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sábado, 4 de abril de 2009

un bobo al sol y un amor que nunca fue

Pasó el jueves, con Galeano en la sala Nezahualcoyotl, pasó el viernes, con firma de libracos en Siglo xxi, y al final los números son rojos.
¿Cuantas veces no ha sucedido, que al conocer a un escritor que se admira, uno se queda con un palmo de narices y el cariño por los suelos? Es triste pero casi siempre sucede. Claro, el error inicial reside en idealizar a un tipo que uno ni conoce, pues el acto de leer es engañoso y nos hace sentir que hemos hablado con él o ella infinidad de veces. De ahí se desprende el sigiente mal entendido, el de pensar que la obra es el escritor o el escritor es la obra, cuando no hay hada más lejos de la realidad. Finalmente, el lector, con cándida ingenuidad si se quiere, puede llegar a suponer que en la relación de gratitudes la cosa anda rondando el 50 y 50 por ciento, pues como en cualquier relación sentimental, el asunto de la lectura es cosa de dos, y tanto peca el que lee la obra como el que la escribe; eso puede suponer el lector y le puede costar caro al momento de conocer a su otra mitad.
Galeano pisó Bellas Artes, en un homenaje que le era debido. Al otro día la cita fue en la unam, con gente formada tres horas antes, con filas que lucían interminables y con compas que no estuvieron dentro de los tres mil afortunados que le entran a la Nezahualcoyotl y se quedaron suspirando en la lomita. En medio de consignas y exigencias de libertad para los presos políticos de Atenco, la banda universitaria recibió al uruguayo aquel, entregada, emocionada, con ovación de pie y toda la cosa, mientras que el caballero, educado, sí, comprometido, también, jamás dio un gracias, ni dijo si le valía algo semejante recibimiento, ni estar en la unam, como si lo mismo le hubiese dado estar en la ibero o en el tec.
En fin, hasta ahí uno dice vale, se le pasa por ser Galeano. Al día siguiente la firma empezaba a las cuatro, por lo que la gente comenzó a apersonarse afuera de la librería desde antes de las doce. Llegué a la una, sin desayunar pero con mucha expectativa. Con la ficha número veinte en mano, aguanté con el resto de la banda más de tres horas bajo un sol que golpeaba con odio, pero que bien valía la pena bancarse por conocer a alguien tan querido. Cerca de las cuatro, cuando habían repartido las fichas, llegaron Karla y el Pollo, y tras ellos apareció, enfundado en una playerita de tirantes estilo Mr. T, Galeano, en el interior, el acogedor interior de la librería, mientas el vulgo nos derretíamos afuera.
Lo siguiente que recuerdo es que estoy parado en la acera, con el "Dias y noches" estampado con un garabato ilegible. Todo pasó demasiado rápido: entrar, Galeano que pregunta -con un gesto de "ni creas que firmo todos porque mi tiempo vale oro"- cuál quiero que firme pues sólo será uno; "éste, que es el primero que le leí y el que más ha significado", un generoso "a daniel" y firma indescifrable, abrazo de trámite y el que sigue. Ni un gracias por venir ni nada, y de nuevo al sol.
Una firma, como si fuese la cuenta del restaurante y no un libro, un trato como si fuera el mesero y no un lector con tres horas de bronceado, un gesto con el afecto de quien cumple con las tediosas obligaciones que le impone su editorial y un tipo encarnando el ridículo afuera de la librería, con su playera del uruguay y sus libros bajo el brazo y su cara de bobo. Un tipo que cae en la cuenta de que esto de las relaciones amorosas simpre termina mal cuando sólo es uno el que quiere.

Epílogo

Sin duda, lo mejor del día fue el gesto que tuvieron el Pollo y Karla, que a modo de consuelo me regalaron el "Futbol a sol y sombra" que justo acababan de comprar, ese sí, con dedicatoria. Por ese sí valió la pena la espera. A ambos, gracias muchachos.

lunes, 30 de marzo de 2009

días y noches y años de leer un libro


i

La primera vez que leí a Galeano, para qué mentir, era lo que se dice un pelotudo. Lo sigo siendo, claro, pero en aquel entonces era uno que apenas, a palos de ciego, descubría lo que le gustaba leer. Entre el boom y Rulfo, entre Zola y Poe, deambulaba feliz con "La ley de Herodes" de Ibarguengoitia, con las memorias de Neruda y "Morirás lejos" de Pacheco. Como todo estudiante paria, tenía el bonito pasatiempo de caminar por los exiguos y lamentables anaqueles de la biblioteca, pasando lista de todos esos nombres desconocidos en los lomos. En una de esas rondas di de bruces con un título demasiado fuerte para un libro tan pequeño, casi escondido entre Ernesto Cardenal y Roque Dalton. Algo, no sé que, me hizo tomarlo y sentarme en las escaleras de la biblioteca para expurgarlo. Eran los "Días y noches de amor y de guerra" de un tal Galeano.


ii

Me levanté cuando el dolor en las nalgas me hizo caer en la cuenta del tiempo que había estado ahí, encogido, con la historia del bisabuelo de Edda Armas, aquel viejo ciego que, con sus piernas de pajarito, echaba a volar por los caminos al menor descuido. Costó trabajo, mis piernas estaban entumidas por el tiempo, por el miedo, por el coraje y el asco, por la picana, por la angustia de lo que habrá sido de aquellos arrancados de sus casas. En los techos de aquella sala escuché el motor de los aviones de un tal Castillo Armas que habían cocido a bombardeos a Guatemala, y al alzar la vista vi a otros estudiantes, ni pelotudos, ni cobardes, ni estúpidos como lo era -lo soy- yo, aguantar las noches heladas en los altos de la selva.


iii

He olvidado más lecturas de las que he leído, pero esa me la recuerdo bien. Recuerdo una lista de hijos de puta que poco a poco he ido conociendo, dictatorcillos vulgares de la peor calaña; recuerdo la tarde que tuve que salir a respirar, bajo un sol flojo y demasiado bello que me hacía dudar que lo que estaba leyendo hubiese podido ser. Recuerdo que entre todas las sensaciones que el libro me produjo, a cada página crecía no sólo la admiración por ese tal Galeano, aparecido entre Cardenal y Dalton, sino algo que podría llamar cariño. Desde aquella primera cita con el uruguayo aquel, comprendí que en libros hay grandes autores, clásicos y enormes, hay buenos y malos, pero hay otros que sin más epítetos un quiere para toda la vida.