miércoles, 20 de agosto de 2014
lienzo
colguemos fotos mujer, comencemos a ponerle viñetas a este cuento. yo te ofrezco una pared tan blanca como un lienzo, en ella colgaremos algunas fotos del pasado, de esos momentos que traemos de cuando las líneas de las manos no se nos habían vuelto una misma, y así como las líneas se fueron acercando tanto que han logrado confundirse, así las imágenes se irán fundiendo sobre esa tela blanca, para contar la historia compartida, y con ellas la vida se nos convertirá en una obra de arte.
jueves, 9 de febrero de 2012
la noche de lo eterno. Luis Aberto en Vélez
Hace tiempo veía una entrevista vieja, como de los setentas. Era un programa de televisión donde un tipo le preguntaba a otro, flaco y desgarbado, con los cabellos convertidos en una batalla y armado con una guitarra entre las manos, qué era lo que pretendía lograr en la vida. El chico, de lo más tranquilo y de lo más humilde, bajaba la mirada, se acomodaba la guitarra y respondía que sólo quería transformar el mundo. El conductor, sorprendido, se le echaba a reír a la cara, mientras el flaco lo miraba como extrañado, sin entender qué era lo que le causaba tanta gracia. Hablaba en serio.
Aquel flaco sólo podía ser Luis Alberto Spinetta, siempre etéreo, siempre con esa maravillosa desfachatez ante la vida. No sé si cambió al mundo, pero sé que a muchos nos hizo vivir mejor en éste.
Ese flaco ha partido, y tratando de guardar un poco la tristeza, he buscado un viejo post que nunca subí. Chau flaco, y gracias por recordarnos que Toda la vida tiene música.
Diciembre 4, 2009
Desde que atravesaba el par de cuadras camino al estadio entendía lo que estaba a punto de presenciar. Lo sentía al mirar la emoción sin maquillajes en los rostros de aquellos tipos de la vieja guardia, que con el boleto aferrado marchaban en devota procesión hasta la cancha de Vélez. Lo entendí desde mucho antes, cuando hacía la cola para comprar el boleto, el primer día de venta, en la bella librería del Ateneo, y miraba a los chabones que compraban cuatro o cinco o seis entradas, y al recibirlas le gritaban a alguien por el celular "¡ya las tengo, ya las tengo!". Por esos días la euforia ante el regreso de Charly a un masivo barría hasta el último rincón de la ciudad, tanto que hasta la Rolling Stone le había dedicado la portada. En medio de tamaña conmoción el concierto del flaco quedaba en un lugar discreto, pero yo tenía que verlo. Como Belascoarán, que en Adiós Madrid viajaba a las Españas tan sólo por plantarse en un concierto de Sabina, así había agarrado yo camino para el sur, persiguiendo las huellas del flaco.
Había entendido, o eso creía, porque sólo comprendí todo en su perfecta dimensión hasta alcanzar las gradas, que en un santiamén quedaban abarrotadas hasta las escaleras y los pasillos, y al contemplar la cancha, cubierta en buena parte por sillas, y la gente que poco a poco cumplía el lleno, con la misma solemnidad con que irían a escuchar un concierto de Chopin. Vélez se vestía de gala para recibir a una criatura mitológica llamada Luis Alberto Spinetta.
El verano arrancaba ya y decidí ir ligero, lo que fue una soberana estupidez. Aún antes de que comenzara la música y de que la noche empezara a caer, un tipo cercano a mí, rudo y con su disfraz de rocker muy bien planchado, le preguntaba al hombre que vendía refrescos si no había posibilidad de que le consiguiera un matecito para el frío. Y es que en la grada el viento mordía inclemente, pero todos estábamos listos a aguantar la nevada si era necesario, que en esa ceremonia celebraríamos los cuarenta años de música del flaco y no era cosa de rajarse, no ante lo que todos sabíamos sería un concierto legendario.
Pero ni el más ilusionado alcanzaba a imaginar lo que se nos vendría encima, con las cinco horas y media que el flaco se despachó sin titubear, a sus sesenta tacos, con Cerati tocando Te para tres y Bajan, con Fito compartiendo piano y vocales en Las cosas tienen movimiento y Asilo en tu corazón, con Charly quemando los restos de cuerdas vocales en Rezo por vos. Y sobre el escenario, que cambiaba de instrumentos con cada nueva aparición, desfilaron Invisible, Pescado Rabioso, Jade y Los Socios del desierto, las bandas eternas del flaco, transportándonos en un viaje estelar por las constelaciones del jazz, del rock y el blues.
Yo, en mi papel de forastero en aquel culto y con mi parco conocimiento de apenas un par de discos en la materia -uno de ellos el imprescindible La la lá, ese disco freak del flaco y fito que el chompa tuvo a bien rolarme-, me dejaba llevar por los acordes, entre aves-sirena y planetas multicolores, acompañado por un par de fazos que me acercó la generosidad de un chabón sentado a mi lado, en una experiencia alucinante, viajando a lomo de armonías hasta sentir que estaba solo en ese estadio, en una travesía interior que cerraba mis días en el sur. Esa ceremonia, celebrada exactamente un año atrás en la misma noche en que escribo estas líneas (2010), representó el final de un viaje y el inicio de otro que aún continúa, y para los que tuvimos el honor de presenciarla, sin duda alguna, quedará como una de las mejores noches de nuestras vidas.
martes, 6 de septiembre de 2011
cuadro clínico de la ilusión
Ahora resulta que me descubro amando las noches de los jueves y las charlas de telegrama, que todos los días son el bello abril y todas las canciones una coartada para extrañarla. Resulta que me obligó a hacer las paces con la sonrisa y a soñar con la medianoche de París, que siempre canto una melodía de Jo Stafford y que me paso la vigilia de las noches escribiendo un tratado sobre las constelaciones que brillan en la galaxia de su cuerpo.
Resulta que le voy queriendo in crescendo, avanzando trechos inmensos a pasos pequeñitos, como los de aquellos besos que muero por poner a desfilar sobre sus labios carmesí. Resulta, señorita, que aunque no ha habido intención en ti de provocar lo que siento, yo le voy queriendo como un estúpido, como había olvidado que se debía querer, con el desparpajo de la ingenuidad y de la cursilería, andando a palos de ciego en el nudo de esta historia que nos ha dado la locura por contar. Resulta que mi empeño tiene cara de osadía, pues me atrevo a querer que quiera quererme, que también es tonto y que entiende muy poco de razones y contextos adversos. Resulta, señorita, que el mundo está recién pintado y que ya no concibo habitarlo sin usted,
y la culpa es toda suya.
sábado, 20 de agosto de 2011
viaje de bitácora
lunes, 23 de mayo de 2011
chau nonita
sábado, 14 de mayo de 2011
noches de frac
lunes, 29 de noviembre de 2010
Apenas un segundo de inmersión
jueves, 25 de noviembre de 2010
cajita de pasos perdidos
lunes, 8 de noviembre de 2010
jirones
No tienen ojos, bocas ni oídos, para qué, si no hay otros ojos en los que puedan verse reflejados, si no hay nadie que escuche o que pronuncie su nombre. Sólo tienen pies para poder disolverse en la indiferencia de la ciudad. Sólo marchan, arrastrando el rumor de sus plantas sobre las piedras curtidas por los siglos. Si uno se les acerca un poco, puede escucharles los recuerdos, las falsas memorias de todas sus derrotas. Son sólo eso, un batallón de vencidos, exhaustos y destrozados.
Ellos lo saben: Nada te importa en la ciudad si nadie espera...
domingo, 26 de septiembre de 2010
sin nada que decir
lunes, 6 de septiembre de 2010
matando la tarde con un tal Pérez
domingo, 5 de septiembre de 2010
pequeña noche de inmensa luz
jueves, 1 de julio de 2010
ensayo vulgar de noche de año nuevo
martes, 18 de mayo de 2010
palabras al viento
martes, 27 de abril de 2010
claro de noche sin luna
sábado, 10 de abril de 2010
...
que somos cementerios,
somos campos santos,
donde yacen aquellos que alguna vez fuimos.
Será por eso que la soledad se parece tanto al luto.
jueves, 11 de marzo de 2010
tregua
Descansamos de todo el desgaste que ha dejado la lucha y de la nostalgia de recordar que algún día fuimos felices. Mientras lamemos nuestras llagas percibimos la desolación que pesa en esta tierra yerma y lloramos al mirar los días que han quedado atrás. Lloramos por todos los momentos en que fallecimos y resucitamos, con más dolor por la última herida, por la nueva herida mortal que se sumaba a las anteriores. Lloramos por todo lo llorado, con el mazo y el escudo que se escurren de nuestras manos acabadas. En esta guerra inmisericorde hemos perdido demasiado, amigos que han caído con nosotros, nosotros que hemos caído junto amigos. Se ahogó el canto en sangre y se perdió el color entre tanta oscuridad. Perdimos nuestros hogares, abrasados por el fuego y el odio. Perdimos el ayer y el mañana, cuando la memoria y la esperanza fueron sacrificadas y devoradas por los perros, una junto a la otra. Nuestras insignias nos fueron arrancadas, y las hazañas y derrotas que eran nuestra vida se fundieron en una historia hoy por todos olvidada. Nos perdimos a nosotros mismos, y así lo hemos perdido todo.
¿Que importa saber quién empezó esta guerra? ¿Que relevancia tiene enumerar razones y deslealtades cuando los hombres han dejado de ser hombres y el mundo se ha terminado? Nada importa ya si se ha perdido la última semilla, si la palabra es sólo mentira; nada si el agua ha dejado de calmar la sed, si el viento se ha vengado de nuestra intransigencia negándonos el consuelo de su caricia, si el sol se ha hundido en la melancolía de la tierra para no emerger jamás. Ahora sólo nos queda seguir peleando, morir mañana una vez más al caer atravesado por la ciega furia de la lanza, y después levantarse, con otro dolor monótono, para empuñar la espada y matar a otro que también se levantará, con el mismo cuerpo ajado, pero con la mirada aún más triste, tan triste como la nuestra.
Mañana continuará esta absurda batalla, para ambos tan perdida de antemano. Mañana nos batiremos de nuevo contra la tristeza, con garras y dientes, aún sabiendo que la victoria jamás compensará nuestros sufrimientos. Pero hoy, hoy podemos sentarnos sobre el barro y buscar ese espacio donde no se siente nada, ni alivio ni dolor, sólo algo parecido al reposo que trae la inexistencia. Hoy aceptamos la suerte que nos ha tocado y afilamos la obsidiana, con serenidad, con paciencia, aguardando la ira del nuevo día.
sábado, 6 de marzo de 2010
¿qué esperas para morir?
Pobre Valerio Catulo no te hagas ilusiones
y lo perdido dalo por perdido.
Para ti ya brilló el sol una vez,
cuando corrías detrás de la muchacha
que amé como ninguna otra ha sido amada.
Y hubo entonces, ¿recuerdas?, tantos goces
que tu pedías y ella no negaba.
Sí, para ti ya brilló el sol una vez.
Ahora ella no te quiere: tu no quieras tampoco.
Ni sigas a la que te huye, ni estés triste,
sino pórtate valiente, no claudiques.
Adios, muchacha, Catulo ya no claudica,
ni nunca más te buscará, ni volverá a rogarte
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martes, 26 de enero de 2010
paseos de tarde y luz
jueves, 7 de enero de 2010
4:20 am
Maldita sea. sigo pensando en pendejadas. Duerme, duerme, duerme, mente en blanco, aunque también escuché alguna vez que la mente nunca está en blanco. ¿Por qué recuerdo en los momentos menos indicados tanta cosa inútil? Tal vez si supiera hacer esas ondas chairas de sentarse frente a la pared con las patitas cruzadas y repetir un mantra, tal vez así podría dormir. Una vez te dije hagamos esto de la yoga que escuché con un mamón en el radio. Te burlaste de mí por chairo, ¿recuerdas? Por cierto, no has escrito y claramente no quieres hacerlo. No se nada de ti.
Ya, déjalo. Que joder con todos los caminos que conducen siempre a Roma, siempre a ella. Duerme, duerme... me duele la cabeza. No puedo respirar, sin duda a partir de mañana dejaré el cigarrillo. Esta almohada es demasiado vieja. Boca arriba no se puede dormir. ¿Por qué me desperté pensando en las formas de sobrevivir a un ataque de zombies? ¡cuanta pendejada tengo en esta cabeza que duele! bien, afrontemoslo: a llevar una hora acostado y sin dormir, a esta hora, se le llama insomnio. Pero si hoy ni siquiera bebí café. Carajo.
Tal vez lo más conveniente sea salir de la cama y... ¿leer? ahora no se me antoja nada. ¿una peli tal vez? ¿un post? naa, sería pésimo escribir un post con tanta estupidez, y los posibles lectores qué culpa tienen de que ande con insomnio. ¿y qué mierda hace un tipo disfrazado como de mosquetero, parado en una vía del tren en medio de la nada del México de los veintes o treintas? pinche Kafka te la pelaste de nuevo, o... ¿no será el propio Kafka disfrazado, en una escapada secreta a México? Podría tratarse de un viejo conquistador español, que de repente despertara del sueño de estar muerto, para verse deambulando varios siglos después sobre ese extraño sendero de metal. O tal vez sea un actor que había extraviado a su compañia teatral, con la que viajaba de pueblo en pueblo, montando viejos romances costumbristas.
