Mostrando entradas con la etiqueta la historia la memoria y el olvido. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta la historia la memoria y el olvido. Mostrar todas las entradas

sábado, 20 de agosto de 2011

viaje de bitácora

Este cuadernito mío no es de arena y finalmente, tras una complicada travesía de más de año y medio, sus hojas, blancas como velas que le llevaban impulsadas por la caricia del azar, se han terminado. Juntos, ese compañero que compré por dos pesos en un botadero de libros y yo, echamos a andar por mar abierto, agarrando rumbo en medio del temporal. Con una brújula sin norte y la suerte tirada a la contra, anduvimos a los tumbos aquí y allá, buscando en el firmamento la certeza de una estrella a la cual amarrar el curso.
Caprichosas fueron las corrientes del azar que a veces empujaron con la suave melodía del oleaje calmo y otras con violentos golpes de mar, pero nunca les sacamos la vuelta. Así conocimos por igual algunas veladas memorables entre tragos y abrazos que días sombríos, encallados en las arenas del cabo de Poca Esperanza, y la risa se nos confundió con el llanto y la nostalgia con la rutina, pero nunca dejamos de bogar.
En los trazos apretados y tensos que plagan ese cuadernillo leo lo que fue mi vida en aquellos meses. Las primeras anotaciones son sobre la tesis y mis torpes intentos por resistir el exilio a punta de trabajo. Hablan de epidemias, del miedo que impregnaba los aires de ciudades viejas, y así se siguen, con reportes de médicos decimonónicos y anotaciones de libros que comparten página con soliloquios retorcidos, con peleas con la memoria y el olvido prendidas a una vida vacía como notas al pie y posts grises como nubes cargadas de lluvia. Hay muchas notas que arrojé a las aguas en botellas que nadie recogió, cartas de melancolía y de falso rencor sin destinatario ni remitente y rayitas en grupos de cinco arañadas sobre la monotonía de muros infranqueables. Hay nombres que llegaron y nombres que se fueron, nombres que perdí y uno que otro que aún extraño. Hay muchas tardes perdidas sobre la mesa de un café, todas igualmente absurdas, tan viciadas que son como una sola repetida hasta el hartazgo. Entre cuentos del fracaso y crónicas de caminante sin camino está la dirección de la Universidad del País Vasco, apartado 1397, Bilbao; está la historia de la tarde lluviosa en que proyectaron Enamorada en el Auditorio Nacional, una tarde de luto en que la vieja hizo tanta falta, y suenan aún los ecos de una noche feliz en conventillo, con sus viejos cantando tangos, su gato gordo sobre la mesa y con aquella sonrisa tan diáfana que aún ahora puedo ver de cuando en cuando al cerrar los ojos. Está todo, están las notas del curso que daba los miércoles en aquellas tardes felices que se adentraban en la madrugada, entre cervezas y canciones de Joaquín y de Silvio, y están los boletos de la cineteca que cuentan la misma película aburrida del tipo solo que corría a buscar refugio en la obscuridad de una sala, en tardes de mal talante. Están todos los verdes que bailaban con el sol entre el follaje de los árboles del Franz Mayer, y están sus mesitas de frío marmol y mi amigo el poeta y sus partidas de ajedrez, y claro, está Auster bebiendo café mientras me contaba lo sola que estaba la soledad.
En ese cuaderno, con sus tapas viejas y castigadas por tanta marcha leo la bitácora de una vida que ha quedado atrás, con la amenaza de naufragio en cada día, con su bien y su mal y sus olvidos y sus recuerdos y sus expresos dobles y sus bares cerrados a la madrugada. Entre las últimas páginas aparece el comienzo de una nueva travesía, en los mares del sur de la ciudad. La rosa de los vientos floreció otra vez con un nuevo norte, un nuevo camino adoquinado con lecturas a las tres de la mañana y silencios de biblioteca, una nueva oportunidad para ver hasta donde da el aguante. Y esta última paginita cierra feliz con el asombroso descubrimiento de que París aún me esperaba a la medianoche, que al azar aún le quedan algunos cuentos de besos y abrazos por contar. Así cerramos este viaje compañero, guárdame esa vida vieja y levantemos la copa por lo afortunados que hemos sido al conocer los secretos del oleaje, que a cada golpe sabe traer una nueva oportunidad.



jueves, 31 de marzo de 2011

insomnes atrapados en una larga noche

Elija usted en cual de éstas muertes se puso a pensar...
Hace mucho que me vengo pensando ¿qué hubiera hecho yo? La duda era inevitable al imaginar con asco a todos aquellos que con su silencio fueron cómplices, que no apretaron el gatillo ni empuñaron la picana, pero que sabían que otros lo hacían y no hicieron nada.
¡Avestruz!


Anoche escuche
varias explosiones
tiros de escopeta y de revólver
autos acelerados, frenos, gritos
ecos de botas en la calle
toques de puerta,
quejas, por dioses, platos rotos
estaban dando la telenovela
por eso nadie miró pa'fuera

¡Avestruz!


El centro clandestino de Virrey Cevallos era distinto a los otros que operaban en Buenos Aires en los años de la larga noche. No era una gran base militar, ni un cuartel policíaco, y tampoco contaba con dimensiones que lo hicieran notable como el Olimpo o el garage mecánico de Automotores Orletti. Era sólo una casita cualquiera, tan común y corriente como las demás en el céntrico barrio de Montserrat, a unas cuantas cuadras del Congreso. "Casi" tan común, salvo por esos Ford Falcon que se pasaban el día entrando y saliendo. "Casi" tan común porque con los autos entraban y salían tipos de trajes igualmente grises, mala cara y pelo a lo milico, que por la mañana llegaban y que salían a la misma hora de la tarde, cada día, con una regularidad imposible de ignorar. Algunos vecinos, viejos moradores de la cuadra, respondieron cuando se les preguntó, años más tarde, que nunca vieron nada sospechoso, como si los autos, los tipos o el par de hombres que siempre se alcanzaban a distinguir, fuertemente armados custodiando al otro lado de la ventana, fueran la decoración habitual en el vecindario. Vecina, vecino ¿es que acaso no tiene su propio malencarado, plomo en mano y pelo al ras, cuidando su puerta? ¡que extraño! 
Es absurdo, lo sé, es estúpido y anacrónico, bien me lo sé, pero es humano preguntarse si hubiera tenido las agallas para no callar. Lo es si se piensa en aquellos que fueron forzados a decidir, en esos vecinos a los que no me atrevo a juzgar. No había frente a quien denunciar, no existía más camino de protesta que la militancia y la clandestinidad, jugarse el pellejo y el de los tuyos. ¿Se puede reprochar entonces a todos aquellos que con su silencio fueron cómplices? En ese centro clandestino de detención y tortura camuflado de casita suburbial en la calle de Virrey Cevallos al 628, habían apenas un par de celdas diminutas, la salita de los suplicios y una sala comedor y de juntas, donde el grupo de tareas planeaba las detenciones del día. Sólo era una pared lo que dividía el infierno de las torturas y el confort del departamento donde vivía un matrimonio con su bebé. La pareja, desesperada por los gritos incesantes que habitaban al otro lado del muro, decidió largarse, escapar y tratar de imaginar que la vida podía seguir, que su hija podría crecer en un mundo sin muros y sin gritos de sufrimiento. ¿Podían hacer algo más? Como ellos largó el hombre que vivía frente a la casa, cuando asqueado por la culpa, por la impotencia, vendió el departamento y rajó. ¿En su silencio y su huida cargaron con esos treinta mil desaparecidos? 
Elija usted en cual de éstas muertes se puso a pensar...        


Todos sabían lo que pasaba en esas mazmorras, y agachaban la mirada y aceleraban el paso y apretaban un poco más fuerte la mano del niño cuando pasaban por enfrente, sin poder evitar la desagradable sensación del vello que se eriza, la sangre que palpita en la sien, el lenguaje corporal del miedo. Claro que habían los que pasaban y pensaban para sus adentros "algo habrá hecho", "se lo merece, comunista de mierda". Dichosos los indiferentes, los que lograron burlar las trampas de la consciencia, porque de ellos sería el reino de la noche. Esos dormían tranquilos.     


Y no es el que duerme tranquilo
después de asesinar sin saber
Y ríe en su casa
Con el cuerpo limpio de muerte
En su espalda


Los que tuvieron que decidir entre el silencio y la acción también fueron víctimas, pues no tenían opción... ¿o sí?... Sospecho que esos no dormían, preguntándoselo, y así siguieron la vida, revolviéndose entre las sábanas, sin atreverse a dar una respuesta. 

viernes, 25 de marzo de 2011

marzo 24: teratología histórica

Para la gente de google, moderno oráculo portador de todas las respuestas, el día de hoy tenemos algo que recordar: se conmemora el 137 aniversario del natalicio de Harry Houdini. ¿Acaso a alguien le importa un carajo? supongo que no encontraron una efeméride más interesante que esa. Ya lo decía el general Videla: un fusilado puede levantar una tolvanera, pero treinta mil ausencias sólo ameritan el beneficio de la duda. Treinta y cinco años después google le da la razón.


*
Como el de los superhéroes, como el de los santos -más parco sin duda-, el universo de los monstruos es infinito, plagado de criaturas fascinantes, aberrantes, imágenes vivas del terror, pero que no podemos dejar de perseguir, y como sucede con el santoral, cada quien se encuentra con su monstruo favorito. El mío lo encontré hace años, y apenas me enteré de su existencia nació una fascinación a primera vista. Cómo sucedía en los tiempos anteriores a la imagen, a mi monstruo lo hallé en la literatura, casi por accidente, la tarde en que tomé un libro de un nombre demasiado grande para un tomo tan pequeño, y desde la primera línea se apoderó de mi imaginación. Hizo brotar en mí un miedo que no sabía que existía, revelándome de un golpe angustias profundas que hasta ese momento desconocía. Mi monstruo no tenía poderes sobrenaturales, no aparecía y desaparecía ni era producto de algún maleficio, no tenía garras ni muchos ojos ni se transformaba a la luz de la luna llena. Bien visto, mi monstruo era más bien muy poquita cosa, feo físicamente aunque dentro de los límites de lo humano; perverso eso sí, pero falto de imaginación; se alimentaba de sangre, a su modo, y se nutría del miedo de la gente, pero no era más que un pobre diablo, unas veces más ridículo que otras. Mi monstruo tenía distintos nombres según la cultura en donde se le encontrara, a veces tenía lentes o bigote, y la única constante era que siempre venía envuelto en un horrendo disfraz verde. 
Desde nuestro primer encuentro me ató a él una extraña relación, mitad repugnancia, mitad curiosidad. ¿Cómo este monstruo, me preguntaba siempre, siendo tan poca cosa, tan vulgar, era capaz de tanta atrocidad? Con su montón de secuaces, monstruos menores y grises que siempre le acompañaban, sembraba el terror y la desolación a su paso. Mi monstruo se llamaba dictador.


*
Hay dolores que le duelen a uno sin haberlos padecido, tan sólo por pensar en la simple posibilidad de que a otro le dolió en el vivo pellejo. Uno lee y escucha, se sumerge en el triste mar de testimonios y se pregunta en qué punto se hubiera quebrado, porque jamás hubiera sido capaz de soportar tanto. Sin hablar de la detención clandestina, de la tortura, del encierro, más allá del dolor físico al que la imaginación ni siquiera se atreve a aproximarse, uno simplemente hubiera sido incapaz de soportar el miedo, la desaparición de la compañera, de los hijos, la llamada que te avisa que tu amigo ha muerto, que a fulanito lo levantaron. ¿Quien lo hubiera podido aguantar? ¿quien puede atravesar tanta tristeza y conservar la vida? ¿que caso tendría? 


*
Bajo la dictadura argentina Rodolfo Walsh soportó perder a su hija en un enfrentamiento con los milicos. ¿Cómo? Tuvo el valor de levantar el puño. ¿De donde lo sacó? La mujer de Hector Oesterheld, guionista de tiras cómicas y creador del Eternauta, sufrió no sólo el secuestro de su esposo, no sólo la desaparición de sus cuatro hijas y sus yernos, sino además la pérdida de sus dos nietos. "Tengo una familia exterminada... ¿por qué yo estoy viva? no lo sé, es el gran interrogante de mi vida" se le escucha decir más de veinte años después. Puedo entender la ambición y la carencia más absoluta de humanidad de quienes impusieron el terror, puedo aceptar que exista la crueldad recubierta de indiferencia en quienes articularon la barbarie por propia mano, puedo comprender el miedo de quienes sabían que todo esto se daba, día tras día tras día, justo en el sótano de la casa de a lado y preferían volver la vista. Lo que no puedo comprender es cómo Elsa Oesterheld tuvo la fortaleza de seguir viviendo.
Lo que me gusta en el arte es encontrar que alguien realizó algo que yo ni siquiera hubiera podido ser capaz de imaginar. Lo que me llena de ternura de este mar de historias, de una ternura que duele, es conocer, desde mi abrumadora insignificancia y cobardía, cuanto valor cabe en el corazón de quien luchaba, cuanta fuerza encierra el espíritu de quien soporta, cuanta humanidad y dignidad corría por las venas de eso cuerpos destrozados por la picana, la tortura y el encierro.


*
Un guardia un poco más bueno me dejó ir al baño debido a una gran diarrea que tenía. Ahí afané unas hojas de diarios que había y me las llevé a escondidas. Leyéndolas me enteré de la muerte de Chaplin y lo comenté. El viejo se conmovió... dijo que quería mucho a Chaplin. 
Uno de los recuerdos más inolvidables que recuerdo de Hector se refiere a la noche buena del '77. Los guardianes nos dieron permiso para quitarnos las capuchas y para fumar un cigarrillo. También nos permitieron hablar entre nosotros cinco minutos... entonces Hector dijo que por ser el más viejo de todos los presos quería saludar uno por uno a los que allí estábamos. Nunca olvidaré aquel último apretón de manos. Hector Oesterheld tenía unos sesenta años cuando sucedieron estos hechos. Su estado físico era muy, muy penoso. Ignoro cual pudo haber sido su suerte. Yo fui liberado en enero del '78... él permanecía en aquel lugar, y nunca más supe de él.   
Testimonio de Eduardo Arias.


*
Desde su celda en Campo de Mayo, Videla leyó lo que decía alguien en el diario de hoy: en la Argentina no mataron a treinta mil, mataron a uno treinta mil veces. Ese uno se llamaba Walsh, se llamaba Oesterheld, se llamaba madre y se llamaba hermano y se llamaba... Lo que la memoria defiende del olvido no es la historia de una masacre, sino una sola historia con treinta mil variantes, muchas aún por contar. Ese es su triunfo por encima de la masa de la cifra y del anonimato que olvida. Perdió general.  
Pero en algo sí acertó, cuando el 22 de diciembre, en el juicio que le reiteró la perpetua, dijo que libró “no una guerra sucia, sino una guerra justa que aún no ha terminado”. Es cierto general, mientras existan los monstruos, mientras haya quien derrocha y quien no come, quien olvide y quien recuerde, esa guerra justa no terminará. 


Entrevista a Elsa Oesterheld:
(parte uno)
http://www.youtube.com/watch?v=EuK5hCIZS00&feature=player_embedded

(parte dos)
http://www.youtube.com/watch?v=vdmw5jBhzaY&feature=player_embedded      

sábado, 29 de enero de 2011

solitude

Canción para acompañar al Libro de la Memoria. Soledad, interpretada por Billie Holiday, en la grabación del 9 de mayo de 1941. Billie Holiday y su orquesta. Duración: tres minutos y quince segundos. Como sigue: "En mi soledad me persigues / con sueños de días pasados. / En mi soledad te burlas de mí / con recuerdos que nunca mueren ... etcétera. Con reconocimientos a D. Ellington, E. De Lange e I. Mills. 
Auster, El libro de la memoria


jueves, 16 de diciembre de 2010

uno de tantos ensayos

Hoy llegó una de esas mañanas en que uno despierta entre arenas movedizas, todavía lanzando desesperados manotazos al sueño que se escurre entre los últimos restos de la noche.  Fue una de esas mañanas tan habituales hasta hace unos meses y que había logrado ir dejando de a poco. Te soñé, una vez más.
Habrá sido porque ayer pensé en que Emilia es un buen nombre para una niña, o tal vez porque anoche, entre trago y trago, regresé al viejo deporte de hablar de ti. Mi víctima, alguien que te conoció hace un par de años, se desquitó soltando a quemarropa la pregunta inevitable. Claro, dije, sin dudarlo un sólo instante. Claro que volvería a ese lugar. Mi respuesta era demasiado predecible.
Los sueños son el museo del ayer y la fábrica del mañana, dice Fresán, y no sé por qué ayer te dignaste a visitarme, si tu silencio ha sido implacable durante todos estos meses, tanto que hasta en los sueños me habías abandonado. Pero ahí estabas, tan bella como te recuerdo. Y hoy, hace un instante, mientras intentaba recuperarme de la resaca de extrañarte, la casualidad ha tocado a la puerta, dejando en el buzón un correo tuyo, después de una ausencia tan larga. Creo que te fabriqué al soñarte. Si es así, ¿funcionará si te sueño cada noche? 
Puedo pasarme la vida intentándolo



jueves, 25 de noviembre de 2010

cajita de pasos perdidos

Tristemente un día se me ocurrió ceder a la tentación de abrir un blog. Triste porque encierra cuadros que, de no estar aquí, con un poco de fortuna tal vez hubiera ya olvidado; recuerdos de horas desoladas, que no es grato volver a visitar, y de días felices, que son los peores. Pero ahí están, para bien y para mal, esos vestigios de una vida ordinaria, y al mirarlos caigo en la cuenta de que lo peor de todo es que, de un tiempo para acá, se me han desaparecido las historias.

La última historia que pude contar, la historia más bella que conozco, la dibujé sobre la piel de una mujer maravillosa. Se la dejé ahí, escrita con una caligrafía invisible que sólo nosotros dos podíamos comprender, pensando que sólo así sobreviviría al tiempo y a la adversidad, y le rogué que, pasara lo que pasara, no la olvidara. Aún sin confesarlo, entre otras ingenuidades, creía que existían cosas capaces de escapar a lo efímero. Pero un buen  día ella se fue y la historia fue olvidada, como tal vez debía suceder.
Desde entonces, la vida se ha reducido a extrañar las historias que me narraba mi mujer eterna, la vieja Nata, a un par de abrazos de mis amigos y a un cuento de tres líneas insulsas que resumen todas las tardes perdidas en la mesa de un café. Sólo soy capaz de recordar algunas noches sin luna, un par de historias de Paul Auster y una escena de La Peste. A eso se reduce casi un año de camino.  

Al calor de la batalla sólo he aprendido que la vida se reduce a una cosa simple y elemental: conocer nuevas historias. Por eso existe la literatura y la palabra, por eso la gente se encierra dos horas en la soledad de los cines, y guarda fotografías y tararea canciones mientras sale a caminar sin un destino planeado, por la avidez con que busca nuevas historias donde leerse, nuevas experiencias donde vivirse. Creo que esa necesidad de historias es el viento que impulsa la nave, el único remedio posible contra la vida vacía. Entonces este pequeño espacio, de por sí tan modesto, se me ha venido a menos de modo tan dramático por no tener alguna historia pequeña que llevarse a la boca, contando una existencia fragmentaria, carente de imaginación y de cosas que narrar. Este blog, esta vida, se me convirtió de repente en una cajita de pasos perdidos.

Pero esta tarde, en que como otras he corrido a cazar historias a un cine, unas líneas en una novela estupenda, una peli de Woody Allen y la fortuna de encontrarme con algunos conocidos del pasado, me han hecho recordar de qué se trata este oficio de respirar, y que tal vez, uno nunca sabe, la casualidad puede traer nuevos relatos que contar. Esta tarde sencilla he entendido que aún los pasos perdidos pueden llegar a algún lugar.

...descubrió que sus pasos, al no llevarlo a ninguna parte, lo conducían al interior de sí mismo. Estaba haciendo un viaje interior, y se encontraba perdido, pero lejos de preocuparlo, esta idea se convirtió en fuente de felicidad y alborozo... y entonces se dijo a sí mismo, con un tono casi triunfante: Estoy perdido.
Auster. La invención de la soledad  

domingo, 17 de octubre de 2010

déjà vu

Sólo borronear algo, sin importancia, cerrar los ojos y soltar la mano mientras aguardo la cita con el amanecer. Sólo un cigarrillo más, qué importa. Sólo salir por la ciudad y tomar cualquier calle, doblando esquinas al azar. Solo.
En esas tardes sólo me pierdo por ahí, dejándome arrastrar por la gente o por la inercia, con pasos lentos y mirada baja, como buscando un rastro que seguir. Escucho una voz mencionar Horizonte 107.9, ¿qué? el radio, escuchar esa estación de radio por las noches, mientras hacía una tesis, ...en una casa, un lugar que era mío. Había alguien, una mujer, lentes, leer, fumar en las noches mientras sonaba alguna pieza lenta en el radio...
Frío que se disfruta, de vientos tristes que juegan con el cabello y penetran en los huesos. Una tarde sentí el mismo frío y el mismo sol suave y el mismo gusto, una tarde en un mercado, con una calaverita de cartón, roja, un diablo, entre las manos. Un regalo, un cactus. Alguien a quien le gustaban los cactus y le desagradaba el viento; alguien que me dijo que no sabía estar solo...
Entre viejas copias que arrastro desde hace años encuentro una escritura que no pertenece a mi mano, una frase al margen, una caricia de letritas dejada así, como al paso, como una trampa, como un vestigio de pueblos antiguos, una piecita de barro perdida entre arenas insondables de tiempo, un vestigio de la imaginación.
A cada paso saltan señales que no sé interpretar, déjà vu, esto lo viví, alguna vez... supongo que en otra vida,   supongo que alguna vez fui otro... ¿Cómo me llamaría entonces? Samsa, me gusta Samsa... Claro, de nuevo inventando memorias de algo que he hurtado de un libro, tiene que ser eso, tienen que ser las copias de alguien más, porque es estúpido concebir que existen vidas anteriores, e igualmente absurdo sospechar que he encontrado la manera de robar los recuerdos de otro. Claro, sólo invento... ¿Donde lo leí? no recuerdo... pero tengo la sensación de que fue una historia bella.