y la vida que se detuvo en un momento, sin que el cuerpo se le enterara. Pero continúa peleando, noche tras noche, pensando en la mujer que le ha olvidado y soñando con escribir. La obra de su vida se reduce a una sola línea, que por supuesto resulta anodina, pero él continúa siempre, buscando el adjetivo preciso, repitiendo una y otra vez el fracaso. Y sin embargo, dice el doctor Rieux sobre él, "era uno de esos hombres, tan escasos en nuestra ciudad como en cualquier otra, a los que no les falta nunca el valor para tener buenos sentimientos". Esos son los imprescindibles. 

miércoles, 16 de junio de 2010

con la suerte de mi lado o gracias estebancito maravilla

Comencé a envejecer el día que supe que nada de lo que soñaba me sería concedido. Así empieza la novela que jamás escribiré.

No recuerdo cual fue el último libro que logré terminar nada de lo que escribo sirve me he desecho de viejas costumbres rasurarme en las mañanas mudarme de ropa la hora escuchar a Joaquín perder el tiempo en librerías usar celular decir nosotros contar los cigarrillos que he fumado hoy abrazar tratar de concluir José Trigo el va que va preparar hot cakes esperar saludar inventar canciones estúpidas ver el sol de las cinco de la tarde leer en los camiones lamentar lo que he olvidado comprar flores tratar de evitar escribir pendejadas tratar de evitar decir pendejadas helados dejar que ese bichito siga su camino la muchachada pedir perdón croissants comprar el periódico pisar un museo jugar dominó con los amigos feisbuc despensa en el super llevar un diario en blanco hablar de cosas que no entiendo procurar que este blog sea medianamente decente tres puntos

Me he desecho de algunas cosas y algunas cosas me han deshecho, pero esta noche, esta noche es linda porque gano más de lo que pierdo con una tercia que traigo escondida bajo la manga, y me retiro de la mesa con la suerte casi a favor dos puntos

El siempre justo y necesario Stevie Wonder pegándole durísimo al feelling
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Aunque esta belleza tiene las versiones grandísimas del propio Stevie Wonder, la del viejo lobo James Brown moviendo salvajemente el botiquín en París y las de Marvin Gaye y Bobby Hebb, me late para esta noche la del Jay
 




Y pa rematar un clásico más del Estebancito Maravilla






gracias joven maravilla y cía por una linda noche   
   
           

jueves, 4 de febrero de 2010

desaparecer

I
Tres de la mañana y el chat del feis está desierto. Me agrada saber que hay personas que valoran sus horas de sueño, que muchos de ellos pueden soñar, que tienen algo que hacer mañana por la mañana que les impide desvelarse demasiado. Lo triste, más bien lo patético, es quedar tu solo, como en medio de una fiesta extinta, mirando los restos del naufragio con medio vaso de cerveza ya sin gas en la mano, sin tener más remedio que dar un vistazo a tu alrededor para darte cuenta que todos se han marchado, que eres el único que no tiene una vida. Ya lo dice Homero respecto a los lectores de Harry Potter: adultos tristes y solos. En esta situación, tan puntual descripción calza perfectamente: adulto entrecomillado que vive entre paréntesis, mirando la vida de los demás en el feisbuc a las 3 de la mañana.

II
El feis ofrece varias ventajas sumamente tentadoras. Es el medio que te permite contactar a banda que difícilmente -lamentablemente- puedes ver en la vida real, te brinda una buena manera de matar el tiempo muerto y de algún modo te acerca a aspectos chuscos o más íntimos de las personas. Pero también es una especie de trampa, una muy seductora, con ese don de los encantadores de serpientes, que te brinda la reconfortante sensación, remedio mágico de tres pesos, de imaginar que no estás tan solo como parece, aunque al salir y apagar la compu te das cuenta de lo desierta que ha quedado esta reunión. El feis te permite cruzar un saludo de dos líneas -a menudo de una economía verbal más rígida que eso- con personas que te importan, que estimas y que se encuentran muy lejanas espacial y temporalmente; te permite el consuelo estúpido de verter un poco de rencor social y entrar a un grupo para odiar al pri o al perro de calderón, o jugar al ecologista chairo y suscribir la noble causa de proteger los arbustillos de una de las 17.508 islas del archipiélago indonesio... ¿y?

Mirar y ser mirado. ¿Voyeurismo tecnológico? ¿Big brother edición bolsillo? En términos sencillos el feis se reduce al viejo juego de ver y ser vistos, y con un poco de suerte de ver sin ser visto; pero cuando hay cosas que prefieres no ver, y cuando no hay mucho interés por verte, entonces el gran invento pierde sentido. No negaré que le debo al feis elementos fundamentales de mi existencia, como descubrir que moriría cuando se diera un ataque de zombies, que si fuera un monito de 31 minutos sería guaripolo o las frases de juanga. Qué decir de la imprescindible colección de regalos chairos, de los regalos chafas, de los intelectuales donde salía yoda o de las ilustrativas estampas de la vida pipope con su aficionado chillón del puebla y su rechazado de la buap. Todas y cada una dieron sentido a mi vida durante un buen rato, eso que ni qué.

III
Ahora por fin me he armado de valor y he cerrado el feis, en un arrebato de decisión muy poco común en mí, y hacerlo ha resultado un experimento sumamente interesante. Todo el tiempo pensé en un cuento de Richard Matheson -el guionista de Twilight zone- en el que un hombre, sentado en una típica cafetería gringa, en la típica tranquilidad sosa de las cafeterías gringas, escribe nerviosamente en una pequeña libreta, mientras se enfría una taza de café a su lado. En un instante, la mesera voltea y encuentra el asiento vacío, y sobre la barra la libreta abierta, la pluma y la taza exhalando los últimos restos de humo. Al leer las notas escritas por aquel desconocido se encuentra con el testimonio de la locura. La escritura, de trazos rápidos y desequilibrados, cuentan cómo, por misteriosos sortilegios, han ido desapareciendo las personas en la vida de aquel que escribía, esfumándose sin dejar vestigio alguno tras de sí. Como se adivina, la narración se interrumpe abruptamente en medio de una línea que queda en el aire. El hombre desapareció.

Así fue cerrar el feis, una existencia alterna al plano de lo real, que se desarrollaba con amigos y bromas y semiconversaciones y fotos, donde de repente, por similares sortilegios, se ha agotado de un segundo para otro. Se borraron los comentarios que tan sólo unas horas antes había puesto en las páginas de los amigos, se fueron las fotos y las bromas; simplemente yo nunca existí. Y mañana, cuando esas personas entren a su perfil, todo será exactamente igual, pues ni siquiera ha quedado un cuadernillo con una historia a medias ni la taza de café. Imagino que mañana nadie recordará que hubo un tal daniel ireneo morris que comentó tal o cual cosa estúpida, mañana no habrá ausencia, pues ni siquiera quedó un hueco que le recuerde.

Es impresionante, una desaparición que tiene tintes de suicidio y de amnesia estilo eterno resplandor... No es como las desapariciones chafas que ocurrían en las fotos cuando Michael J. Fox alteraba el pasado en las pelis de volver al futuro, esas donde quedaba el espacio vacío de la persona en la instantánea familiar. Se parece más -con las debidas proporciones- al testimonio que le escuché a una señora en el campo de la ESMA (Escuela Superior de Mecánica) de lo que le sucedió en tiempos de la dictadura argentina. La mujer contaba cómo, ante la vista impotente de los compañeros de laburo, los esbirros secuestraron a uno de ellos, arrojándolo al piso de un ford falcon, huyendo a toda velocidad. Días después, cuando la mujer comentó el hecho con los compañeros que también habían presenciado el hecho, todos la miraron con una cara que decía "¿pero de qué mierda estás hablando?". "¿Miguel? ¿Cual Miguel? Aquí nunca trabajó nadie con ese nombre". Eso es desaparecer.

IV
Vaya, mi café se enfría. Vencer la lógica de lo que suponemos debe ser. La noción de que algo desaparezca es simplemente insoportable, pues aterra pensar que en cualquier momento nos puede suceder a nosotros. Es más temible que la idea de la muerte misma, pues del muerto se conserva una memoria y de quien desaparece al estilo feis, al estilo eterno resplandor, al estilo Matheson, no. ¿Y si en realidad eso fuese posible? ¿Si alguien al voltear la esquina delante de nosotros, al salir de nuestro espectro visual, simplemente se esfumara en el aire sin dejar un pasado detrás? ¿Y si alguien desapareció de la mesa de un café en la esquina de Córdoba y Callao? ¿Qué haríamos frente a un Ireneo Morris, cuyo avión desaparece en pleno vuelo? ¿Cómo podríamos soportar tal aberración, sin qu

jueves, 7 de enero de 2010

4:20 am

Duerme, duerme, duerme, maldita sea, deja de pensar en idioteces y regresa al sueño. ¿Estaba soñando? no recuerdo nada, creo que no, y lo que es peor, no puedo recordar cuándo fue la última vez que desperté recordando un sueño. Se supone que todas las noches sin excepción el cerebro fabrica eso que llamamos sueños ¿no?, aunque eso seguramente lo pepené de algún comercial o de una revistilla chafa y por ello no estoy obligado a tragarme el cuento. Lo cierto es que hace un rato ya que amanezco sin sueños.

Maldita sea. sigo pensando en pendejadas. Duerme, duerme, duerme, mente en blanco, aunque también escuché alguna vez que la mente nunca está en blanco. ¿Por qué recuerdo en los momentos menos indicados tanta cosa inútil? Tal vez si supiera hacer esas ondas chairas de sentarse frente a la pared con las patitas cruzadas y repetir un mantra, tal vez así podría dormir. Una vez te dije hagamos esto de la yoga que escuché con un mamón en el radio. Te burlaste de mí por chairo, ¿recuerdas? Por cierto, no has escrito y claramente no quieres hacerlo. No se nada de ti.

Ya, déjalo. Que joder con todos los caminos que conducen siempre a Roma, siempre a ella. Duerme, duerme... me duele la cabeza. No puedo respirar, sin duda a partir de mañana dejaré el cigarrillo. Esta almohada es demasiado vieja. Boca arriba no se puede dormir. ¿Por qué me desperté pensando en las formas de sobrevivir a un ataque de zombies? ¡cuanta pendejada tengo en esta cabeza que duele! bien, afrontemoslo: a llevar una hora acostado y sin dormir, a esta hora, se le llama insomnio. Pero si hoy ni siquiera bebí café. Carajo.

Tal vez lo más conveniente sea salir de la cama y... ¿leer? ahora no se me antoja nada. ¿una peli tal vez? ¿un post? naa, sería pésimo escribir un post con tanta estupidez, y los posibles lectores qué culpa tienen de que ande con insomnio. ¿y qué mierda hace un tipo disfrazado como de mosquetero, parado en una vía del tren en medio de la nada del México de los veintes o treintas? pinche Kafka te la pelaste de nuevo, o... ¿no será el propio Kafka disfrazado, en una escapada secreta a México? Podría tratarse de un viejo conquistador español, que de repente despertara del sueño de estar muerto, para verse deambulando varios siglos después sobre ese extraño sendero de metal. O tal vez sea un actor que había extraviado a su compañia teatral, con la que viajaba de pueblo en pueblo, montando viejos romances costumbristas.

Vaya con el tipo en la vía que aquel día perdió su cómodo sueño, o a su compañía errante por poblados sin nombre. Vaya con los que a las 4:20 despiertan y se encuentran totalmente perdidos y solos, ridículos, en medio de la nada y parados en una vía del tren, en camino hacia ningún lado...

jueves, 31 de diciembre de 2009

tres uvas

No hay balances de fin de temporada, no hay sumas ni restas, para qué, si sabemos que en el corazón los números son rojos. No hay reclamos ni arrebatos de ira -o de dicha- ni con dios ni con el diablo. Para mañana no hay mañana, ni ideas, ni planes o proyectos. No hay esbozos ni trazos, pues no hay imaginación que guíe el lapiz. El pronóstico del clima pinta días grises con frío al interior, y en la quilla de las naves, en las pocas que no se han quemado aún, el cielo se observa cerrado de aquí hasta el horizonte. En los diarios clandestinos se anuncia que nos han robado la primavera en diciembre, y por si fuera poco, se teme una epidemia de tristeza en la ciudad.
Así las cosas, pero brindo bohemios, por las cosas chidas que se dieron en los alrededores: un cambio de estado civil en feisbuc, una tesis de Bolaño, un exitoso trabajo de campo en Chenalhó, una obra taquillera, una beca, una chamba en el inba. Brindo bohemios, porque el año les pinte agusto, porque las felicidades sean más que las desdichas, porque sean más las bienvenidas que los adioses.
Esta noche bastan tres uvas: la primera, porque el de arriba le conceda salud a mi vieja nata; la segunda, porque esa mujer sea muy feliz, que bien lo merece; y la tercera, porque a ustedes, bohemios, la vida les sea muy grata.

viernes, 25 de septiembre de 2009

de los múltiples míticos mágicos significados del paliacate

Un tanto azorada, como mosqueada por tocar cuaestiones sensibles, Etty, mi juvenil y pequeña casera setentona, me atrapa en la cocina y me pregunta con la mayor delicadeza: "oye, ¿que significado tiene para ustedes el paliacate? porque un argentino jamás lo usaría". De inmediato se agolpan en mi cabeza varias posibles respuestas: le contaría como, en la religión a la que pertenezco, acorde a los preceptos que, entre otras cosas, niegan la existencia de dios y postulan la inminencia del fin del mundo en el 2012, como lo dijeron nuestros padres los mayas, el paliacate es un símbolo sagrado del ayuno físico y espiritual; tal vez le contaría que, en las salvajes tierras de donde provengo, la mayoría de las personas, sin distingo de profesión o clase social, usan el paliacate en la cabeza para honrar la memoria de José María Morelos y Pavón, con la creencia de que esta tela en la cabeza nos conecta, en un plano cósmico, con los próceres que nos dieron patria; incluso pensé en poner cara de circunstancias y explicar que es la herencia que me dejó mi padre justo antes de que, impulsado por el hambre y la sequía, tuviera que salir en una expedición mortal para cazar el tatanca-búfalo, aventura de la cual no regresó y por eso ahora lo uso para honrar su memoria; ya de jodido, creí conveniente rememorar la fatídica lucha del voto por voto y como el paliacate amarillo es el emblema del populismo, del eje del mal y de la resistencia activa. Lo cierto es que, en medio de la risa que me provocó la indiscreción de esta mujer, recordé a Areli la bella, preguntándome en la fila de Lan para acreditar el equipaje, si llevaba mi paliacate chairo, "pero claro que lo llevas, si es la insignia de los latinoamericanistas chairos en su andar revolucionario". Esa mujer no se cansa de tener siempre la razón.
¿Que un porteño jamás lo usaría?, bueno, supongo que tampoco puedo decir que en el salvaje mundo de gente comecorazones al que pertenezco, el paliacate sea una prenda común. Básteme rememorar aquella bonita ocasión en que, por llevar paliacate y malaspecto -que no es o mismo pero es igual- en una mudanza allá por las Tolucas, una ñora y los vecinos del edificio me agarraron de su pendejo.
En México, quizá sólo lo use la banda en las manifestaciones, los trabajadores en el campo, los chavos de los diablitos en la central de abastos o los luchadores en Atenco. Quizá, fuera de estas circunstancias (el conocimiento empírico ha demostrado que ni siquiera los latinoamericanistas lo emplean), quien use paliacate en la vida cotidiana deba ser fodongo, un tanto exhibicionista, un poco ridículo o un poco conciente de que sus orejas lucen más ridículas con gorrita. Quizá, como un tipo que tiene no sólo uno sino dos paliacates, deba empezar a adoptar la historia del padre cazador del tatanca búfalo.

martes, 30 de junio de 2009

la multitud errante II/II

Por respeto al respetable, me salto hasta mi intromisión en la genealogía familiar. Por azares del destino me tocó llegar en una temporada de vacas no tan flacas, y con mis tres kilos doscientos llegué a vivir a un departamento en la Narvarte, con mi madre, mis tres tíos y la vieja Nata. El abuelo ya había bailado las calmadas para entonces, cuando se fue con otra morra, gracias a dios. En este espacio nada pequeñoburgués, transcurrieron mis siete primeros años; me enamoré de una sexy nena en primero de primaria, seguí engordando, alguna vez hice el ridículo en la escolta, y me agarró una mañana el temblor del '85. Después de sucesos tan trascendentales, tuve que empacar mis chingaderas cuando a mi madre -madre soltera desde que la conocía- le dio por casarse (de nuevo, hágame el cabrón favor). Ahí empezó el trajinar del Nano.

Primero un departamento en el piso 800 de un destartalado edificio en la Jardín Balbuena, donde uno tenía que interrumpir la comunicación telefónica cada vez que un avión pasaba por el pinche escándalo. Año siguiente, un nuevo hermano y un departamentito en la colonia Relojeros, por la Viga y Churubusco, en un edificio más viejo que el anterior y oscuro como la chingada. Dos años más y va de nuez, ahora marchando al destierro en el norte de la ciudad (echando mano de la atinadísima expresión que le escuché a Francisco Hernández). Caímos en Tlalnepantla y cayó un nuevo hermano, bueno, hermana para ser precisos.

Tras conocer tres departamentos en la vulgarmente conocida Tlane, fuimos a parar hasta los confines del mundo conocido, en una colonia de cuyo nombre no me quiero acordar, esta vez sin un nuevo hermano y con un perro, lo que a mi juicio constituyó una gran innovación. Era 1995, yo caminaba con mi carita de pendejo en los pasillos del CCH Azcapo, al que acababa de entrar, hacía dos horas de ida y las respectivas de regreso escuchando a Martín Hernández en la gloriosa Radioactivo 98.5, y aprendía a convivir con un barro que se instaló por meses en mi nariz. De buenas a primeras, ¡zaz!, se murió el perro y nos pescó la de andamos huyendo Lola, y de un día para otro tuvimos que largar a la virreinal Puebla.


Viví en Puebla diez años, tiempo justo para hacer una vida con la Areli, una prepa y una licenciatura que más parecía técnica, en la buap. Allá se detuvo la tradición del andar a salto de mata y solamente tuvimos dos hogares, el último, donde actualmente reside mi bandera, con otros dos perros claro.


Uno siempre acaba regresando a los orígenes, por eso hace tres años que vivo en el defe, en el pisito que la Are y yo hemos construido como un hogar. Es difícil hacerse a la idea de comenzar una nueva mudanza, tan difícil que en lugar de empacar me siento a escribir posts interminables, mientras miro de reojo a la flaca que ríe frente a mí, en su pedo y en su chat con el Samuel. Sacando cuentas, he vivido en diez casas distintas, por eso hice la primaria en cuatro escuelas, por eso estoy acostumbrado a empacar mis mugres y agarrar rumbo en nuevos horizontes. Por eso me considero un chilango cabal, uno más en esa multitud errante que va de un lado a otro de la ciudad, cumpliendo con modernas historias que se deben escribir en códices con patitas y cerritos. Como los demás, entre mudanza y mudanza he aprendido a aceptar mi destino y a reconocer que el arraigo, para los que nunca han podido hacerse de una casa propia, se tiene hacia la ciudad misma, hacia la canalla ciudad.


domingo, 28 de junio de 2009

la multitud errante I/II

Ni hablar, no queda otra que arrancar una nueva mudanza. Siempre he pensado que eso de mudarse es una práctica natural para el chilango, que la mayoría de los nativos del de efe -la mayoría jodida, claro está, que no tiene más que el petatl donde duerme- debe estar acostumbrada a trajinar, cada determinado tiempo, con sus triques y sus proles hacia un nuevo hogar. De algún modo, se me hace que por cierto atavismo, los chilangos estamos condenados a repetir ad nauseam el itinerante vagar en estas tierras en busca de un asentamiento, tal como lo hicieron los chilangos primigenios en pos de la tierra prometida, donde estuvieran el águila y la serpiente según se inventaron después, pero en realidad en pos de un lugar donde no los echaran. Siete u ocho siglos después -para exactitud de fechas consultar a un historiador, que yo estoy exento de esas vainas- la chilanga banda continúa el peregrinar, de Azcapotzalco a Texcoco, de Coyuacan a Chalco, de Tacuba a Xochicalco y anexas, cada vez que el contrato de su departamento ha caducado, que se busca gastar menos de dos horas de transporte colectivo entre la casa y el trabajo o escuela, o simplemente cada vez que el casero de buenas a primeras te lanza. Así, agarras tus chivas y te encomiendas al dios huitzilopochtli (¿raíces de mi naturaleza chaira acaso?), para anotar un nuevo episodio en la tira de la peregrinación personal.

Supongo que esta sensación me viene de familia. Como tantas, como todas, mi banda se origina en las migraciones de la gente del campo que, escapando a la miseria rural, se inscribe en la miseria urbana de la gran capital de las primeras décadas del XX, apenitas después de la Revolución. La memoria se remonta a la bisabuela María Manuela, mujer nahuatlaca, de duro talante y mirada tristísima, que habiendo nacido en Acajete, Puebla, se me fue a casar allá por Veracruz. Tras algunos años de matrimonio y madriza, como mandaba el canon, una madrugada emprendió la graciosa huida con dos hijos propios y una endilgada (personaje de un futuro post), que el marido había tenido con una jarocha y después se la llevó a Manuela (hágame el cabrón favor), como también mandaba el canon. La bisabuela, apenas bilingüe, analfabeta y con tres lobeznos, llegó al defectuoso en los tiempos de mi general Elías Calles, con una mano atrás y otra adelante, a refugiarse en casa de una comadre donde a los tres días empezó a apestar. Cuenta la memoria oral que, desesperada y sin un quinto partido por la mitad, doña Manuela se sentó a llorar en la calle, y que la gente al verla tan desgraciada le tiró alguna moneda. La bisabuela pensó, si por no hacer nada me dan alguna ayuda, mejor vendo algo, y así comenzó a vender naranjas en una acera. Con los años el negocio progresó y cambió de giro, hasta vender dulces a la salida de un cine. En aquellos años de miseria, la bisabuela y sus chamacos cambiaron de residencia en varias ocasiones, de cuartito en cuartito y de vecindad en vecindad.

Corrieron las aguas del río, mi abuela Nata creció y un buen día tuvo que retirarse de los salones de baile a los que era fiel devota, al caer presa del matrimonio. Mi vieja, que era el azote de las pistas al compás de Pérez Prado, de Acerina y su danzonera y de Luisito Alcaraz, se fue a vivir con su respectivo -que por las cochinas ironías no gustaba del baile- a los rumbos de la colonia obrera, la “pobrera” pa' los cuates. Enclavada en el primer cuadro de la ciudad, la pobrera era una de esas colonias que los currutacos y petimetres porfirianos cedieron al leperaje, tapizada de vecindades de quinto patio, niños panzones y perros famélicos. En esta colonia, tan parecida al callejón del Cuajo de los Burrón, tan cantada por el buenazo del Chava Flores, el matrimonio y su creciente prole recorrieron varias moradas, que por no tener a mi vieja a un lado en este momento me veo imposibilitado de detallar. El chiste es que andaban del tingo al tango pues.

viernes, 22 de mayo de 2009

de chocolates y viejos barbones o de como Dios era porteño

De paseo por los blogs de los carnales, me encuentro con voces familiares que, desde escenarios diversos, van hilando tramas -y traumas- comunes. Alguien habla de historias que eran, de cuentos que tocan el colorín colorado, de la amistad y de amistades que están, se quedan o se van. Cuentan del destino, de borges y monty phyton, de los epílogos, del resplandor de las luciérnagas, de hurones, de viajes nuevos y viejos, de cariños que se mueven como botes a la deriva en aguas extrañas. Pero sobre todo, parece que los camaradas se han puesto de acuerdo en dejar sus tesis a un lado por un rato y platicar sobre el destino.
Cuando he pensado en ello, en las incontables ocasiones en que he cometido crasos errores y en las que me han tocado golpes de suerte -mucho menos numerosas-, siempre me he limitado a tres ideas que para mí definen bien lo que es el destino.
Seguro lo oí hace mucho, hace tanto que obviamente no recuerdo ni cuando ni de quien, pero sorprendentemente, fue algo que quedó prendido a mi memoria: "Misteriosos son los caminos del señor", del señor que pasa la vida en bata y huaraches y con su larga barba blanca y que no es howard hughes en sus últimos años. La idea me gustó porque nos mostraba que lo que nosotros tomamos como azar, una fuerza superior lo toma como chamba o como hobbie o ambas dos, pero a fin de cuentas se toma el trabajo de decidir por nosotros. Años más tarde, cuando por fin logré ver Forrest Gump completa, que fue años más tarde después que se estrenó, Tom Hanks y Spilbergo me enseñaron que "Life is like a box of chocolates. You never know, what you'll get". Entonces nos quitamos de la bronca de tener que planear la vida, y además de dilucidar si en efecto el señor de la bata y la barba existe y se toma la tediosa chamba; sólo nos relajamos y probamos un montón de chocolates hasta que una indigestión nos mate.
Hace poco, en una mesita de café, Borges me dio al traste con la fiesta -siempre aparece Borges y siempre es el aguafiestas-:"Destino (tal es el nombre que aplicamos a la infinita operación incesante de millares de causas entreveradas)" y aunque, como sabio que era, no se mete en la bronca de buscar a quien pasarle la factura de esas causas, sí le quita al destino ese ingrediente de azar, de accidente, que tanto se parece a la esperanza. De inmediato, cerré la Historia universal de la infamia, pague el café y empecé a caminar, abrumado por el peso de la cuestión. Si el destino eran causas, y si las causas se debían tal vez a un viejo barbón, tal vez el viejo barbón tenía la responsabilidad de todo, tal vez todo se debía a su problema con los chocolates. Al final llegué a la conclusión de siempre, que Borges era Dios, pero eso ya lo sabía y no me resolvía nada.
Así que leyendo a los amigos pensé que bendita vaina en la que lo meten a uno, que ni la debe ni la teme, y que eso me sacaba por no estar haciendo la tesis como Dios y Conacyt mandan. Pensé en Samuel viendo luciérnagas, en Gaby atrapada en el aeropuerto de Lima, en Ilse enpalinurada, en el Pollo y una banda de chavitos felices después de echar la cáscara, en Are y Karla hablando de encuentros y desencuentros. Pensé que Dios era un Borges con bata blanca y una barba poca madre, pero este sí era chévere, que se atiborraba de chocolates (y seguro también trufas Karlita, no te preocupes), que era benévolo con nosotros porque sabía que todo el tiempo nos equivocamos y que nos ponía a cada uno donde debíamos estar. Pensé que gracias a los chocolates que me había puesto en la mesa, había conocido a tantas personas sin las que mi vida sería bastante insulsa.
Claro, también pensé que me desquitaría de mis amigos por haberme hecho pensar en el destino, y que lo haría robándoles el tiempo con este insensato post.
NOTA: parece que el mundo se inclina por la idea de los chocolates, pues en google, la frase de Hanks tiene ni más ni menos que 182,000,000 de entradas. in-cre-í-ble. La frase de... ¿de quien diablos será? de los caminos del señor acumula la más modesta cantidad de 316,000, mientras que la de Borges aparece en aproximadamente 23,900 sitios. Sin lugar a dudas, Spilbergo y Hanks son los dioses de nuestra triste época.


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