Pasó el jueves, con Galeano en la sala Nezahualcoyotl, pasó el viernes, con firma de libracos en Siglo xxi, y al final los números son rojos.
¿Cuantas veces no ha sucedido, que al conocer a un escritor que se admira, uno se queda con un palmo de narices y el cariño por los suelos? Es triste pero casi siempre sucede. Claro, el error inicial reside en idealizar a un tipo que uno ni conoce, pues el acto de leer es engañoso y nos hace sentir que hemos hablado con él o ella infinidad de veces. De ahí se desprende el sigiente mal entendido, el de pensar que la obra es el escritor o el escritor es la obra, cuando no hay hada más lejos de la realidad. Finalmente, el lector, con cándida ingenuidad si se quiere, puede llegar a suponer que en la relación de gratitudes la cosa anda rondando el 50 y 50 por ciento, pues como en cualquier relación sentimental, el asunto de la lectura es cosa de dos, y tanto peca el que lee la obra como el que la escribe; eso puede suponer el lector y le puede costar caro al momento de conocer a su otra mitad.
Galeano pisó Bellas Artes, en un homenaje que le era debido. Al otro día la cita fue en la unam, con gente formada tres horas antes, con filas que lucían interminables y con compas que no estuvieron dentro de los tres mil afortunados que le entran a la Nezahualcoyotl y se quedaron suspirando en la lomita. En medio de consignas y exigencias de libertad para los presos políticos de Atenco, la banda universitaria recibió al uruguayo aquel, entregada, emocionada, con ovación de pie y toda la cosa, mientras que el caballero, educado, sí, comprometido, también, jamás dio un gracias, ni dijo si le valía algo semejante recibimiento, ni estar en la unam, como si lo mismo le hubiese dado estar en la ibero o en el tec.
En fin, hasta ahí uno dice vale, se le pasa por ser Galeano. Al día siguiente la firma empezaba a las cuatro, por lo que la gente comenzó a apersonarse afuera de la librería desde antes de las doce. Llegué a la una, sin desayunar pero con mucha expectativa. Con la ficha número veinte en mano, aguanté con el resto de la banda más de tres horas bajo un sol que golpeaba con odio, pero que bien valía la pena bancarse por conocer a alguien tan querido. Cerca de las cuatro, cuando habían repartido las fichas, llegaron Karla y el Pollo, y tras ellos apareció, enfundado en una playerita de tirantes estilo Mr. T, Galeano, en el interior, el acogedor interior de la librería, mientas el vulgo nos derretíamos afuera.
Lo siguiente que recuerdo es que estoy parado en la acera, con el "Dias y noches" estampado con un garabato ilegible. Todo pasó demasiado rápido: entrar, Galeano que pregunta -con un gesto de "ni creas que firmo todos porque mi tiempo vale oro"- cuál quiero que firme pues sólo será uno; "éste, que es el primero que le leí y el que más ha significado", un generoso "a daniel" y firma indescifrable, abrazo de trámite y el que sigue. Ni un gracias por venir ni nada, y de nuevo al sol.
Una firma, como si fuese la cuenta del restaurante y no un libro, un trato como si fuera el mesero y no un lector con tres horas de bronceado, un gesto con el afecto de quien cumple con las tediosas obligaciones que le impone su editorial y un tipo encarnando el ridículo afuera de la librería, con su playera del uruguay y sus libros bajo el brazo y su cara de bobo. Un tipo que cae en la cuenta de que esto de las relaciones amorosas simpre termina mal cuando sólo es uno el que quiere.
Epílogo
Sin duda, lo mejor del día fue el gesto que tuvieron el Pollo y Karla, que a modo de consuelo me regalaron el "Futbol a sol y sombra" que justo acababan de comprar, ese sí, con dedicatoria. Por ese sí valió la pena la espera. A ambos, gracias muchachos.
