jueves, 25 de marzo de 2010

el último marzo 24 de Rodolfo Walsh

Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores,
después... a sus simpatizantes, enseguida... a aquellos que permanecen indiferentes,
y finalmente mataremos a los tímidos.
(General Ibérico Saint Jean. Gobernador de la Provincia de Buenos Aires. Mayo de 1977)

Si uno tuviera la certeza de que el día de mañana, o pasado mañana, habrá de morir, ¿Qué haría?
¿Qué habrá hecho ese hombre aquel 24 de marzo de 1977, consciente de que sus horas estaban contadas? Imagino que se afeitó como cada mañana, como lo hizo incluso aquella vez, años atrás, cuando tuvo que salir huyendo a un escondrijo en El Tigre, ante la amenaza real de que los militares se presentaran por él de un momento a otro. Imagino también que desayunó facturas y café con leche, pensando tal vez que aún podía echarse para atrás y callar y mandar a la mierda esa carta que le quemaba el bolsillo de la campera. A los milicos les debía varias y ésta lo condenaba a una muerte segura. La idea sólo duró un segundo al recordar que se lo debía a los miles de desaparecidos, a su hija Victoria, que se había dado un tiro en la sien escasos seis meses antes, al verse acorralada por los milicos. Exiliarse, con sus cincuenta años y un nombre bien colocado en el periodismo, salir corriendo para Cuba o Francia, o incluso México, como tantos otros, y una vez logrado un mínimo resguardo publicar la puta carta en algún medio internacional, poner a salvo el pellejo. No, esa nunca fue alternativa, no para un tipo que se había fajado en la lucha dentro de los Montoneros, no para alguien que en las propias narices de los milicos golpistas había tenido los tamaños para crear la Agencia Clandestina de Noticias (ANCLA). No era su estilo.

Empedernido jugador de ajedrez, me gusta pensar que aquel día, sabiendo que daba pasos de hombre muerto, se encaminó a uno de tantos cafés con la esperanza de disputar alguna partida que le exigiera, como una última ironía por la partida que ya tenía perdida de antemano con la vida. Fumar un atado de cigarrillos, por qué no levantar una copa de fernet para brindar a la memoria de aquellos que se habían adelantado, y no poder evitar pensar en el sabor de esa pastilla de cianuro que su amigo Paco Urondo había logrado tragar cuando ya los milicos lo tenían. Le dolía tanto dejar a su otra hija, Patricia, en medio de ese país devorado por los lobos. Un bife con fritas y algo de vino, comer sin hambre pero con el gozo del que sabe que tal vez sea la última. Puedo imaginarlo caminando a casa por Corrientes, despidiéndose de esa ciudad triste, echando una mirada a los escaparates de las librerías que tan bien conocía, sospechando el lugar que en ellos ocuparían las novelas que no llegaría a escribir. Tal vez en casa cebar un mate, sentarse al escritorio bajo la luz velada de la lamparita de pantalla verde y dar los últimos toques a la carta. ¿Qué mierda estaba haciendo? Le asqueba la idea de jugar al mártir pero no podía callarse. Por lo menos esa debía ser la nota suicida más elaborada y mejor documentada que se había escrito. Sonrió al pensarlo, con cansancio, con miedo pero resignado. Así debía ser, era su labor y no podía negarla aunque lo cagaran a patadas. Mandó copias a los principales diarios y a algunos medios extranjeros, sabiendo que jamás la vería publicada. Al volver, en el cajón de abajo del escritorio encontró el frío de la 22; estaba cargada, envuelta en una franela. ¿Lo llevarían a la ESMA? Había escuchado en boca de algunos sobrevivientes lo que era la Capucha, y sabía muy bien que el no tendría el privilegio de contarlo. ¿Habrá dormido aquella noche? ¿Habrá caminado hasta el librero para escoger algo? ¿Qué podía leer ese hombre, un amante de la literatura fantástica, cuando su realidad superaba cualquier ficción? Lo veo buscando en La trama celeste esa cita de Blanqui:


Habrá infinitos mundos idénticos, infinitos mundos ligeramente variados, infinitos mundos diferentes. Lo que ahora escribo en este calabozo del fuerte del Toro, lo he escrito y lo escribiré durante la eternidad, en una mesa, en un papel, en un calabozo, enteramente parecidos. En infinitos mundos mi situación será la misma, pero tal vez la causa de mi encierro gradualmente pierda su nobleza, hasta ser sórdida, y quizá mis líneas tengan, en otros mundos, la innegable superioridad de un adjetivo feliz.

La mañana siguiente fue calurosa, con ese vaho húmedo de marzo. En el puesto de periódicos de Yrigoyen y Sáenz Peña revisó por última vez las portadas de los diarios, sólo para corroborar que Clarín y La Nación y La Prensa guardaban un silencio cómplice. No esperaba menos de esa manga de culorotos, por eso había cerrado su nota “sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido”. Caminó un par de cuadras sintiendo el peso del calor y del arma en la cintura del pantalón. Sobre Congreso, casi llegando a Entre Ríos, percibió bajo el sol el brillo del Falcon negro que rodaba a unos metros de él y lo supo. Alcanzó un árbol ya con la 22 amartillada en la mano; que vinieran por él porque no era ninguna oveja. Años después, contaría un sobreviviente de la ESMA lo que le escuchó a un tal oficial Weber, quien se vanagloriaba de haber sido uno de los hombres de la patota que fue por Walsh aquella mañana. “Lo cagamos a tiros y no se caía el hijo de puta”.

Rodolfo Walsh, Carta abierta de un escritor a la Junta Militar:
Sobre el golpe de estado en Argentina del 24 de marzo de 1976:

jueves, 11 de marzo de 2010

tregua

Tras tantos y tantos días de salvaje batalla, acaso por fatiga, acaso por retomar fuerzas para poder blandir nuetras armas con aún mayor violencia, ambos bandos acordamos una tregua el día de hoy, un espacio para ahuyentar a las negras aves de rapiña que picotean los despojos de nuestros muertos, para enterrarlos en ofrenda a dioses crueles y dejar el campo listo para la guerra. Mañana.
Descansamos de todo el desgaste que ha dejado la lucha y de la nostalgia de recordar que algún día fuimos felices. Mientras lamemos nuestras llagas percibimos la desolación que pesa en esta tierra yerma y lloramos al mirar los días que han quedado atrás. Lloramos por todos los momentos en que fallecimos y resucitamos, con más dolor por la última herida, por la nueva herida mortal que se sumaba a las anteriores. Lloramos por todo lo llorado, con el mazo y el escudo que se escurren de nuestras manos acabadas. En esta guerra inmisericorde hemos perdido demasiado, amigos que han caído con nosotros, nosotros que hemos caído junto amigos. Se ahogó el canto en sangre y se perdió el color entre tanta oscuridad. Perdimos nuestros hogares, abrasados por el fuego y el odio. Perdimos el ayer y el mañana, cuando la memoria y la esperanza fueron sacrificadas y devoradas por los perros, una junto a la otra. Nuestras insignias nos fueron arrancadas, y las hazañas y derrotas que eran nuestra vida se fundieron en una historia hoy por todos olvidada. Nos perdimos a nosotros mismos, y así lo hemos perdido todo.
¿Que importa saber quién empezó esta guerra? ¿Que relevancia tiene enumerar razones y deslealtades cuando los hombres han dejado de ser hombres y el mundo se ha terminado? Nada importa ya si se ha perdido la última semilla, si la palabra es sólo mentira; nada si el agua ha dejado de calmar la sed, si el viento se ha vengado de nuestra intransigencia negándonos el consuelo de su caricia, si el sol se ha hundido en la melancolía de la tierra para no emerger jamás. Ahora sólo nos queda seguir peleando, morir mañana una vez más al caer atravesado por la ciega furia de la lanza, y después levantarse, con otro dolor monótono, para empuñar la espada y matar a otro que también se levantará, con el mismo cuerpo ajado, pero con la mirada aún más triste, tan triste como la nuestra.
Mañana continuará esta absurda batalla, para ambos tan perdida de antemano. Mañana nos batiremos de nuevo contra la tristeza, con garras y dientes, aún sabiendo que la victoria jamás compensará nuestros sufrimientos. Pero hoy, hoy podemos sentarnos sobre el barro y buscar ese espacio donde no se siente nada, ni alivio ni dolor, sólo algo parecido al reposo que trae la inexistencia. Hoy aceptamos la suerte que nos ha tocado y afilamos la obsidiana, con serenidad, con paciencia, aguardando la ira del nuevo día.
Anales de las guerras eternas. Año ocho caña

sábado, 6 de marzo de 2010

¿qué esperas para morir?

¿Qué te pasa, Catulo? ¿Que esperas para morir?

Pobre Valerio Catulo no te hagas ilusiones
y lo perdido dalo por perdido.
Para ti ya brilló el sol una vez,
cuando corrías detrás de la muchacha
que amé como ninguna otra ha sido amada.
Y hubo entonces, ¿recuerdas?, tantos goces
que tu pedías y ella no negaba.
Sí, para ti ya brilló el sol una vez.

Ahora ella no te quiere: tu no quieras tampoco.
Ni sigas a la que te huye, ni estés triste,
sino pórtate valiente, no claudiques.
Adios, muchacha, Catulo ya no claudica,
ni nunca más te buscará, ni volverá a rogarte






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domingo, 14 de febrero de 2010

en estos días no sale el sol, o historia de una tarde, una boda y un tapado

Que maneras más curiosas
de recordar tiene uno...
Una mañana de sábado soleado se impacta en los cristales, y de repente me da por escuchar a Silvio. El Al final de este viaje me trae siempre recuerdos de los tiempos primigenios, aquellos en que ella me regaló el ajedrez y el gusto por la trova, cuando, de ser un estúpido neófito en materia política, pasé a ser un estúpido neófito menos desinformado, cosa que también le debo a esa gran mujer. Cursábamos el primer semestre de la carrera, ella en algo misteriosamente llamado lingüística y literatura hispánica y yo haciendo el gran ridículo en diseño gráfico. Por aquellos tiempos quemaba las noches intentando bocetos y láminas que nunca acababan de cuadrar, mientras en el radiecito sonaba una y otra vez el cassette de aquel álbum de Silvio, que encontró algo de reposo hasta que cayeron en mis manos el Descartes y el Mano a mano, nuevos y dignos relevos para acompañar la frustración de aquellas noches estériles.
Al siguiente año acepté con resignación mi torpeza creativa y vino así una nueva carrera, y con ella un nuevo disco. El chaval que daba sus primeros pasos de chairo, que no entraba a sus clases de teoría del diseño por leer Azteca, se mudaba a un espacio que le permitiera desarrollar su auténtica naturaleza chaira: el Colegio de Historia. Aquel nuevo disco fue el Tríptico uno, en versión pirata de diez varitos para continuar la tradición, que alternado por momentos con el Mano a mano y el Mujeres, con algo de Delgadillo y hasta una que otra de Filio (¡chales!), constituyó el soundtrack de esos días.
En estos días no sale el sol, sino tu rostro...
Y entonces hoy, a casi diez años luz de aquellos tiempos, me dio por escuchar el Tríptico, y con él rescatar en la nostalgia aquellos tiempos, con el típico conejillo de filosofía y letras que no soltaba el morral de palma, la camisita de manta y sus disquitos de trova. Para los sábados había una ruta única: algunas páginas de aburrida historia en la biblioteca y después una escala imprescindible en la ya mítica panificadora San Pedro, comprar un par de maravillas azucaradas y una coca de lata, y ya bien pertrechado, enfilar hacia el Barrio del Artista si había buen día y sentarse a leer la novelita en turno. Si llovía, el espacio idóneo era el atrio de esta iglesia, que compartía con el viejo que siempre toca el acordeón en la entrada. Era simplemente la mejor sala de lectura de la ciudad, y en ella veía rodar las tardes tristes, sentado al pie de esta puerta de madera del xviii.
En aquellos tiempos leí pocos libros para cualquier lector común, pero muchos para un chabón casi analfabeta y ansioso de desquitar tantos años perdidos, lo curioso es que busco en la memoria y me viene uno, no el que más me haya gustado ni el más significativo. Me viene el Manuscrito encontrado en Zaragoza, y sobre todo esa tarde de lluvia cerrada en que lo leí, con las nalgas castigadas por la piedra de este atrio, el panzote de azúcar, la coquita, y varios cigarrillos, muchos para un novato y ridículos para el fumador de ahora. Fue una tarde espléndida, que me hizo regresar a casa admirando la noche con su cielo recién escampado, y pensando que no tenía todo lo que quería, pero quería todo lo que tenía.

En el arco principal de esta fachada
estuvo colgada, por orden de la Inquisición,
la cabeza de don Antonio de Benavidez (el tapado),
falso visitador de España
ejecutado el 12 de julio de 1684


Esta tarde se han casado Cesar y Karina. Desfilaron por mi atrio este sábado trece a las siete de la noche. Es la primera vez que presencio una boda.
Había asistido a unas cuantas, pero la fatalidad de la impuntualidad siempre me relegó al poco honroso papel de gorrear las fiestas. Así que esta fue mi primera boda, y aunque todo discurrió normalmente, no puedo negar que me sentí un poco defraudado. No fue que el novio se desmayara o que al padre se le cayera la hostia en el escote de la novia, no, nada de material para estúpidos videos caseros. Fue sólo que me quedé esperando el instante en que el sacerdote se dirige a los asistentes para preguntar si alguien sabe de algún impedimento para esa unión. Tal parece que esa práctica, que a mí me resultaba bastante democrática, es ahora sólo un mito en una canción de los Tigres del Norte. Yo aguardaba ese momento estelar, en que todos guardaríamos un silencio incómodo pero expectante, mirándonos las caras los unos a los otros para ver quien era aquella que saltaba con tres chavitos igualitos al novio, o si aparecía Dustin Hoffman para llevarse a la novia en un autobús. Total que nada de eso sucedió, no, no sucedió, y debo confesar que todo el tiempo me pregunte si, en un acceso de encono imbécil, saltaría desde mi última banca del galerón y gritaría con mi mejor intento de voz de hombre que ellos no se podían casar, porque en esta iglesia habían colgado la cabeza de el tapado en 1684, porque la novia era mi esposa, o porque estaba seguro que ellos no se querían tanto, ni tantito como otros que he conocido y que no se casaron. Hubieran sido mis cinco minutos de fama.
Por supuesto no conocía ni a Cesar, ni a Karina, ni a ninguno de los presentes, pero de todo corazón les deseé en silencio la mejor de las vidas y que llegasen a viejos con cariño, aún cuando supiese que no se querían ni la mitad de lo que... de lo que.

Ay de estos días terribles,
asesinos del mundo.




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jueves, 4 de febrero de 2010

desaparecer

I
Tres de la mañana y el chat del feis está desierto. Me agrada saber que hay personas que valoran sus horas de sueño, que muchos de ellos pueden soñar, que tienen algo que hacer mañana por la mañana que les impide desvelarse demasiado. Lo triste, más bien lo patético, es quedar tu solo, como en medio de una fiesta extinta, mirando los restos del naufragio con medio vaso de cerveza ya sin gas en la mano, sin tener más remedio que dar un vistazo a tu alrededor para darte cuenta que todos se han marchado, que eres el único que no tiene una vida. Ya lo dice Homero respecto a los lectores de Harry Potter: adultos tristes y solos. En esta situación, tan puntual descripción calza perfectamente: adulto entrecomillado que vive entre paréntesis, mirando la vida de los demás en el feisbuc a las 3 de la mañana.

II
El feis ofrece varias ventajas sumamente tentadoras. Es el medio que te permite contactar a banda que difícilmente -lamentablemente- puedes ver en la vida real, te brinda una buena manera de matar el tiempo muerto y de algún modo te acerca a aspectos chuscos o más íntimos de las personas. Pero también es una especie de trampa, una muy seductora, con ese don de los encantadores de serpientes, que te brinda la reconfortante sensación, remedio mágico de tres pesos, de imaginar que no estás tan solo como parece, aunque al salir y apagar la compu te das cuenta de lo desierta que ha quedado esta reunión. El feis te permite cruzar un saludo de dos líneas -a menudo de una economía verbal más rígida que eso- con personas que te importan, que estimas y que se encuentran muy lejanas espacial y temporalmente; te permite el consuelo estúpido de verter un poco de rencor social y entrar a un grupo para odiar al pri o al perro de calderón, o jugar al ecologista chairo y suscribir la noble causa de proteger los arbustillos de una de las 17.508 islas del archipiélago indonesio... ¿y?

Mirar y ser mirado. ¿Voyeurismo tecnológico? ¿Big brother edición bolsillo? En términos sencillos el feis se reduce al viejo juego de ver y ser vistos, y con un poco de suerte de ver sin ser visto; pero cuando hay cosas que prefieres no ver, y cuando no hay mucho interés por verte, entonces el gran invento pierde sentido. No negaré que le debo al feis elementos fundamentales de mi existencia, como descubrir que moriría cuando se diera un ataque de zombies, que si fuera un monito de 31 minutos sería guaripolo o las frases de juanga. Qué decir de la imprescindible colección de regalos chairos, de los regalos chafas, de los intelectuales donde salía yoda o de las ilustrativas estampas de la vida pipope con su aficionado chillón del puebla y su rechazado de la buap. Todas y cada una dieron sentido a mi vida durante un buen rato, eso que ni qué.

III
Ahora por fin me he armado de valor y he cerrado el feis, en un arrebato de decisión muy poco común en mí, y hacerlo ha resultado un experimento sumamente interesante. Todo el tiempo pensé en un cuento de Richard Matheson -el guionista de Twilight zone- en el que un hombre, sentado en una típica cafetería gringa, en la típica tranquilidad sosa de las cafeterías gringas, escribe nerviosamente en una pequeña libreta, mientras se enfría una taza de café a su lado. En un instante, la mesera voltea y encuentra el asiento vacío, y sobre la barra la libreta abierta, la pluma y la taza exhalando los últimos restos de humo. Al leer las notas escritas por aquel desconocido se encuentra con el testimonio de la locura. La escritura, de trazos rápidos y desequilibrados, cuentan cómo, por misteriosos sortilegios, han ido desapareciendo las personas en la vida de aquel que escribía, esfumándose sin dejar vestigio alguno tras de sí. Como se adivina, la narración se interrumpe abruptamente en medio de una línea que queda en el aire. El hombre desapareció.

Así fue cerrar el feis, una existencia alterna al plano de lo real, que se desarrollaba con amigos y bromas y semiconversaciones y fotos, donde de repente, por similares sortilegios, se ha agotado de un segundo para otro. Se borraron los comentarios que tan sólo unas horas antes había puesto en las páginas de los amigos, se fueron las fotos y las bromas; simplemente yo nunca existí. Y mañana, cuando esas personas entren a su perfil, todo será exactamente igual, pues ni siquiera ha quedado un cuadernillo con una historia a medias ni la taza de café. Imagino que mañana nadie recordará que hubo un tal daniel ireneo morris que comentó tal o cual cosa estúpida, mañana no habrá ausencia, pues ni siquiera quedó un hueco que le recuerde.

Es impresionante, una desaparición que tiene tintes de suicidio y de amnesia estilo eterno resplandor... No es como las desapariciones chafas que ocurrían en las fotos cuando Michael J. Fox alteraba el pasado en las pelis de volver al futuro, esas donde quedaba el espacio vacío de la persona en la instantánea familiar. Se parece más -con las debidas proporciones- al testimonio que le escuché a una señora en el campo de la ESMA (Escuela Superior de Mecánica) de lo que le sucedió en tiempos de la dictadura argentina. La mujer contaba cómo, ante la vista impotente de los compañeros de laburo, los esbirros secuestraron a uno de ellos, arrojándolo al piso de un ford falcon, huyendo a toda velocidad. Días después, cuando la mujer comentó el hecho con los compañeros que también habían presenciado el hecho, todos la miraron con una cara que decía "¿pero de qué mierda estás hablando?". "¿Miguel? ¿Cual Miguel? Aquí nunca trabajó nadie con ese nombre". Eso es desaparecer.

IV
Vaya, mi café se enfría. Vencer la lógica de lo que suponemos debe ser. La noción de que algo desaparezca es simplemente insoportable, pues aterra pensar que en cualquier momento nos puede suceder a nosotros. Es más temible que la idea de la muerte misma, pues del muerto se conserva una memoria y de quien desaparece al estilo feis, al estilo eterno resplandor, al estilo Matheson, no. ¿Y si en realidad eso fuese posible? ¿Si alguien al voltear la esquina delante de nosotros, al salir de nuestro espectro visual, simplemente se esfumara en el aire sin dejar un pasado detrás? ¿Y si alguien desapareció de la mesa de un café en la esquina de Córdoba y Callao? ¿Qué haríamos frente a un Ireneo Morris, cuyo avión desaparece en pleno vuelo? ¿Cómo podríamos soportar tal aberración, sin qu

martes, 26 de enero de 2010

paseos de tarde y luz

Caminar, caminar... implorar porque el izquierdo siga la inercia del derecho, otra vez, uno más, esperando que a ninguno de los dos se les ocurra preguntar el destino.
Sólo no se detengan le pide a esos pasos grises, gastados de tanto andar; monótonas repeticiones como ecos de otros pasos exáctamente idénticos, pasos de ayer, tan añejos y herrumbrados como estos. Pasos para no pensar, pasos como antídoto que combate la asfixiante inmovilidad que lo elimina. Como todo antídoto, a cada dosis pierde efectividad, pasos pasos, y ahí vienen de nuevo esas ideas que no conceden tregua. Andar despacio, mirándose los pies como si se tratara de los pies de otro, de alguien que sabe a donde se dirige. En un punto levantar la vista para ver el sol y los árboles y los vendedores de globos y la gente comiendo helados, mientras avanzan con otros pasos tan distintos, con los pasos desenfadados de quienes se saben parte de algo. Todo eso resulta tan lejano e incomprensible, tan ajeno a estos pasos que deambulan como buscando el camino que extraviaron hace tanto.
Los pasos se han perdido, y sin sorpresa perciben en algún punto que han caído en el lugar donde pasaron hace un momento, que están de vuelta en niguna parte.
Pasos viejos, pasos de viejo, que se arrastran barriendo el polvo de las calles, pasos que pretenden sentir que avanzan, que planean la huida frustrada. Pasos pasos pasos, las manecillas se han olvidado de caminar. Pasos pasos, de golpes sordos que retumban en horas y tardes vacías, pasos pasos pasos, en el aire, en la nada, pasos que rebuscan consuelo en las ruinas de rutinas destruidas, pasos pasos, izquierdo, derecho, pasos pasos, sin ton ni son, sin tonada ni compás, pasos pasos, pasos con tristeza de antiguos desterrados que marchan al exilio, pasos lentos que avanzan al cadalso, pasos pasos, ajados pasos del evadido de Egipto hace ya cuarenta años, pasos anónimos, pasos carentes de toda curiosidad o asombro, sólo pasos que patean el desconsuelo, pasos de ritos olvidados, de oraciones huecas, esos pasos que se pierden en calles de agua como rústicas balsas a la deriva, pasos pasos, ¿donde mierda se puede encontrar un gramo de voluntad? pasos de ciego, pasos de sordo, pasos de solo, sólo pasos.
Caminar por esta ciudad vieja, en esta ciudad irreal, como el fugitivo en la isla de Morel, sin tocar ni hablar con nadie, pues nadie existe en realidad.
De pronto, alguien extrañado se vuelve a mirar. Juraría que ha escuchado el eco de unos pasos, pero al mirar no encuentra a nadie.

colofón

Para cerrar el post anterior, una pincelada:
Insisto, Keiko Kai: la verdadera misión de las casualidades -que nunca son casuales y que en realidad funcionan como la versión popular y económica y accesible de los milagros- no es otra que la de ayudarnos a sentirnos parte de algo a lo que no podemos negarnos.
Fresán, Los jardines de Kensington

viernes, 22 de enero de 2010

J.D.H. salud! in memoriam

Dice el personaje de una novela de Fresán, que un escritor es quien ha aprendido a identificar el misterioso mecanismo por el que operan las casualidades. Yo no soy uno de esos, pero la casualidad que me sacudió ayer ha sido muy significativa. El asunto empieza un par de noches atrás, cuando de improviso cayó en casa un muy viejo amigo desaparecido durante algunos años: Saul. La única manera un poco digna que encontré para recibirlo fue mostrarle los agradecimientos de la tesis, donde aparecía Saul free as a bird. Al quedarme solo, leí por enésima vez aquellas notas, queriendo tanto a todos aquellos a quienes les debo la tesis: Marco Velázquez, quien ahora se enfrenta en un duelo difícil contra un puto tumor; Rebeca, a quien hace tanto no he tenido el placer de saludar; Areli, con su boca tan llena de flores; los amigos; Cuenya y Jaime Díaz.
Recordé al doctor Jaime, quien siempre tuvo una sonrisa y un saludo amable para todos, y lamenté el que nunca haya encontrado la ocasión de visitarle y agradecerle en persona, de decirle cuanto aprecio todo lo que hizo por nosotros, por Areli y por mí, la confianza que siempre nos brindó de manera tan generosa como sólo las grandes personas pueden ofrecer. Esa noche no pude escribir un post.
A la mañana siguiente Ilse me preguntó por qué no me acercaba a la dictaminación del FCE una vez más. Pensé que ya estaba demasiado cascado para eso, pero regresó el recuerdo del doctor Jaime -quien era nuestro jefe- en aquellos días tan soleados en que quemábamos las tardes leyendo trabajos de chamacos geniales. Fueron días felices. Hacia las dos la cita era comer con los carnales en el trompo (bella cantina poblana con 2x1 y buffet incluido) donde, entre trago y trago fue declinando la tarde. En algún momento, en una de las numerosas ocasiones en que nos plantámos en la puerta para fumar, un automovil que había caído presa de la luz roja justo frente a nosotros comenzó a sonar la bocina. En la cara del conductor reconocí a Gera, un buen camarada cómplice en la dictaminación. Detuvo el auto en segunda fila y nos saludamos con gusto, tras varios años de no vernos. De inmediato recordé lo que Ilse me había dicho aquella mañana y le pregunté si participaría una vez más en la dicta. A Gera se le ensombreció el semblante y me dijo que el doctor Jaime había fallecido en los días finales de diciembre. Contó que la salud le jugó a traición y aquel hombre alegre y generoso, que nunca le hacía ascos a la última copa ni al próximo bar, había caído ante alguna enfermedad aún sin contar cincuenta años. El golpe fue tremendo, con esa sensación que nace de la irrealidad ante lo que se acaba de escuchar, y que poco a poco se transforma en ese sabor amargo que se queda en la boca.
Recuerdo perfectamente cómo fue la última vez que le vi, hace ya varios años, en una noche en que fui con Areli a tomar un trago. Ahí, una vez más, la casualidad obró cuando entró el buen Jaime en aquel barsito cómodo y de luces tenues al que nunca habíamos ido y nunca habríamos de volver. Llegó antes de los amigos con quienes había quedado para departir entre tragos y rock de la chamacada, y al vernos no dudó en sentarse con nosotros. Supongo que hablamos de nuestras tesis, de las dictaminaciones, ¿o acaso de física? ¿de Hendrix y Joplin? No importa, sólo me quedé con el recuerdo de aquel doctor en física, siempre terco en defender e impulsar la investigación y la divulgación científica, que aquella noche brindó con y por nosotros.
Salud doctor... y gracias por siempre.

jueves, 7 de enero de 2010

4:20 am

Duerme, duerme, duerme, maldita sea, deja de pensar en idioteces y regresa al sueño. ¿Estaba soñando? no recuerdo nada, creo que no, y lo que es peor, no puedo recordar cuándo fue la última vez que desperté recordando un sueño. Se supone que todas las noches sin excepción el cerebro fabrica eso que llamamos sueños ¿no?, aunque eso seguramente lo pepené de algún comercial o de una revistilla chafa y por ello no estoy obligado a tragarme el cuento. Lo cierto es que hace un rato ya que amanezco sin sueños.

Maldita sea. sigo pensando en pendejadas. Duerme, duerme, duerme, mente en blanco, aunque también escuché alguna vez que la mente nunca está en blanco. ¿Por qué recuerdo en los momentos menos indicados tanta cosa inútil? Tal vez si supiera hacer esas ondas chairas de sentarse frente a la pared con las patitas cruzadas y repetir un mantra, tal vez así podría dormir. Una vez te dije hagamos esto de la yoga que escuché con un mamón en el radio. Te burlaste de mí por chairo, ¿recuerdas? Por cierto, no has escrito y claramente no quieres hacerlo. No se nada de ti.

Ya, déjalo. Que joder con todos los caminos que conducen siempre a Roma, siempre a ella. Duerme, duerme... me duele la cabeza. No puedo respirar, sin duda a partir de mañana dejaré el cigarrillo. Esta almohada es demasiado vieja. Boca arriba no se puede dormir. ¿Por qué me desperté pensando en las formas de sobrevivir a un ataque de zombies? ¡cuanta pendejada tengo en esta cabeza que duele! bien, afrontemoslo: a llevar una hora acostado y sin dormir, a esta hora, se le llama insomnio. Pero si hoy ni siquiera bebí café. Carajo.

Tal vez lo más conveniente sea salir de la cama y... ¿leer? ahora no se me antoja nada. ¿una peli tal vez? ¿un post? naa, sería pésimo escribir un post con tanta estupidez, y los posibles lectores qué culpa tienen de que ande con insomnio. ¿y qué mierda hace un tipo disfrazado como de mosquetero, parado en una vía del tren en medio de la nada del México de los veintes o treintas? pinche Kafka te la pelaste de nuevo, o... ¿no será el propio Kafka disfrazado, en una escapada secreta a México? Podría tratarse de un viejo conquistador español, que de repente despertara del sueño de estar muerto, para verse deambulando varios siglos después sobre ese extraño sendero de metal. O tal vez sea un actor que había extraviado a su compañia teatral, con la que viajaba de pueblo en pueblo, montando viejos romances costumbristas.

Vaya con el tipo en la vía que aquel día perdió su cómodo sueño, o a su compañía errante por poblados sin nombre. Vaya con los que a las 4:20 despiertan y se encuentran totalmente perdidos y solos, ridículos, en medio de la nada y parados en una vía del tren, en camino hacia ningún lado...

jueves, 31 de diciembre de 2009

tres uvas

No hay balances de fin de temporada, no hay sumas ni restas, para qué, si sabemos que en el corazón los números son rojos. No hay reclamos ni arrebatos de ira -o de dicha- ni con dios ni con el diablo. Para mañana no hay mañana, ni ideas, ni planes o proyectos. No hay esbozos ni trazos, pues no hay imaginación que guíe el lapiz. El pronóstico del clima pinta días grises con frío al interior, y en la quilla de las naves, en las pocas que no se han quemado aún, el cielo se observa cerrado de aquí hasta el horizonte. En los diarios clandestinos se anuncia que nos han robado la primavera en diciembre, y por si fuera poco, se teme una epidemia de tristeza en la ciudad.
Así las cosas, pero brindo bohemios, por las cosas chidas que se dieron en los alrededores: un cambio de estado civil en feisbuc, una tesis de Bolaño, un exitoso trabajo de campo en Chenalhó, una obra taquillera, una beca, una chamba en el inba. Brindo bohemios, porque el año les pinte agusto, porque las felicidades sean más que las desdichas, porque sean más las bienvenidas que los adioses.
Esta noche bastan tres uvas: la primera, porque el de arriba le conceda salud a mi vieja nata; la segunda, porque esa mujer sea muy feliz, que bien lo merece; y la tercera, porque a ustedes, bohemios, la vida les sea muy grata.