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sábado, 14 de mayo de 2011

noches de frac

Hay noches que sin grandes aspavientos, sin como ni porque se convierten en risas a solas, en cigarrillos alegres y pasitos de baile de salón. Se transforman desde la sombra de la rutina en ceremonias de vida, en alegría que se comparte en espíritu y a la distancia. Esta noche es así, ¡esta noche París es una fiesta!, grita con voz en cuello un Hemingway que se emborracha en la barra; esta noche es de frac y de orquesta, del viejo Frank dedicándole canción tras canción a mi vieja, de Miles tocando como nunca 'Round Midnight. El radiecito suena que suena, acompasando las fantasías y las letras, y en la madrugada dos jugadores se encuentran sobre la vieja tabla de ajedrez, se traban en una lucha física sin siquiera tocarse. Reparten los movimientos en una lógica especial, capricho de la maravilla en que se ha convertido esta velada, intentando sorprender al otro pero cayendo vencidos una vez y otra más. Un peón que se adelanta, una mano casi a punto de rozar la otra, un caballo que rodea y envuelve, y un rey y una reina que vencen y rinden la plaza a merced del enemigo.
Esta noche es de gatos enfurruñados, que de pronto arañan y celan, de bocinazos disueltos en la lejanía, de besos y abrazos dejados un poco a la deriva, casi sin querer, como pistas sobre el mapa de la aventura. Los pies marcan el compás de la batería, la expectativa aumenta en cada moviemiento, y en medio de una pieza lenta irrumpe un saxofón como una gran ola que estalla al filo de los acantilados: ¡el lugar todo se convierte en un gran derroche de vida! todo es una profusión caótica de colores y texturas y por los sentidos desfila el carnaval...
Todo pasó en un instante, estremecedor y casi insoportable. Pero la mar debe regresar al horizonte en la ola que se va. Las luces se adelgazan, se agotan de tan tenues. Una sonrisa de mujer alumbra por un segundo un rincón de la noche, una sonrisa de despedida. Sobre la pista sólo quedan las últimas parejas bailando a media luz, sin apenas mover los pies, revueltas en la cadencia de un abrazo que durará la madrugada. La música es ahora apenas un soplo en el corazón del radiecito. Se enciende un cigarrillo y el fulgor de la braza se pierde por un sendero de la noche...                

jueves, 22 de julio de 2010

nota para regalo de bodas pincho

Ese regalo sólo se podía salvar con una explicación de por medio:

El hombre de la tienda de talavera me miró con lástima cuando le mencioné mi presupuesto. Seguro pensó que los treinta minutos que le robaría valían más que eso, pero igual se jodió, y mal disimulando la mueca de disgusto me dijo –eso sí, en el tono más amable que encontró- que por esa miseria sólo podía aspirar a un platón o a un florerito, incluso sugirió un platito-reloj que tenía la leyenda “dios bendiga este hogar”. Lo rechacé inmediatamente porque me pareció demasiado ordinario, demasiado anodino para una mujer que quiero tanto. El tipo por supuesto no se rindió y se tiró a fondo hablando de las bondades del florerito: ¡podían colocarlo en cualquier parte! ¡Era el obsequio más práctico! ¡Estaba rebonito! bueno, sí  estaba rebonito, pero sobre todo, ¡era el último recurso que le quedaba a un paria como yo para no presentarse a la boda de su carnalita con la vergüenza de las manos vacías! Esto último no lo dijo pero lo pensó todo el tiempo. Al final del estira y afloje le dije que nel, que no quería llevarme un regalo “práctico”. Quería un regalo especial.
Así, le solté que me llevaría el espejo pequeño –que había visto en la tienda de enfrente- y que gracias por su tiempo. El pobre hombre me miró iracundo, pero aún tuvo el coraje de decir que en la parte de arriba había más floreros, que un espejito era absurdo, casi una porquería inservible pues no lo podrían colgar en la sala por ser tan pequeño. Simplemente era ridículo, el regalo de bodas más ridículo que se podía imaginar.

Varias horas más tarde miro mi espejito y creo que el pobre infeliz tenía razón. Es el regalo más estúpido que mis amigos habrán de recibir. Por eso me veía obligado a agregar esta nota aclaratoria, que de haberles regalado algo práctico como una plancha o un florerito,  de haber siquiera husmeado en la mesa de regalos buscando el salerito y el pimientero, me hubiera ahorrado la pena de escribir.
Tzin, Paco, mi regalo tiene truco. Sirve para maldita la cosa, y acaso en este punto ambos están pensando que les hubiera venido mucho mejor la plancha, el florero o incluso el puto relojito de dios bendiga este hogar. Chance y hasta el Paco ha reprochado ya la ocurrencia de haberme invitado, más aún después de ser el único en ir de jeans y tenis. Pero bueno, les decía que este tal espejito tiene maña, y es que les ruego, les suplico, que sin importar donde lo cuelguen –ojalá lo cuelguen en algún lado-, cada vez que se miren, en un día cualquiera, en medio de la rutina o tras una rutinaria pelea cualquiera, se miren en él y encuentren a una persona dichosa, plena, que ha encontrado a otro ser maravilloso a quien amar, y recuerden que ese es el gran hallazgo. Quiero que se miren y sonrían por ser felices, por ser inmensamente felices. Ese es mi mayor deseo.

Después de aclarar eso, ahora sí puedo entregarles mi verdadero regalo, el que supe les daría desde el primer momento. Tranqui, es aún más estúpido que el espejo y creo que todavía más inútil. Se trata sólo de unas cuantas líneas, que para mí encierran toda la música y el sueño que debe ser esta vida. Sé que ustedes sabrán lograrlo, por eso las pongo en sus manos:

Les deseo que su vida juntos sea un hogar indestructible, que tenga “un sol en cada puerta, una luna en cada ventana y estrellas errantes en los cuartos. Que tenga un laberinto de risas, que su cocina sea cruce de caminos; su jardín, cause de todos los ríos, y ella toda, el nacimiento de los pueblos. Que cada balcón sea una patria diferente; sus muebles florecerán, de sus copas brotarán surtidores, de las sábanas, alfombras mágicas para viajar al sueño.”   
Les deseo que con hilos que unen sin atar “borden servilletas, con iniciales entrelazadas, con ese hilo mágico, irrompible, que hace de dos nombres uno, con el mismo hilo invisible que une la flor con la luz, la manzana al perfume, la mujer al hombre…

Ese es nuestro verdadero regalo, de Elena Garro y mío... ¿Qué diría el hombre de la tienda si se enterara de esto? 

miércoles, 16 de junio de 2010

con la suerte de mi lado o gracias estebancito maravilla

Comencé a envejecer el día que supe que nada de lo que soñaba me sería concedido. Así empieza la novela que jamás escribiré.

No recuerdo cual fue el último libro que logré terminar nada de lo que escribo sirve me he desecho de viejas costumbres rasurarme en las mañanas mudarme de ropa la hora escuchar a Joaquín perder el tiempo en librerías usar celular decir nosotros contar los cigarrillos que he fumado hoy abrazar tratar de concluir José Trigo el va que va preparar hot cakes esperar saludar inventar canciones estúpidas ver el sol de las cinco de la tarde leer en los camiones lamentar lo que he olvidado comprar flores tratar de evitar escribir pendejadas tratar de evitar decir pendejadas helados dejar que ese bichito siga su camino la muchachada pedir perdón croissants comprar el periódico pisar un museo jugar dominó con los amigos feisbuc despensa en el super llevar un diario en blanco hablar de cosas que no entiendo procurar que este blog sea medianamente decente tres puntos

Me he desecho de algunas cosas y algunas cosas me han deshecho, pero esta noche, esta noche es linda porque gano más de lo que pierdo con una tercia que traigo escondida bajo la manga, y me retiro de la mesa con la suerte casi a favor dos puntos

El siempre justo y necesario Stevie Wonder pegándole durísimo al feelling
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Aunque esta belleza tiene las versiones grandísimas del propio Stevie Wonder, la del viejo lobo James Brown moviendo salvajemente el botiquín en París y las de Marvin Gaye y Bobby Hebb, me late para esta noche la del Jay
 




Y pa rematar un clásico más del Estebancito Maravilla






gracias joven maravilla y cía por una linda noche   
   
           

martes, 4 de mayo de 2010

por el Monsi, bohemios

Tiene fibrosis pulmonar, esa puta enfermedad crónico degenerativa que más tarde o más temprano habrá de costarnos su vida. Costarnos, sí, a quienes lo leen y a quienes lo ignoran, a los que se han paseado por el Estanquillo y a quienes sólo saben que su nombre es uno de los más extraños de los que a veces salen en la telera hablando de cosas incomprensibles. Nos costará a todos porque, como lo fue Alfonso Reyes en su momento, como sucedió con Cosío Villegas y chance con el pesado de Paz, Monsiváis es y ha sido el más lúcido, el de curiosidad más despierta entre los intelectuales de los últimos treinta años, y entre ellos, tal vez el de mayor integridad política, con lo difícil que es eso.
Pero nos costará sobre todo porque, desde Salvador Novo, nadie ha sabido relatar nuestros tiempos como el Moncho, con nuestras miserias y fracasos y películas de oro y boleros y glorias efímeras. Sin él la memoria de lo cotidiano se quedará sin nadie que la cuente. Cuando parta nos quedaremos sin nuestro mejor cronista, y además sin uno de los tipos más emblemáticos en las batallas más caras de la izquierda. ¿Ahora quién podrá defendernos contra la derecha siempre obtusa, contra el PAN, contra el desquebrajamiento del estado laico y la amenaza a las garantías individuales? ¿con quien brindarán los tres gatos del por mi madre bohemios? ¿quien le pondrá al lenguaje su traje de domingos? ¿quien pepenará chácharas en la Lagunilla para enseñarnos nuestra vieja cultura popular? 


*

Esto no pretende ser un homenaje ni mucho menos, que es sólo el ramplón blog de un cualquierpendejo. Ni siquiera de uno listo, porque muy a menudo, de cada tres palabras que le leía al Monsi desconocía dos, como en un subtítulo que le recuerdo, de un trabajo sobre el México de los 40, que decía "ínclitas razas ubérrimas". Vaya tipo genial. Tampoco intenta ser una hagiografía ni ninguna payasada similar. Es sólo que a este cualquierpendejo el duele pensar que, como sucedió cuando se retiró el don que vendía los periódicos en la esquina de mi vieja calle, cuando no tengamos a Monsiváis habremos perdido a alguien que nos hacía buenos, que nos dignificaba como sociedad.
Hoy cumple 72 años y se anuncia mejoría en su salud, pero la fibrosis, como la espada de Damocles, pende sobre él. Larga vida a ese gran tipo que es el Moncho, en presencia y en la letra, que lo fugitivo permanece. 


  *Estupenda obra del Mother/Monkey collective:
          

domingo, 20 de septiembre de 2009

yo, negras

Dos contra uno, y en plena plaza Congreso a las dos de la tarde, entre señoras copetonas paseando perritos horrendos o bebés. Era uno de los dos días soleados que han aparecido por acá en las últimas semanas y yo me disponía a leer en algún cafecito, pero como el asunto ya pintaba a agandalle, me acerqué a fisgonear. Dos contra uno y la cosa iba pareja, pues el que estaba solo se las arreglaba bastante bien, manejaba la defensa con pericia y se mostraba tranquilo, mientras que sus atacantes estaban cada vez más nerviosos, sin concertar movimientos, hasta que los nervios los traicionaron por completo y cayeron aplastados por un golpe fulminante ejecutado en tres tiempos. El flaco se batió bien, tan bien que ya envalentonado aceptó un segundo duelo. Yo ni tardo ni tan lento dije esta es la mía, aventé el morral y me puse en guardia.
Sin remilgos lo reconozco: fue el diferencial de edad lo que me puso en franca ventaja. El flaco se movía bien, pero a sus diez o doce años poco podía hacer frente a un vejete más curtido en estos menesteres como yo. Él empezó atacando, se lanzó al frente con destreza tratando de aprovechar algún posible descuido por los flancos; se movía confiado, sin achicarse ni renegar de mi ventaja. Aguanté su embate inicial y las primeras azonadas, mientras lo calaba y veía el mejor momento de caerle, hasta que el pobre flaco dio un paso en falso, que aproveché cabalmente y a partir de ahí el pibe se vino abajo. Tres segundos más tarde había terminado todo.

El pibe miró hacia arriba y me dijo con cierto desdén, "bueno, él te va a ganar", señalando a un don como de sesenta tacos que ya caminaba hacia nosotros. A la primera ojeada estuve plenamente de acuerdo con el chavito, pero ya no era cosa de rajarse a pesar de saber que la causa estaba perdida de antemano. El don tenía esa mirada peculiar de los que otean la presa y van por ella. Seguro no le pareció muy bueno que me anduviera pasando de lanza con el chavito, así que se acerco tranquilo y me la cantó derecho. Pus como vas don -estuve a punto de soltarle el bonito "ya estas peinado pa'tras", pero seguro no hubiera comprendido- y empezó todo. Supongo que era el viento frío que calaba aquel día lo que me hacía temblar, eso y los nervios, la adrenalina que se pasea alegremente por el cuerpo ante el mínimo pretexto. El don, viejo lobo, no se alocó; como alguien que está acostumbrado a este tipo de encuentros callejeros, primero me midió, vio que en el fondo era malo, que era el típico gandalla de morros y se puso más entrón. Debo decirlo, aguanté vara, no era fácil, el don tenía mucha cancha y yo hacía mucho tiempo que no me enfrentaba a nadie, pero aguanté vara. El asunto iba bien, un toma y daca de lo lindo. Defensa arriba, no descuides la izquierda, creo que se va a abrir al siguiente ataque, no pierdas la cabeza. Los mirones se arrejuntaron, esperando ver como el viejo lobo -al que por lo visto ya varios conocían- corregía al chabón y le daba su estate quieto. En un momento me vi rodeado por esos rostros extraños y acechantes -sin duda esperaban su turno de ponerme en mi lugar-, con las manos agarrotadas por el frío y los nervios a punto de quebrarme. Levanté la derecha, ensayé una defensa desesperada y al instante supe que todo estaba perdido. El don lo supo también, tal vez lo supo antes que yo, tal vez vio mis nervios. Con la diestra tomó el caballo y amenazó a mi reina, mientra que su alfil quedaba en una diagonal perfecta con mi rey. Un golpe limpio, bien ejecutado, que me dejó plantado. consumatum est.

Cuando un tipo le preguntó al don quien había ganado, el don, con su cara de buen tipo y el tono de quien invita a volver, respondió "él, por generosidad, me dio ventaja y me regaló una pieza". Me calló bien desde el principio, con sus gafas caidas y su andar cansino. Tras varias partidas muy buenas, di las gracias al don y lo dejé ahí, en su puesto de libros de la plaza Congreso, con la certeza de que vendrá la revancha.

jueves, 4 de junio de 2009

las cinco diferencias, o, "yeah baby"

Rotundo Maldita Sea mayusculado: trámites para una beca; resumen de la vieja y carcomida tesis de licenciatura para contender y perder un concursillo; finales de dos materias en la maestría; avance de tesis para el diez y capítulo para el dieciséis -del cual aún no existe ni una línea-; esas son las cosas que me joden al momento, claro, sin contar la visita no de siete, sino de veintidós casas en la búsqueda de un nuevo departamento -lo cual será materia de otro post, con más tiempo-. Pero entre esa maraña de cosas irrealizables que tendré que realizar, tenía que cumplir una deuda de antaño y zanjar un viejo debate.

Durante mucho tiempo, las posturas enfrentadas se han debatido entre que si en efecto es ella o no, si sería correcto privar al mundo de semejante hallazgo, entre que si en algún sitio existe un portal interdimensional que desemboca directamente en una acera londinense de los setentas y si ella lo encontró. Tras férreas rebatingas, he decidido que la respuesta es sí a todo, y aquí está el peso de la evidencia que no deja lugar a dudas:



Para darle sabor al asunto, no revelaré cual es el verdadero Austin Powers, y reto al lector. al muy ocioso lector, a que lo descubra.

Nota: si el Austin Powers de la izquierda tiene una de esas alocadas nenas de los setentas (obsérvese el cabello groovy) y el otro no, puede ser sólo un factor para despistar.

lunes, 23 de marzo de 2009

un lobo en la puerta 2 del foro sol (Radiohead en México. marzo 15/09, primer concierto))


Para Areli e Ilse

Miro el fuego que se encierra en el hueco de mi mano y por un instante todo es de un rojo deslumbrante, un rojo que prende en la punta del cigarro. Aspiro y con el humo entran en mí los primeros acordes. Levanto la vista y ahí están esas miles de almas gritando a todo pulmón. Todo comienza.
Al fin estamos ahí, una Karla que llega corriendo, una Areli que desfallece de la emoción e Ilse, mi hermana, presa del mismo sentimiento que las arrasa y las fulmina. La adrenalina es muy fuerte, mucho más que la de otros conciertos; eso es presenciar a una banda de culto. Contra los pronósticos y las esperanzas de muchos de nosotros, no es 2+2=5 la que abre, sino 15 step, del In Rainbows, y desde las armonías de arranque comprendo por qué estos cinco tipos revolucionaron el progresivo. –Los de reidiojed son putos-, dije en varias ocasiones durante el día y los días anteriores también, más que como una provocación a la ira colectiva como una medida desesperada por atajar un poco la euforia de Areli, quien se arreglaba como si fuera al evento de su vida, y de disimular mi propio nerviosismo. –Sólo es una gran banda- pensaba mientras salíamos de la casa alrededor de las 5 de la tarde y nos enfilábamos al Foro sol. C. U., Eugenia, División, transborde en Centro Médico. En los rostros del vagón se reproduce el mismo nerviosismo, la mirada furtiva de complicidad, “este güey también va” y los gestos como un lenguaje cifrado que sólo comparten los iniciados de un ritual, de la comunión entre una gran banda de rock y sus feligreses.
Cerca de las seis. Encontramos a Juanin, el de las rastas vaciladoras, montando guardia fuera de la casita de campaña que ha compartido con dos camaradas a la espera del concierto del lunes. Le damos el abrazo solidario a su espera, las palabras de aliento, y nos acercamos a la puerta.
Siete. Nos separamos de Adela y Ángel, quienes entran por otro acceso, y me quedo con la mirada de ambos, llena de esa angustia preconcierto, como niños en cinco de enero, que seguro es muy similar a la que tengo. Tras hacernos de la playerita del recuerdo como buenos fetichistas, decidimos esperar la hora que falta en nuestros lugares. Acceso 2, sección NA-7, fila 2; Areli e Ilse burlan la complaciente seguridad y entran felices con su respectiva grabadora en mano. Al subir las escaleras descubrimos una multitud debajo de nosotros, a ras de cancha, que espera ansiosa.
Siete treinta. Le pido tres cervezas a un individuo de casaca amarilla, lo que me granjea el “uy, que espléndido” de mi carnala. Son doscientos diez, por favor, me dice el caballero, y con el corazón afligido y a punto del soponcio por el shock, me veo obligado a devolver una. ¡Puta!
Siete cincuenta. Me encuentro a dos amigas, Ale y Brenda rocker. Les deseo el mejor concierto de sus vidas. Regreso a mi asiento en el momento en que las luces se apagan y entre la banda prende la primera ráfaga de histeria vocalizada. Kraftwerk, la banda abridora, se arranca con la primera rola. Machine, machine, machine, machine...
Ocho treinta. Llega Karla con la lengua colgante y la respiración cortada. Mata la incertidumbre: claro que trae orgullosa su arquetípica blusa rayada de todos los conciertos. “órale, que chido con la música electrónica. Ahora sí podré hacer mi famoso paso de robot”; como siempre, Karla.
Nueve cuarenta y cinco. Hace cuarenta que Kraftwerk terminó. Buen número el de los cuatro alemanes mitad hombre mitad robot. Los técnicos se llevan casi una hora en montar el escenario, Areli ha ido cada diez minutos al baño por los nervios. Todos fumamos masticando la colilla, pues sabemos que en cualquier momento…
Se apagan las luces y se hace la música. Sin saludo de por medio, sin “buenas noches mexicou”, la banda más importante de las últimas décadas comienza a tocar. El Foro se convierte en el escenario de una ceremonia que no olvidaremos jamás. Todo un mundo fascinante de armonías se despliega ante nuestros oídos. Las cuatro horas de fila por un boleto, los meses de espera, la noche de semivigilia que pasó Areli un día antes por la emoción, todo, absolutamente todo, ha valido la pena, pues al fin estamos ahí, atónitos, casi en trance, y entre rola y rola adquiero conciencia de que estoy en un concierto que hará historia; imagino que así se habrán sentido quienes vieron a Queen en aquel concierto legendario de Puebla y es Are quien me saca de la ensoñación cuando se prende a mi cuello con tal fuerza que me hace daño. Sus uñas se clavan en mi brazo, las piernas se le vuelven de papel. Ilse me mira con ojos desorbitados y contiene el llanto, mientras yo me limito a admirar con reverencia a los tales reidiojed. La luna brilla tenue con un amarillo ocre por encima del escenario; en un momento desaparece y poco a poco, despacio, resurge, con un fenómeno que no atinamos a explicar. Internamente pienso que la luna, como Areli y como mi hermana, es otra gran fan que no puede contener su emoción.