jueves, 13 de mayo de 2010

entre las llamas















El amor es ese país siempre tercermundista. Una república sujeta a dictaduras y a cracks financieros y a revoluciones y a sequías y a epidemias. Un reino donde tarde o temprano hay un terremoto, donde siempre alguien saldrá caminando por entre las ruinas y las llamas, sin poder entender qué es lo que ha sucedido y por qué a mí ¿eh?



Fresán, Los jardines...

martes, 4 de mayo de 2010

por el Monsi, bohemios

Tiene fibrosis pulmonar, esa puta enfermedad crónico degenerativa que más tarde o más temprano habrá de costarnos su vida. Costarnos, sí, a quienes lo leen y a quienes lo ignoran, a los que se han paseado por el Estanquillo y a quienes sólo saben que su nombre es uno de los más extraños de los que a veces salen en la telera hablando de cosas incomprensibles. Nos costará a todos porque, como lo fue Alfonso Reyes en su momento, como sucedió con Cosío Villegas y chance con el pesado de Paz, Monsiváis es y ha sido el más lúcido, el de curiosidad más despierta entre los intelectuales de los últimos treinta años, y entre ellos, tal vez el de mayor integridad política, con lo difícil que es eso.
Pero nos costará sobre todo porque, desde Salvador Novo, nadie ha sabido relatar nuestros tiempos como el Moncho, con nuestras miserias y fracasos y películas de oro y boleros y glorias efímeras. Sin él la memoria de lo cotidiano se quedará sin nadie que la cuente. Cuando parta nos quedaremos sin nuestro mejor cronista, y además sin uno de los tipos más emblemáticos en las batallas más caras de la izquierda. ¿Ahora quién podrá defendernos contra la derecha siempre obtusa, contra el PAN, contra el desquebrajamiento del estado laico y la amenaza a las garantías individuales? ¿con quien brindarán los tres gatos del por mi madre bohemios? ¿quien le pondrá al lenguaje su traje de domingos? ¿quien pepenará chácharas en la Lagunilla para enseñarnos nuestra vieja cultura popular? 


*

Esto no pretende ser un homenaje ni mucho menos, que es sólo el ramplón blog de un cualquierpendejo. Ni siquiera de uno listo, porque muy a menudo, de cada tres palabras que le leía al Monsi desconocía dos, como en un subtítulo que le recuerdo, de un trabajo sobre el México de los 40, que decía "ínclitas razas ubérrimas". Vaya tipo genial. Tampoco intenta ser una hagiografía ni ninguna payasada similar. Es sólo que a este cualquierpendejo el duele pensar que, como sucedió cuando se retiró el don que vendía los periódicos en la esquina de mi vieja calle, cuando no tengamos a Monsiváis habremos perdido a alguien que nos hacía buenos, que nos dignificaba como sociedad.
Hoy cumple 72 años y se anuncia mejoría en su salud, pero la fibrosis, como la espada de Damocles, pende sobre él. Larga vida a ese gran tipo que es el Moncho, en presencia y en la letra, que lo fugitivo permanece. 


  *Estupenda obra del Mother/Monkey collective:
          

martes, 27 de abril de 2010

claro de noche sin luna

Sabes, la vida se me ha hecho un poco más chiquita sin ti, como si a las horas, vacías ya de por sí, se les hubiera escapado el último reducto vital. Más chiquita, que es una manera de decir que se me ha vuelto mucho más absurda de lo que ya era.
El sábado pasaron Pito Pérez, la de Tin tan. La vi solo, sabiendo que quince días atrás la hubiéramos disfrutado juntos. Si recuerdo bien, alguna vez discutimos sobre este tema tan delicado, tu te inclinabas por la de López Tarso mientras yo defendía la del Tin tan. Me hiciste falta para decirte -ah, y ese Andrés Soler cómo me cae bien-; quise preguntarte si habías leído el libro y si aún lo recordabas, pensando ya en correr por él y leerte un par de episodios, pero al voltear me golpeó tu vieja silla vacía. ¿Ahora a quien le digo lo mucho que me gustaba Marga López? ¿con quien puedo hablar de lo mami que era la Elsa Aguirre? Y así se me van quedando mudos los días, con estas palabras bobas que ya no has de escuchar.
Dan casi las cuatro de la mañana, con esta obscuridad plagada de grillos y silencios cotidianos, y aquí estoy vieja, pensando en la falta que me haces. En estos tiempos se me ha juntado una bola de cosas que se atoran en la garganta; a buena hora se te ocurrió echar a correr. Disculpa vieja, es una madrugada triste, y todo lo que quisiera es un poco de paz interior entre tanta tristeza. ¿Donde andarás? Saúl dice que te toca volver sobre tus pasos a cada uno de los lugares que fueron significativos en tu vida, así que avisa cuando vienes vieja, prometo hacer café.
Estoy cansado nata, tan cansado de todo. Se buena y dame un poco de tranquilidad. Siéntate aquí junto a mí, fumemos en silencio y escuchemos el claro de luna de Debussy, mientras la noche se acurruca en las sombras. 

jueves, 22 de abril de 2010

echándote de menos, mi gran vieja


  

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Vallejo. Los heraldos negros

Hubiera querido responderles: "Yo. Yo soy el muerto."
Pero se conformó con sonreír.
Rulfo. Pedro Páramo


El día que mi abuela eligió para marcharse había sol. Nunca me lo dijo, pero supongo que también creía que los días soleados resultaban los más apropiados para morir. Hacía una tarde linda, brillante y de un viento suave, como debe ser una tarde ideal de domingo, como debe ser un domingo ideal para cerrar una vida buena.

Esa tarde mi vieja le ganó la partida a los médicos tan necios que hacían todo por postergarle la fiesta, y poquito a poco se me fue dejando ir, como una velita que se apaga despacito. Se fue sin sufrimientos ni dolorosas agonías que no iban con una vieja como ella, una vieja gozadora. Se fue con la alegría serena con la que los ríos caminan en su marcha al mar, y con la paz interior y la dignidad de quienes han sido generosos en vida. Los médicos, esos tipos de bata que no saben que la vida es mucho más que tejidos y venas, un tanto tristes por el desaire de mi vieja, asentaron en el acta que falleció de alguna cosa aburrida y gris, pero yo sé que en realidad Natalia decidió partir cuando el cuero le quedó demasiado viejo para un espíritu tan joven.

Mi chamaca tenía apenas 84 años, cuatro hijos y una manada de nietos. Tenía también una larga lista de muertos que extrañar y que la extrañaban tanto. Fue por eso que una noche antes vinieron a esperarla. Lupe, su cuñada fallecida años atrás, se pasó la madrugada sentada en su cama platicando con ella alegremente, deshojando memorias color sepia. A la mañana aún tuve ocasión de preguntarle si sabía cuanto la amaba, y ella, tan generosa como siempre, me respondió que sí con los ojos cargados del mismo amor. Quise decirle que siempre había tratado que estuviera orgullosa de mí, que sintiera tan sólo unas cuantas migajas de lo orgulloso que siempre estuve de ella. Quise agradecerle que me enseñara a chiflar y gozar el olor de las panaderías y a querer harto la vida, porque si había conocido el significado de la palabra felicidad fue por todo lo que pasamos juntos. Quise besarla por hacerme un chamaco alegre, por jalarme al parque con todo y bici, por las veces que complacía mi capricho de comer tortas de pierna a escondidas de mi madre, porque cuando me recogía en la primaria siempre llegaba con el milagro de un ojo de pancha recién salido del horno; por que me quiso tanto como yo a ella, el gran amor de mi vida. Quise decirle que comprendía su cansancio, su hartazgo ante ese cuerpo que ya no le seguía el paso, ese estuche que ya no podía contener un corazón tan grande, y que admiraba la entereza de su decisión de largarse con sus muertos que ya la aguardaban impacientes en el pasillo. Quise decirle eso y tantas cosas más, pero mi vieja ya conversaba con aquellos que yo no podía ver.

Que difícil es vieja, llegar a casa y encontrarla tan vacía; cargar con la maldita obligación de imaginar que la vida puede seguir sin ti. Si supieras cuantas veces dije que no sabía lo que haría cuando tú me faltaras. Pinche Nata, como me haces falta corazón. Te suplico tengas la bondad de perdonarme si me faltó algo por hacer. Discúlpame por favor esta tristeza, discúlpame si no paro de llorarte. Yo quiero cantarte para que nunca mueras. Es sólo mi egoísmo de querer tenerte siempre conmigo el que me hace sufrir tu partida, porque sé que ahora estás mejor, con los tuyos, bailando. Sé también que una parte tuya está parada junto a mí, angustiada por verme llorar mientras escribo esto. Perdóname por favor.


Sólo, vieja, recuerda nuestro trato. Yo iré a leerte hasta que se me acaben los ojos, y tu tienes que venir a visitarme de vez en vez, para contarme esas historias que tanto y tanto te disfruté...  Sólo déjame soñarte, mi corazón.

 

sábado, 10 de abril de 2010

...

Le escuché a un tipo decir

                      que somos cementerios,
                             somos campos santos,

donde yacen aquellos que alguna vez fuimos.


Será por eso que la soledad se parece tanto al luto. 

jueves, 25 de marzo de 2010

el último marzo 24 de Rodolfo Walsh

Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores,
después... a sus simpatizantes, enseguida... a aquellos que permanecen indiferentes,
y finalmente mataremos a los tímidos.
(General Ibérico Saint Jean. Gobernador de la Provincia de Buenos Aires. Mayo de 1977)

Si uno tuviera la certeza de que el día de mañana, o pasado mañana, habrá de morir, ¿Qué haría?
¿Qué habrá hecho ese hombre aquel 24 de marzo de 1977, consciente de que sus horas estaban contadas? Imagino que se afeitó como cada mañana, como lo hizo incluso aquella vez, años atrás, cuando tuvo que salir huyendo a un escondrijo en El Tigre, ante la amenaza real de que los militares se presentaran por él de un momento a otro. Imagino también que desayunó facturas y café con leche, pensando tal vez que aún podía echarse para atrás y callar y mandar a la mierda esa carta que le quemaba el bolsillo de la campera. A los milicos les debía varias y ésta lo condenaba a una muerte segura. La idea sólo duró un segundo al recordar que se lo debía a los miles de desaparecidos, a su hija Victoria, que se había dado un tiro en la sien escasos seis meses antes, al verse acorralada por los milicos. Exiliarse, con sus cincuenta años y un nombre bien colocado en el periodismo, salir corriendo para Cuba o Francia, o incluso México, como tantos otros, y una vez logrado un mínimo resguardo publicar la puta carta en algún medio internacional, poner a salvo el pellejo. No, esa nunca fue alternativa, no para un tipo que se había fajado en la lucha dentro de los Montoneros, no para alguien que en las propias narices de los milicos golpistas había tenido los tamaños para crear la Agencia Clandestina de Noticias (ANCLA). No era su estilo.

Empedernido jugador de ajedrez, me gusta pensar que aquel día, sabiendo que daba pasos de hombre muerto, se encaminó a uno de tantos cafés con la esperanza de disputar alguna partida que le exigiera, como una última ironía por la partida que ya tenía perdida de antemano con la vida. Fumar un atado de cigarrillos, por qué no levantar una copa de fernet para brindar a la memoria de aquellos que se habían adelantado, y no poder evitar pensar en el sabor de esa pastilla de cianuro que su amigo Paco Urondo había logrado tragar cuando ya los milicos lo tenían. Le dolía tanto dejar a su otra hija, Patricia, en medio de ese país devorado por los lobos. Un bife con fritas y algo de vino, comer sin hambre pero con el gozo del que sabe que tal vez sea la última. Puedo imaginarlo caminando a casa por Corrientes, despidiéndose de esa ciudad triste, echando una mirada a los escaparates de las librerías que tan bien conocía, sospechando el lugar que en ellos ocuparían las novelas que no llegaría a escribir. Tal vez en casa cebar un mate, sentarse al escritorio bajo la luz velada de la lamparita de pantalla verde y dar los últimos toques a la carta. ¿Qué mierda estaba haciendo? Le asqueba la idea de jugar al mártir pero no podía callarse. Por lo menos esa debía ser la nota suicida más elaborada y mejor documentada que se había escrito. Sonrió al pensarlo, con cansancio, con miedo pero resignado. Así debía ser, era su labor y no podía negarla aunque lo cagaran a patadas. Mandó copias a los principales diarios y a algunos medios extranjeros, sabiendo que jamás la vería publicada. Al volver, en el cajón de abajo del escritorio encontró el frío de la 22; estaba cargada, envuelta en una franela. ¿Lo llevarían a la ESMA? Había escuchado en boca de algunos sobrevivientes lo que era la Capucha, y sabía muy bien que el no tendría el privilegio de contarlo. ¿Habrá dormido aquella noche? ¿Habrá caminado hasta el librero para escoger algo? ¿Qué podía leer ese hombre, un amante de la literatura fantástica, cuando su realidad superaba cualquier ficción? Lo veo buscando en La trama celeste esa cita de Blanqui:


Habrá infinitos mundos idénticos, infinitos mundos ligeramente variados, infinitos mundos diferentes. Lo que ahora escribo en este calabozo del fuerte del Toro, lo he escrito y lo escribiré durante la eternidad, en una mesa, en un papel, en un calabozo, enteramente parecidos. En infinitos mundos mi situación será la misma, pero tal vez la causa de mi encierro gradualmente pierda su nobleza, hasta ser sórdida, y quizá mis líneas tengan, en otros mundos, la innegable superioridad de un adjetivo feliz.

La mañana siguiente fue calurosa, con ese vaho húmedo de marzo. En el puesto de periódicos de Yrigoyen y Sáenz Peña revisó por última vez las portadas de los diarios, sólo para corroborar que Clarín y La Nación y La Prensa guardaban un silencio cómplice. No esperaba menos de esa manga de culorotos, por eso había cerrado su nota “sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido”. Caminó un par de cuadras sintiendo el peso del calor y del arma en la cintura del pantalón. Sobre Congreso, casi llegando a Entre Ríos, percibió bajo el sol el brillo del Falcon negro que rodaba a unos metros de él y lo supo. Alcanzó un árbol ya con la 22 amartillada en la mano; que vinieran por él porque no era ninguna oveja. Años después, contaría un sobreviviente de la ESMA lo que le escuchó a un tal oficial Weber, quien se vanagloriaba de haber sido uno de los hombres de la patota que fue por Walsh aquella mañana. “Lo cagamos a tiros y no se caía el hijo de puta”.

Rodolfo Walsh, Carta abierta de un escritor a la Junta Militar:
Sobre el golpe de estado en Argentina del 24 de marzo de 1976:

jueves, 11 de marzo de 2010

tregua

Tras tantos y tantos días de salvaje batalla, acaso por fatiga, acaso por retomar fuerzas para poder blandir nuetras armas con aún mayor violencia, ambos bandos acordamos una tregua el día de hoy, un espacio para ahuyentar a las negras aves de rapiña que picotean los despojos de nuestros muertos, para enterrarlos en ofrenda a dioses crueles y dejar el campo listo para la guerra. Mañana.
Descansamos de todo el desgaste que ha dejado la lucha y de la nostalgia de recordar que algún día fuimos felices. Mientras lamemos nuestras llagas percibimos la desolación que pesa en esta tierra yerma y lloramos al mirar los días que han quedado atrás. Lloramos por todos los momentos en que fallecimos y resucitamos, con más dolor por la última herida, por la nueva herida mortal que se sumaba a las anteriores. Lloramos por todo lo llorado, con el mazo y el escudo que se escurren de nuestras manos acabadas. En esta guerra inmisericorde hemos perdido demasiado, amigos que han caído con nosotros, nosotros que hemos caído junto amigos. Se ahogó el canto en sangre y se perdió el color entre tanta oscuridad. Perdimos nuestros hogares, abrasados por el fuego y el odio. Perdimos el ayer y el mañana, cuando la memoria y la esperanza fueron sacrificadas y devoradas por los perros, una junto a la otra. Nuestras insignias nos fueron arrancadas, y las hazañas y derrotas que eran nuestra vida se fundieron en una historia hoy por todos olvidada. Nos perdimos a nosotros mismos, y así lo hemos perdido todo.
¿Que importa saber quién empezó esta guerra? ¿Que relevancia tiene enumerar razones y deslealtades cuando los hombres han dejado de ser hombres y el mundo se ha terminado? Nada importa ya si se ha perdido la última semilla, si la palabra es sólo mentira; nada si el agua ha dejado de calmar la sed, si el viento se ha vengado de nuestra intransigencia negándonos el consuelo de su caricia, si el sol se ha hundido en la melancolía de la tierra para no emerger jamás. Ahora sólo nos queda seguir peleando, morir mañana una vez más al caer atravesado por la ciega furia de la lanza, y después levantarse, con otro dolor monótono, para empuñar la espada y matar a otro que también se levantará, con el mismo cuerpo ajado, pero con la mirada aún más triste, tan triste como la nuestra.
Mañana continuará esta absurda batalla, para ambos tan perdida de antemano. Mañana nos batiremos de nuevo contra la tristeza, con garras y dientes, aún sabiendo que la victoria jamás compensará nuestros sufrimientos. Pero hoy, hoy podemos sentarnos sobre el barro y buscar ese espacio donde no se siente nada, ni alivio ni dolor, sólo algo parecido al reposo que trae la inexistencia. Hoy aceptamos la suerte que nos ha tocado y afilamos la obsidiana, con serenidad, con paciencia, aguardando la ira del nuevo día.
Anales de las guerras eternas. Año ocho caña

sábado, 6 de marzo de 2010

¿qué esperas para morir?

¿Qué te pasa, Catulo? ¿Que esperas para morir?

Pobre Valerio Catulo no te hagas ilusiones
y lo perdido dalo por perdido.
Para ti ya brilló el sol una vez,
cuando corrías detrás de la muchacha
que amé como ninguna otra ha sido amada.
Y hubo entonces, ¿recuerdas?, tantos goces
que tu pedías y ella no negaba.
Sí, para ti ya brilló el sol una vez.

Ahora ella no te quiere: tu no quieras tampoco.
Ni sigas a la que te huye, ni estés triste,
sino pórtate valiente, no claudiques.
Adios, muchacha, Catulo ya no claudica,
ni nunca más te buscará, ni volverá a rogarte






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domingo, 14 de febrero de 2010

en estos días no sale el sol, o historia de una tarde, una boda y un tapado

Que maneras más curiosas
de recordar tiene uno...
Una mañana de sábado soleado se impacta en los cristales, y de repente me da por escuchar a Silvio. El Al final de este viaje me trae siempre recuerdos de los tiempos primigenios, aquellos en que ella me regaló el ajedrez y el gusto por la trova, cuando, de ser un estúpido neófito en materia política, pasé a ser un estúpido neófito menos desinformado, cosa que también le debo a esa gran mujer. Cursábamos el primer semestre de la carrera, ella en algo misteriosamente llamado lingüística y literatura hispánica y yo haciendo el gran ridículo en diseño gráfico. Por aquellos tiempos quemaba las noches intentando bocetos y láminas que nunca acababan de cuadrar, mientras en el radiecito sonaba una y otra vez el cassette de aquel álbum de Silvio, que encontró algo de reposo hasta que cayeron en mis manos el Descartes y el Mano a mano, nuevos y dignos relevos para acompañar la frustración de aquellas noches estériles.
Al siguiente año acepté con resignación mi torpeza creativa y vino así una nueva carrera, y con ella un nuevo disco. El chaval que daba sus primeros pasos de chairo, que no entraba a sus clases de teoría del diseño por leer Azteca, se mudaba a un espacio que le permitiera desarrollar su auténtica naturaleza chaira: el Colegio de Historia. Aquel nuevo disco fue el Tríptico uno, en versión pirata de diez varitos para continuar la tradición, que alternado por momentos con el Mano a mano y el Mujeres, con algo de Delgadillo y hasta una que otra de Filio (¡chales!), constituyó el soundtrack de esos días.
En estos días no sale el sol, sino tu rostro...
Y entonces hoy, a casi diez años luz de aquellos tiempos, me dio por escuchar el Tríptico, y con él rescatar en la nostalgia aquellos tiempos, con el típico conejillo de filosofía y letras que no soltaba el morral de palma, la camisita de manta y sus disquitos de trova. Para los sábados había una ruta única: algunas páginas de aburrida historia en la biblioteca y después una escala imprescindible en la ya mítica panificadora San Pedro, comprar un par de maravillas azucaradas y una coca de lata, y ya bien pertrechado, enfilar hacia el Barrio del Artista si había buen día y sentarse a leer la novelita en turno. Si llovía, el espacio idóneo era el atrio de esta iglesia, que compartía con el viejo que siempre toca el acordeón en la entrada. Era simplemente la mejor sala de lectura de la ciudad, y en ella veía rodar las tardes tristes, sentado al pie de esta puerta de madera del xviii.
En aquellos tiempos leí pocos libros para cualquier lector común, pero muchos para un chabón casi analfabeta y ansioso de desquitar tantos años perdidos, lo curioso es que busco en la memoria y me viene uno, no el que más me haya gustado ni el más significativo. Me viene el Manuscrito encontrado en Zaragoza, y sobre todo esa tarde de lluvia cerrada en que lo leí, con las nalgas castigadas por la piedra de este atrio, el panzote de azúcar, la coquita, y varios cigarrillos, muchos para un novato y ridículos para el fumador de ahora. Fue una tarde espléndida, que me hizo regresar a casa admirando la noche con su cielo recién escampado, y pensando que no tenía todo lo que quería, pero quería todo lo que tenía.

En el arco principal de esta fachada
estuvo colgada, por orden de la Inquisición,
la cabeza de don Antonio de Benavidez (el tapado),
falso visitador de España
ejecutado el 12 de julio de 1684


Esta tarde se han casado Cesar y Karina. Desfilaron por mi atrio este sábado trece a las siete de la noche. Es la primera vez que presencio una boda.
Había asistido a unas cuantas, pero la fatalidad de la impuntualidad siempre me relegó al poco honroso papel de gorrear las fiestas. Así que esta fue mi primera boda, y aunque todo discurrió normalmente, no puedo negar que me sentí un poco defraudado. No fue que el novio se desmayara o que al padre se le cayera la hostia en el escote de la novia, no, nada de material para estúpidos videos caseros. Fue sólo que me quedé esperando el instante en que el sacerdote se dirige a los asistentes para preguntar si alguien sabe de algún impedimento para esa unión. Tal parece que esa práctica, que a mí me resultaba bastante democrática, es ahora sólo un mito en una canción de los Tigres del Norte. Yo aguardaba ese momento estelar, en que todos guardaríamos un silencio incómodo pero expectante, mirándonos las caras los unos a los otros para ver quien era aquella que saltaba con tres chavitos igualitos al novio, o si aparecía Dustin Hoffman para llevarse a la novia en un autobús. Total que nada de eso sucedió, no, no sucedió, y debo confesar que todo el tiempo me pregunte si, en un acceso de encono imbécil, saltaría desde mi última banca del galerón y gritaría con mi mejor intento de voz de hombre que ellos no se podían casar, porque en esta iglesia habían colgado la cabeza de el tapado en 1684, porque la novia era mi esposa, o porque estaba seguro que ellos no se querían tanto, ni tantito como otros que he conocido y que no se casaron. Hubieran sido mis cinco minutos de fama.
Por supuesto no conocía ni a Cesar, ni a Karina, ni a ninguno de los presentes, pero de todo corazón les deseé en silencio la mejor de las vidas y que llegasen a viejos con cariño, aún cuando supiese que no se querían ni la mitad de lo que... de lo que.

Ay de estos días terribles,
asesinos del mundo.




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jueves, 4 de febrero de 2010

desaparecer

I
Tres de la mañana y el chat del feis está desierto. Me agrada saber que hay personas que valoran sus horas de sueño, que muchos de ellos pueden soñar, que tienen algo que hacer mañana por la mañana que les impide desvelarse demasiado. Lo triste, más bien lo patético, es quedar tu solo, como en medio de una fiesta extinta, mirando los restos del naufragio con medio vaso de cerveza ya sin gas en la mano, sin tener más remedio que dar un vistazo a tu alrededor para darte cuenta que todos se han marchado, que eres el único que no tiene una vida. Ya lo dice Homero respecto a los lectores de Harry Potter: adultos tristes y solos. En esta situación, tan puntual descripción calza perfectamente: adulto entrecomillado que vive entre paréntesis, mirando la vida de los demás en el feisbuc a las 3 de la mañana.

II
El feis ofrece varias ventajas sumamente tentadoras. Es el medio que te permite contactar a banda que difícilmente -lamentablemente- puedes ver en la vida real, te brinda una buena manera de matar el tiempo muerto y de algún modo te acerca a aspectos chuscos o más íntimos de las personas. Pero también es una especie de trampa, una muy seductora, con ese don de los encantadores de serpientes, que te brinda la reconfortante sensación, remedio mágico de tres pesos, de imaginar que no estás tan solo como parece, aunque al salir y apagar la compu te das cuenta de lo desierta que ha quedado esta reunión. El feis te permite cruzar un saludo de dos líneas -a menudo de una economía verbal más rígida que eso- con personas que te importan, que estimas y que se encuentran muy lejanas espacial y temporalmente; te permite el consuelo estúpido de verter un poco de rencor social y entrar a un grupo para odiar al pri o al perro de calderón, o jugar al ecologista chairo y suscribir la noble causa de proteger los arbustillos de una de las 17.508 islas del archipiélago indonesio... ¿y?

Mirar y ser mirado. ¿Voyeurismo tecnológico? ¿Big brother edición bolsillo? En términos sencillos el feis se reduce al viejo juego de ver y ser vistos, y con un poco de suerte de ver sin ser visto; pero cuando hay cosas que prefieres no ver, y cuando no hay mucho interés por verte, entonces el gran invento pierde sentido. No negaré que le debo al feis elementos fundamentales de mi existencia, como descubrir que moriría cuando se diera un ataque de zombies, que si fuera un monito de 31 minutos sería guaripolo o las frases de juanga. Qué decir de la imprescindible colección de regalos chairos, de los regalos chafas, de los intelectuales donde salía yoda o de las ilustrativas estampas de la vida pipope con su aficionado chillón del puebla y su rechazado de la buap. Todas y cada una dieron sentido a mi vida durante un buen rato, eso que ni qué.

III
Ahora por fin me he armado de valor y he cerrado el feis, en un arrebato de decisión muy poco común en mí, y hacerlo ha resultado un experimento sumamente interesante. Todo el tiempo pensé en un cuento de Richard Matheson -el guionista de Twilight zone- en el que un hombre, sentado en una típica cafetería gringa, en la típica tranquilidad sosa de las cafeterías gringas, escribe nerviosamente en una pequeña libreta, mientras se enfría una taza de café a su lado. En un instante, la mesera voltea y encuentra el asiento vacío, y sobre la barra la libreta abierta, la pluma y la taza exhalando los últimos restos de humo. Al leer las notas escritas por aquel desconocido se encuentra con el testimonio de la locura. La escritura, de trazos rápidos y desequilibrados, cuentan cómo, por misteriosos sortilegios, han ido desapareciendo las personas en la vida de aquel que escribía, esfumándose sin dejar vestigio alguno tras de sí. Como se adivina, la narración se interrumpe abruptamente en medio de una línea que queda en el aire. El hombre desapareció.

Así fue cerrar el feis, una existencia alterna al plano de lo real, que se desarrollaba con amigos y bromas y semiconversaciones y fotos, donde de repente, por similares sortilegios, se ha agotado de un segundo para otro. Se borraron los comentarios que tan sólo unas horas antes había puesto en las páginas de los amigos, se fueron las fotos y las bromas; simplemente yo nunca existí. Y mañana, cuando esas personas entren a su perfil, todo será exactamente igual, pues ni siquiera ha quedado un cuadernillo con una historia a medias ni la taza de café. Imagino que mañana nadie recordará que hubo un tal daniel ireneo morris que comentó tal o cual cosa estúpida, mañana no habrá ausencia, pues ni siquiera quedó un hueco que le recuerde.

Es impresionante, una desaparición que tiene tintes de suicidio y de amnesia estilo eterno resplandor... No es como las desapariciones chafas que ocurrían en las fotos cuando Michael J. Fox alteraba el pasado en las pelis de volver al futuro, esas donde quedaba el espacio vacío de la persona en la instantánea familiar. Se parece más -con las debidas proporciones- al testimonio que le escuché a una señora en el campo de la ESMA (Escuela Superior de Mecánica) de lo que le sucedió en tiempos de la dictadura argentina. La mujer contaba cómo, ante la vista impotente de los compañeros de laburo, los esbirros secuestraron a uno de ellos, arrojándolo al piso de un ford falcon, huyendo a toda velocidad. Días después, cuando la mujer comentó el hecho con los compañeros que también habían presenciado el hecho, todos la miraron con una cara que decía "¿pero de qué mierda estás hablando?". "¿Miguel? ¿Cual Miguel? Aquí nunca trabajó nadie con ese nombre". Eso es desaparecer.

IV
Vaya, mi café se enfría. Vencer la lógica de lo que suponemos debe ser. La noción de que algo desaparezca es simplemente insoportable, pues aterra pensar que en cualquier momento nos puede suceder a nosotros. Es más temible que la idea de la muerte misma, pues del muerto se conserva una memoria y de quien desaparece al estilo feis, al estilo eterno resplandor, al estilo Matheson, no. ¿Y si en realidad eso fuese posible? ¿Si alguien al voltear la esquina delante de nosotros, al salir de nuestro espectro visual, simplemente se esfumara en el aire sin dejar un pasado detrás? ¿Y si alguien desapareció de la mesa de un café en la esquina de Córdoba y Callao? ¿Qué haríamos frente a un Ireneo Morris, cuyo avión desaparece en pleno vuelo? ¿Cómo podríamos soportar tal aberración, sin qu