jueves, 25 de noviembre de 2010

cajita de pasos perdidos

Tristemente un día se me ocurrió ceder a la tentación de abrir un blog. Triste porque encierra cuadros que, de no estar aquí, con un poco de fortuna tal vez hubiera ya olvidado; recuerdos de horas desoladas, que no es grato volver a visitar, y de días felices, que son los peores. Pero ahí están, para bien y para mal, esos vestigios de una vida ordinaria, y al mirarlos caigo en la cuenta de que lo peor de todo es que, de un tiempo para acá, se me han desaparecido las historias.

La última historia que pude contar, la historia más bella que conozco, la dibujé sobre la piel de una mujer maravillosa. Se la dejé ahí, escrita con una caligrafía invisible que sólo nosotros dos podíamos comprender, pensando que sólo así sobreviviría al tiempo y a la adversidad, y le rogué que, pasara lo que pasara, no la olvidara. Aún sin confesarlo, entre otras ingenuidades, creía que existían cosas capaces de escapar a lo efímero. Pero un buen  día ella se fue y la historia fue olvidada, como tal vez debía suceder.
Desde entonces, la vida se ha reducido a extrañar las historias que me narraba mi mujer eterna, la vieja Nata, a un par de abrazos de mis amigos y a un cuento de tres líneas insulsas que resumen todas las tardes perdidas en la mesa de un café. Sólo soy capaz de recordar algunas noches sin luna, un par de historias de Paul Auster y una escena de La Peste. A eso se reduce casi un año de camino.  

Al calor de la batalla sólo he aprendido que la vida se reduce a una cosa simple y elemental: conocer nuevas historias. Por eso existe la literatura y la palabra, por eso la gente se encierra dos horas en la soledad de los cines, y guarda fotografías y tararea canciones mientras sale a caminar sin un destino planeado, por la avidez con que busca nuevas historias donde leerse, nuevas experiencias donde vivirse. Creo que esa necesidad de historias es el viento que impulsa la nave, el único remedio posible contra la vida vacía. Entonces este pequeño espacio, de por sí tan modesto, se me ha venido a menos de modo tan dramático por no tener alguna historia pequeña que llevarse a la boca, contando una existencia fragmentaria, carente de imaginación y de cosas que narrar. Este blog, esta vida, se me convirtió de repente en una cajita de pasos perdidos.

Pero esta tarde, en que como otras he corrido a cazar historias a un cine, unas líneas en una novela estupenda, una peli de Woody Allen y la fortuna de encontrarme con algunos conocidos del pasado, me han hecho recordar de qué se trata este oficio de respirar, y que tal vez, uno nunca sabe, la casualidad puede traer nuevos relatos que contar. Esta tarde sencilla he entendido que aún los pasos perdidos pueden llegar a algún lugar.

...descubrió que sus pasos, al no llevarlo a ninguna parte, lo conducían al interior de sí mismo. Estaba haciendo un viaje interior, y se encontraba perdido, pero lejos de preocuparlo, esta idea se convirtió en fuente de felicidad y alborozo... y entonces se dijo a sí mismo, con un tono casi triunfante: Estoy perdido.
Auster. La invención de la soledad  

lunes, 8 de noviembre de 2010

jirones

Hay un ejército anónimo recorriendo la ciudad, una horda de hombres y mujeres de tela, que en silencio y con la frente caída avanzan a ningún lado, sin rumbo, sembrando pasos que no darán fruto alguno. Ahí van, con la vida hecha jirones, sin poder reconocerse en el pasado, y los miro deambular, exentos de la terrible tentación de albergar esperanzas, perdidos en monólogos absurdos, cada uno con su propia desdicha a cuestas, sin ni siquiera tomarse la molestia de mirar al frente. ¿Qué caso tendría hacerlo, si no existe el mañana ni el lugar a donde van?
No tienen ojos, bocas ni oídos, para qué, si no hay otros ojos en los que puedan verse reflejados, si no hay nadie que escuche o que pronuncie su nombre. Sólo tienen pies para poder disolverse en la indiferencia de la ciudad. Sólo marchan, arrastrando el rumor de sus plantas sobre las piedras curtidas por los siglos. Si uno se les acerca un poco, puede escucharles los recuerdos, las falsas memorias de todas sus derrotas. Son sólo eso, un batallón de vencidos, exhaustos y destrozados.


Ellos lo saben: Nada te importa en la ciudad si nadie espera...  


domingo, 17 de octubre de 2010

déjà vu

Sólo borronear algo, sin importancia, cerrar los ojos y soltar la mano mientras aguardo la cita con el amanecer. Sólo un cigarrillo más, qué importa. Sólo salir por la ciudad y tomar cualquier calle, doblando esquinas al azar. Solo.
En esas tardes sólo me pierdo por ahí, dejándome arrastrar por la gente o por la inercia, con pasos lentos y mirada baja, como buscando un rastro que seguir. Escucho una voz mencionar Horizonte 107.9, ¿qué? el radio, escuchar esa estación de radio por las noches, mientras hacía una tesis, ...en una casa, un lugar que era mío. Había alguien, una mujer, lentes, leer, fumar en las noches mientras sonaba alguna pieza lenta en el radio...
Frío que se disfruta, de vientos tristes que juegan con el cabello y penetran en los huesos. Una tarde sentí el mismo frío y el mismo sol suave y el mismo gusto, una tarde en un mercado, con una calaverita de cartón, roja, un diablo, entre las manos. Un regalo, un cactus. Alguien a quien le gustaban los cactus y le desagradaba el viento; alguien que me dijo que no sabía estar solo...
Entre viejas copias que arrastro desde hace años encuentro una escritura que no pertenece a mi mano, una frase al margen, una caricia de letritas dejada así, como al paso, como una trampa, como un vestigio de pueblos antiguos, una piecita de barro perdida entre arenas insondables de tiempo, un vestigio de la imaginación.
A cada paso saltan señales que no sé interpretar, déjà vu, esto lo viví, alguna vez... supongo que en otra vida,   supongo que alguna vez fui otro... ¿Cómo me llamaría entonces? Samsa, me gusta Samsa... Claro, de nuevo inventando memorias de algo que he hurtado de un libro, tiene que ser eso, tienen que ser las copias de alguien más, porque es estúpido concebir que existen vidas anteriores, e igualmente absurdo sospechar que he encontrado la manera de robar los recuerdos de otro. Claro, sólo invento... ¿Donde lo leí? no recuerdo... pero tengo la sensación de que fue una historia bella.

domingo, 26 de septiembre de 2010

sin nada que decir

Carajo, lo mucho que me gustaría tener algo que escribir, alguna idea medianamente jocosa que me tirara de la mano y me sacara dos líneas por lo menos bien articuladas, pero no la hay, y el post 50 sigue esperando. Entre la bulla de los días pasados quería contar cómo la banda se tomaba las calles el 14 de septiembre, danzando con sus chavitos del brazo en medio de los vendedores ambulantes de Madero, tan sólo para que los chamacos contemplaran el alumbrado del zócalo, de ese zócalo que les estaría prohibido al día siguiente. Disfruté tanto esa tarde, despachando unos esquites y deambulando entre el leperaje que ha resistido cien y doscientos años y más, con el orgullo de ser de los de a pie, de los que tampoco entrarían a la plaza, y con mi propio ñamñito que contemplaba admirado tanto foquito, que al final no pude traducirlo a palabras. 
Después se vino una celebración mítica, los cien años de la madre de este país, la bella Universidad Nacional Autónoma de México, y el gozo y el orgullo me abrumaron hasta pensar que no había más que anotar que la UNAM es un amor para toda la vida, como lo siente cualquiera que haya pasado por ahí.
Y hoy, cansado de tantas horas iguales frente a la máquina, sólo espero ver salir el sol, que a pasos lentos se viene insinuando en este cielo parduzco, sin tener nada que decir. Es este el momento en que queda en la cajetilla el último cigarrillo, en que ya no tiene caso pensar en la siguiente taza de café, cuando se está molido, con la espalda partida y el estómago destrozado y los miembros entumecidos por el frío y la monotonía, pero con la fatiga que se disuelve en un extraño sentimiento de satisfacción por haber avanzado un par de pasos en la batalla de la tesis. Comienza a clarear, en el mundo despiertan despacio los sonidos de la vida cotidiana y las sombras, que me acompañaron la jornada entera, por fin se largan a dormir. 
Arde la braza en la punta de este último sobreviviente. Es el principio del fin y yo no he dado con algo que justifique un post. Sólo tengo una idea en la cabeza, la de que esperan muchas noches como ésta, de letras cansadas y sabor metálico en la boca, y no se si podré  soportarlo. Tengo miedo, demasiado; tengo la voz de mi asesora preguntando ¿sabes lo que es trabajar bajo presión?, pero también tengo la sonrisa que le he arrancado con la noticia a un puñado de seres imprescindibles. Por más increíble que resulte, cuando no había para donde tirar, se ha presentado un nuevo anzuelo para la curiosidad: un doctorado. Quien lo diría.
Me rindo, el post 50 se irá sin nada que decir. Ya debe haber una tiendita abierta y se me ocurre un café. Sale el sol.     

lunes, 6 de septiembre de 2010

matando la tarde con un tal Pérez

En este mundo hay dos tipos de personas: los que pueden darse el lujo de pronunciar la frase "en este mundo hay dos tipos de personas" sin correr el riesgo de quedar como verdaderos estúpidos, y los que están condenados a todo lo contrario. Para variar me encuentro en el tipo b, por eso nunca uso tan buena frase más allá de la ironía, porque respeto mucho a los del tipo a. Para ser del tipo a se debe ser gente muy bragada, muy bien puesta en el oficio de conocer a los hombres, y de preferencia tener el semblante, el poncho y el sombrero de Clint Eatswood en el bueno, el malo y el feo. Si usted no cuenta con esto y se atreve a decir esa frase, resígnese a quedar como un simple y vulgar pelotudo pajaronalgón.
El caso es que creo que en este mundo no hay dos, sino tres tipos de personas: los iluminados que se precian de saber de literatura -incluso a veces en realidad saben- y desfilan exhibiendo su escandaloso plumaje por la vida; los que no han olvidado que ante todo la lectura y el disfrute de la literatura es la actividad lúdica por antonomasia; y los que viven bien sin pensar en cuestiones tan imbéciles como ésta. Entre la gente de los tres tipos que conozco, creo que sólo una vez le he escuchado decir a alguien que disfrutaba con una novela de Pérez-Reverte. Pareciera ser que las divinas garzas ilustradas consideraran las novelas de este flaco como un objeto menor, sin arte, literatura muy alfaguara -aunque pudieran ser lectores de closet de este autor- y por ello indigna de sus profundas cavilaciones, lo que al Reverte, me gusta imaginar, debe llenarle de tranquilidad. Supongo que los y las que viven sin llenarse de pajas sobre libros, difícilmente les importará de qué hablo, pero apuesto que si les contara alguna de sus tramas les encantaría. En cambio, a los que son lectores por el puro gusto nomás, pa darle hilacha al vuelo de la imaginación, las novelas del Arturo tal constituyen siempre un placer, como una buena tarde de tragos, un gol del triunfo o alguna vaina por el estilo.
Al tal Pérez se le da lo más de bien el difícil arte de contar historias, y se las sabe de  piratas, libreros, ajedrecistas, coleccionistas de arte o espadachines de la vieja guardia. Por eso da gusto leerlo, porque el tipo no ha olvidado el valor que tiene una buena historia y la gracia que es necesaria pa contarla, con el ritmo y el tono idóneo, imprimiéndole a la mujer misteriosa el cabello más hermoso, el sonido seco a los golpes en las peleas de tugurio y la belleza a los cuentos de fracaso. Así que en medio de esta tarde, en que le di de palos a una tesis que jamás terminará por ser decente, me rendí y acudí a husmear consuelo en las cajas. En una de Ariel encontré "La carta esférica", que quise leer desde hace años y que olvidé cuándo compré. De un manotazo me espanté el bicho del remordimiento de "perder" el tiempo en "novelitas" y me tiré a fondo, como en los viejos buenos tiempos, con nescafé frío y cigarrito, a encontrarme con este flaco al que tenía rato de no visitar. Claro, como suele suceder con este buen conversador, y con un escucha que viene pensando mucho en viajes fallidos y corazones ligeros de equipaje, bastó que me contara un par de líneas de la historia de un marinero condenado a tierra, para que me sintiese de nuevo en casa, en una casa.

Entonces él todavía miraba determinadas cosas desde lejos, o desde afuera [...] Pero ahora con la certeza, más próxima al alivio que a la decepción, de que ninguna de aquellas inquietantes maravillas le estaba destinada. En su caso, saberse fuera del circuito, conocer la ausencia de su nombre en la lista de los Reyes Magos, lo tranquilizaba. Era bueno no esperar nada de la gente, y que la bolsa de viaje fuese lo bastante ligera como para echársela al hombro y caminar hasta el puerto más próximo sin lamentar lo que se dejaba atrás. Bienvenidos a bordo.          

domingo, 5 de septiembre de 2010

pequeña noche de inmensa luz

Es una noche linda, relinda, con la lluvia vuelta gotas que brincan aquí y allá, una luz que brinda refugio y esta mesita casi a la intemperie. Es una noche alegre aunque no hay nadie que ría; no hay nadie, y a la vez están los que siempre están. Me siento bobo porque el cariño se me sale por los poros, y entonces es como si alrededor de esta mesita de madrugada estuvieran las personas que quiero tanto. Miro a la bella Nata sonreirme y me hundo en la bondad de esos ojitos cálidos y tiernos. Como te quiero vieja, como te siento tan cerca, tanto que casi puedo pasear los dedos por las arruguitas de esas manos que siempre besé. Gracias por venir, mi corazón. Mira, están mis amigos, los que se han bancado muchas tardes de café y muchas jornadas menos afortunadas, como los grandes, aguantando siempre la rabia y la tristeza, siempre colocando la mano en el hombro y celebrando las risas y los silencios. A ellos vieja, sin mentirte, les debo la vida. 
Todos te echamos de menos, los que conociste y los que, por las prisas del viaje, no pude darme el gusto de presentarte, pero que han escuchado tanto de lo bella que eres que te quieren igual. A ella le conoces de siempre, porque nuestra amistad es vieja y fuerte como los árboles de grandes sombras. A ella le dijiste que niña tan linda cuando le conociste, y mira, ellos son mis carnales, unos chairos que me encontré en Tlacotalpan y que no te quisieron despertar aquella noche. Su cariño es de las cosas más grandes que me han pasado en la vida, y seguro has visto lo que han hecho por mí. ¿Los otros dos pelotudos? andan por ahí, hace rato que no les veo, pero ahí siguen los chavales, echándote de menos. ¿Los demás? y no sé vieja, andarán caminando por senderos que les llevaron lejos, tu sabes cómo es esto, pero igual te mandan saludos. Ahora vieja date la vueltita por casa y dale un beso a los demás, que no me perdonarían si se enteraran que has pasado a saludarme. Asómate un poco a sus sueños para que veas que siempre te sueñan en cosas bonitas. Les harás tan felices.
Gracias por venir vieja, me has inundado el corazón de caricias y de flores. Abraza a la Negra y a la abuela Manuela y ven siempre que puedas, que siempre tengo un beso que te está esperando. Siempre.        

sábado, 21 de agosto de 2010

I read the news today... Un día en la vida, tan sólo uno más...

Woke up, fell out of bed,
Dragged a comb across my head
Found my way downstairs and drank a cup,
And looking up I noticed I was late.

Found my coat and grabbed my hat
Made the bus in seconds flat
Found my way upstairs and had a smoke
Somebody spoke and I went into a dream...

Despertar tarde, mirar esa hora de más en el reloj y hacerse a la idea de que hoy tampoco habrá desayuno. Entrar al agua caliente y agradecer este legado de la sensibilidad burguesa del siglo xix. Despedir con nostalgia la taza de café que no bebí, cerrar la puerta a mis espaldas, y con el chasquido de la cerradura adquirir la conciencia de que me he dejado la llave dentro. Enfrentar un sol que reverbera sobre las aceras con desfachatada alegría, mirar a la señora que lleva al chavalito a la escuela y aceptar sin más remedio esa íntima veta de optimismo estúpido, que me hace imaginar, ante despertares como éste, que hoy sólo puede ser un gran día. 
Mil o diez mil almas en un vagón del metro con las que durante siete estaciones comparto las prisas de siempre. En el paseo distraído de la mirada sobre los compañeros de esta efímera comuna, encontrar al hombre que lee el diario amarillista de tres pesos, y por rutina husmear en los encabezados la desgracia de hoy: POR SIETE VAROS... No quiero ver más, no es necesario, ya sé que han matado a un pobre infeliz por unas cuantas monedas. ¡Putas madres!, en qué nos hemos convertido. Salir corriendo del vagón y justo unos pasos antes de regresar a ese sol radiante, a ese día que es mi pequeña trinchera de vida, caer en la trampa, dando de frente con la primera plana de aquel diario: una mujer que no rebasó los treinta años, yace en medio de un mar obscuro que mana del pequeño orificio en su frente. Bajo la leyenda de los siete varos, en letras más pequeñas, distingo la palabra "maestra" y aprieto el paso, como un idiota, incapaz de soportar más...
Salto a la calle sin comprender qué es lo que ha sucedido y miro a la gente con el rostro desencajado, queriendo gritarles ¡auxilio! ¡llamen a una ambulancia!, que allá abajo, en el metro, ha ocurrido la peor desgracia de la historia...         que nos hemos convertido en unas malditas bestias sin alma, que sólo era una maestra, que tenía sueños y planes y amores y sonrisas...        ¡y por qué coño nadie llama a la ambulancia! que en la foto de ese pasquín de mierda vi la mirada extinta de esos ojos...        ¡que le han disparado a una mujer!... ... ... ...    
           pero el grito, el horror, el dolor, se ahoga en mi garganta, mientras las personas pasan a mi lado mirándome con indiferencia. ¿Es que acaso no se dan cuenta? ¿Como pueden seguir viviendo con la vergüenza de compartir la especie con el cerdo que fue capaz de cometer semejante atrocidad? ¿De donde sacó estómago el sujeto del metro para contemplar tal crimen y cambiar la página y buscar la foto de la mujer  en pelotas o las notas del futbol? No lo puedo comprender. Cruzo la avenida y miro a dos mujeres que vienen en dirección contraria, apuradas en el camino de su rutina diaria y pienso que tal vez ellas también sean maestras; que aquella mujer que yace en el metro ayer se levantó pensando que debía pagar la luz y que llegaría tarde al trabajo por el tráfico, que olvidó apagar el boiler, que le gustaría ir al cine en estos días, que era un día más, sólo un día más...
...                                                    
    ...
        ...
Con la muerte de esa mujer se me murió un poco de humanidad. El trabajo no ayudó mucho, pasando horas leyendo notas del periódico sobre la violencia y el narcotráfico. Sicarios lo acribillan al salir de su hogar; aparecieron diez amordazados y con tiro de gracia; el hoy occiso fungía como alcalde; se presumen nexos con el cartel de, el presidente se mostró optimista por los logros obtenidos en la lucha contra el crimen organizado; los cuerpos sin vida de las tres mujeres fueron hallados. No encuentro un mínimo pretexto para reconciliarme con el género humano. 
Por la tarde acompaño a una bella mujer que se dirige a tomar un autobús; frente a un elevador, sin pretexto alguno, me dice que me quiere y me regala una sonrisa dulce y un abrazo. En los ojos de mi amiga veo reflejado el cariño que le tengo y reparo en que no pasa un sólo día sin que pueda guardarme las ganas de decirle cuanto le quiero y el agradecimiento inconmensurable que le tengo; nos despedimos. Más tarde, en un café al que no me había atrevido a llegar desde aquella tarde lluviosa, abrazo a mi carnalita teporocha, y la noche nos encuentra riéndonos de nosotros mismos, de nuestros días más afortunados y nuestras pequeñas miserias cotidianas, comiendo un churro en una banca. Reunimos nuestras pocas monedas y bebemos cerveza, hablando del gusto de una vieja novela que no sabíamos que compartíamos, de la pura buena onda que es el Uruguay y de bichos, con un enano de ocho años disfrazado de hombre araña. 
Regreso a casa en la última corrida del metro. Frente a mí viajan una chica pelirroja y un chabón cagados de risa, de esa risa de carnales que vale por todos los reinos de este mundo. Salgo y camino por Tlalpan. Un chaval enfundado en minifalda, top y zapatillas me pide un cigarrillo que le ayude a bancarse el frío de la noche. Que haya suerte, le digo, y me paga con una sonrisa y algunas palabras que no alcanzo a distinguir. Cruzo con algunos hombres y mujeres que se preparan para una nueva jornada, jugándose la vida en los desolados parajes de la prostitución, un día más, tan sólo un día más.

En la soledad de las calles un viento fresco me acaricia y mece mis cabellos descompuestos. La Brenda de mi alma, la Javi carnalita, los chabones que regalaban su risa generosa en el metro de medianoche, los seres que se baten en las calles sórdidas por lograr un pan que llevarse a la boca, esta obscuridad serena y este viento, me permiten tragar el sabor amargo de haber sido cómplice del peor crimen de la historia, hacer las pases de nuevo y encontrar el valor suficiente para aceptar que lo sublime y lo grotesco forman parte de una misma obra; el valor para encarar la primera plana de mañana. Un día más.                 
    

viernes, 6 de agosto de 2010

diatriba contra las historias de triunfo, o Grand y las trampas de la fe

Sabiduría de las enseñanzas homéricas: las historias de fracasados son las mejores. Las de triunfadores, con sus protagonistas tan perfectos, tan valientes y buenos y pulcros y bien planchados, son lineales, asquerosamente predecibles, y siempre tienen ese hediondo tufillo de superioridad. Las historias de triunfo exhiben satisfechas la zanahoria con la que guían al lector por la senda de la virtud: esas bellas lecciones de vida que ponen al optimismo y la actitud positiva como los remedios infalibles. Las historias del fracaso en cambio, dejan que el individuo se pierda en las aguas turbias del azar, aferrándose al madero que encuentre, equivocándose, tropezando, tan vulnerable y humano. Para mí esas son las imprescindibles, con sus páginas plagadas de aventuras fallidas, de proezas enanas y victorias ajenas. Las historias de fracasados no tienen pendones ni trofeos, no hay close up al rictus de dolor del protagonista un segundo antes de que aflore el heroísmo; por el contrario, el tipo nunca rescata a la chica ni gana una pelea, no huye del ridículo y no vive hambriento del aplauso, sólo vive, cargando con sus múltiples defectos, paseando su desgarbo bajo las tardes de lluvia, tranquilo, sabiendo que ya vendrán tiempos peores.

Los triunfadores y sus cuentos son tan parcos, tan insustanciales, porque tienen el camino trazado; no se equivocan porque no se dan el lujo de tomar una mala decisión. Las historias de fracasados narran las vidas de héroes mitológicos que nunca lograron engañar al cíclope,  de esos que pudieron hacer las cosas distintas, pero se saben sujetos falibles y así deciden y deciden mal. Por eso cuentan los desatinos de aquellos que miraron a los ojos a Medusa y que alguna vez intentaron seducir a las sirenas con sus cantos desafinados. Son historias pobladas tan sólo por personajes secundarios, pero por ello más auténticas, más cercanas. Sus protagonistas se revuelven entre miserias y dramas ridículos y sueños pequeños y asaltos fallidos; tipos mundanos que, a su modo extraño y particular, lograron ser un poco héroes, porque han vencido la vergüenza y la vanidad, y han aprendido a levantar su copa y brindar igual en la fortuna que en la adversidad.

Ahí está el tipo parado en medio de la estación desierta o viendo como se le esfuma la vida detrás de un escritorio. Sabe que la partida está perdida de antemano, pero eso no lo disuade de regresar a la mesa de juego y apostar la poca necedad que le queda, tener un par bajo, doblar la apuesta y seguir burlándose del infortunio. Así le corre la vida, desprovista de esperanza, pero impulsada por la curiosidad de saber ahora qué se le vendrá encima; con el ánimo de pensar que la dignidad no es una condecoración refulgente que se lleva en el pecho, sino una pequeña medalla de latón, abollada y oxidada, que se carga con cariño en el bolsillo del traje gris.

Así es la historia de Joseph Grand, un nombre secundario en La Peste. De apariencia modesta y trabajo en una dependencia fantasma, aislado por su torpeza con el lenguaje, Grand encarna la derrota, la fe perdida y la vida que se detuvo en un momento, sin que el cuerpo se le enterara. Pero continúa peleando, noche tras noche, pensando en la mujer que le ha olvidado y soñando con escribir. La obra de su vida se reduce a una sola línea, que por supuesto resulta anodina, pero él continúa siempre, buscando el adjetivo preciso, repitiendo una y otra vez el fracaso. Y sin embargo, dice el doctor Rieux sobre él, "era uno de esos hombres, tan escasos en nuestra ciudad como en cualquier otra, a los que no les falta nunca el valor para tener buenos sentimientos". Esos son los imprescindibles. 

martes, 27 de julio de 2010

Joseph Cartaphilus, vendedor de periódicos


Al mirar a aquel hombre, pequeño y ajado, encorvado sobre la mesita desvencijada que sostiene el tablero de ajedrez, no puedo evitar imaginar cuantas veces habrá jugado esa partida, u otras, de movimientos distintos, que por la fuerza de la repetición acaban siendo la misma. En él todo es viejo, como terroso, con la huella de la lenta procesión de años que le han pasado encima, en sus ropas gastadas y acaso un poco grandes, en esas botas negras y toscas con la punta despellejada, en la piel de su rostro, marcada por arrugas profundas curtidas por el sol. El cabello blanco casi azul, una breve e informe mata de pelos ralos blancos que pudiera llamarse bigote, pero sobre todo unos ojos de zorro y su mirada aguda, dan la impresión de estar frente a un viejo sabio y astuto, que encerrara más años de los que la piel pudiera contar.  
Todo en su diminuto mundo, una casetita de periódicos y la mesa improvisada para colocar el tablero, transmite esa sensación de antigüedad: revistas de modas pasadas y un par de fotos descoloridas de gran formato, que exhiben la fortaleza de un hombre levantándose del piso sobre un sólo brazo. Entre la penumbra interior de la estrecha caseta, se adivinan algunas pilas de diarios viejos y un bracero pequeño, junto a una botella con restos de salsa Valentina y un envase de Coca Cola; al fondo, dos veladoras a punto de extinguirse, dentro de una latita de chiles La Morena y de un jarro de barro, que alumbran con lo poco que les queda de vida una imagen de la Virgen María. Viejo y gastado es el tablero sobre el que disputa esa partida, con las blancas encabezadas por un diminuto soldadito de plástico, remplazando al típico peón perdido.
¿Todas juegan? pregunta el viejo a su oponente, un hombre ordinario que hace esfuerzos tremendos para seguirle la batalla. Todas juegan, responde el tipo sin hacerle mucha gracia, y sonrío con el viejo, mientras sigo la partida fascinado por aquel humilde vendedor de periódicos, tan invisible ante los ojos de los que no se preocupan por mirar. El hombre lucha, ataca, pero cae. En la nueva partida intenta una apertura distinta, alineando el alfil de su reina en diagonal con la torre. Corre el tiempo y cuando está a punto de vencer, sin saber como, es vencido. Así discurren los siguientes juegos, siempre con el mismo resultado, mientras yo no puedo seguir mi camino por el embrujo de aquel viejo. Lo que más me atrae es la manera en que pasea la mirada a través del tablero, como saltando inquieta de un escaque a otro, con la misma velocidad con que desplaza sus huestes hasta fulminar al rey enemigo. Este hombre me recuerda tanto a aquel otro que hace siglos, en un patio de la cárcel de Samarkanda, jugó muchísimo al ajedrez. De inmediato pienso en el anticuario Joseph Cartaphilus, ese que alguna vez fue Marco Flaminio Rufo, tribuno de Roma, y en lo normal que sería encontrarlo en una ciudad como ésta, vendiendo diarios en una esquina cualquiera.
El viejo se apunta una nueva campaña victoriosa con un temerario pero sutil movimiento de caballo y torre, un mate que seguramente ha jugado en alguna ocasión anterior, como seguramente ha jugado ya, por lo menos una vez, todas las combinaciones posibles del ajedrez. Enciendo un cigarrillo y al volverme para seguir mi camino, me detengo un instante, sin albergar ninguna duda, y le pregunto así, como quien pregunta sobre cualquier cosa conociendo de antemano la respuesta, qué sabe de la Odisea. Muy poco, dijo. Menos que el rapsoda más pobre. Ya habrán pasado mil cien años desde que la inventé.
              

jueves, 22 de julio de 2010

nota para regalo de bodas pincho

Ese regalo sólo se podía salvar con una explicación de por medio:

El hombre de la tienda de talavera me miró con lástima cuando le mencioné mi presupuesto. Seguro pensó que los treinta minutos que le robaría valían más que eso, pero igual se jodió, y mal disimulando la mueca de disgusto me dijo –eso sí, en el tono más amable que encontró- que por esa miseria sólo podía aspirar a un platón o a un florerito, incluso sugirió un platito-reloj que tenía la leyenda “dios bendiga este hogar”. Lo rechacé inmediatamente porque me pareció demasiado ordinario, demasiado anodino para una mujer que quiero tanto. El tipo por supuesto no se rindió y se tiró a fondo hablando de las bondades del florerito: ¡podían colocarlo en cualquier parte! ¡Era el obsequio más práctico! ¡Estaba rebonito! bueno, sí  estaba rebonito, pero sobre todo, ¡era el último recurso que le quedaba a un paria como yo para no presentarse a la boda de su carnalita con la vergüenza de las manos vacías! Esto último no lo dijo pero lo pensó todo el tiempo. Al final del estira y afloje le dije que nel, que no quería llevarme un regalo “práctico”. Quería un regalo especial.
Así, le solté que me llevaría el espejo pequeño –que había visto en la tienda de enfrente- y que gracias por su tiempo. El pobre hombre me miró iracundo, pero aún tuvo el coraje de decir que en la parte de arriba había más floreros, que un espejito era absurdo, casi una porquería inservible pues no lo podrían colgar en la sala por ser tan pequeño. Simplemente era ridículo, el regalo de bodas más ridículo que se podía imaginar.

Varias horas más tarde miro mi espejito y creo que el pobre infeliz tenía razón. Es el regalo más estúpido que mis amigos habrán de recibir. Por eso me veía obligado a agregar esta nota aclaratoria, que de haberles regalado algo práctico como una plancha o un florerito,  de haber siquiera husmeado en la mesa de regalos buscando el salerito y el pimientero, me hubiera ahorrado la pena de escribir.
Tzin, Paco, mi regalo tiene truco. Sirve para maldita la cosa, y acaso en este punto ambos están pensando que les hubiera venido mucho mejor la plancha, el florero o incluso el puto relojito de dios bendiga este hogar. Chance y hasta el Paco ha reprochado ya la ocurrencia de haberme invitado, más aún después de ser el único en ir de jeans y tenis. Pero bueno, les decía que este tal espejito tiene maña, y es que les ruego, les suplico, que sin importar donde lo cuelguen –ojalá lo cuelguen en algún lado-, cada vez que se miren, en un día cualquiera, en medio de la rutina o tras una rutinaria pelea cualquiera, se miren en él y encuentren a una persona dichosa, plena, que ha encontrado a otro ser maravilloso a quien amar, y recuerden que ese es el gran hallazgo. Quiero que se miren y sonrían por ser felices, por ser inmensamente felices. Ese es mi mayor deseo.

Después de aclarar eso, ahora sí puedo entregarles mi verdadero regalo, el que supe les daría desde el primer momento. Tranqui, es aún más estúpido que el espejo y creo que todavía más inútil. Se trata sólo de unas cuantas líneas, que para mí encierran toda la música y el sueño que debe ser esta vida. Sé que ustedes sabrán lograrlo, por eso las pongo en sus manos:

Les deseo que su vida juntos sea un hogar indestructible, que tenga “un sol en cada puerta, una luna en cada ventana y estrellas errantes en los cuartos. Que tenga un laberinto de risas, que su cocina sea cruce de caminos; su jardín, cause de todos los ríos, y ella toda, el nacimiento de los pueblos. Que cada balcón sea una patria diferente; sus muebles florecerán, de sus copas brotarán surtidores, de las sábanas, alfombras mágicas para viajar al sueño.”   
Les deseo que con hilos que unen sin atar “borden servilletas, con iniciales entrelazadas, con ese hilo mágico, irrompible, que hace de dos nombres uno, con el mismo hilo invisible que une la flor con la luz, la manzana al perfume, la mujer al hombre…

Ese es nuestro verdadero regalo, de Elena Garro y mío... ¿Qué diría el hombre de la tienda si se enterara de esto?