jueves, 10 de marzo de 2011

crónicas del expreso doble

Aburrido de estar aburrido se me ocurre que me gusta una chica. La puedo ver algo difusa, cuatro mesas más allá. Es un perfil, una piel que luce delicada y un lindo cabello del color de la noche. Es tan sólo eso, una chica más sentada en un café, sin rostro ni nombre, de la que sólo sé que es delgada y que me gusta la manera en que coloca su mano izquierda en el aire, sobre la nada, como acariciándola con esa indiferente suavidad. Me ha gustado esa mujer que es como cualquier otra, sin que me importe conocer la silueta de sus labios o el color de sus ojos. No me ha atraído por ser particularmente linda o notoria, sino solamente por esa manera en que descansa los codos sobre la mesa, mientras conversa con su amiga frente a una taza de café. Se la ve tan relajada así, tan propia en el cotidiano ejercicio de llevar la vida y dejarse ir en sus aguas. Acaso me he enamorado en estos pocos minutos, otra vez, como tantas otras, cumpliendo la rutina de enamorarse y abandonarse en un simple trayecto de autobús, en un simple cruce sobre la acera o en cualquier otra situación igualmente absurda. Pero no soy tan estúpido como para ignorar que no me he enamorado en absoluto, y que lo único que sucede aquí es una vuelta de tuerca más al inocente juego de imaginar lo que podría ser y no será. Ahora mismo podría levantarme y sortear la azarosa travesía de los seis metros que me separan de su mesa, con pasos torpes que mal intenten simular seguridad, llegarme hasta ella y mirarle a los ojos. Tal vez sea ese el momento en que, por primera vez en la vida, tenga algo inteligente que decir, en que asome a mis labios la frase correcta, el encantamiento que logre mover la roca a la puerta de la cueva. Tal vez, imagino con cándida imbecilidad, mi grisura encierre algo que le pueda despertar curiosidad. 
Comienzan a levantar las mesas, el café está a punto de cerrar y nuestra historia se despeña en la inminencia del olvido, nuestro romance que sí, fue un tanto breve, pero no por eso ha quedado exento de un adiós tan doloroso como el que más. Me quedo inmóvil en mi silla, preguntándome qué fue lo que falló, rebuscando en los detalles de nuestro pasado qué fue lo que hice mal. Supongo que el primer error y el más grande de todos los que cometí con ella fue enamorarme de un perfil un cabello y una mano; el segundo, no habérselo dicho. Dejo unas monedas sobre la mesa y salgo a la calle solitaria sin mirar atrás.    

jueves, 3 de marzo de 2011

minería 2011, sobre lo aburrida que es una feria de libros sin plata y sin agallas para robar

Como sucede cada año, al salir de ahí, con las pocas y humildes presas que logré cazar -y que seguramente no habré de leer, como ha sucedido con las presas de los años anteriores-, prometí al cielo no volver el año siguiente, ritual que también se repite cada año. La feria del libro de Minería es la mayor cita editorial para esta ciudad, superando en glamour a la feria del zócalo, más linda porque se puede fumar, y a las pequeñas ferias de saldos que de un tiempo para acá viene organizando Paco Taibo, y para los parias que no contamos con la plata suficiente para pagarnos la vuelta a tierras cristeras, significa la mejor alternativa para practicar algunas horas el bello deporte de morbosear libros, meterle mano a un par, y devolverlos al estante preguntando cómo mierda piensan las editoriales que les podría pagar semejante suma.
Como cada año, tal vez atraído por las muchas y los muchos que se apelotonaban a la entrada, palpé en mi bolsillo trasero el par de billetes de baja estofa que traía, espanté de un manotazo el recuerdo de la promesa que formulé la última vez, y me deje llevar por el canto de las sirenas editoras. De nuevo el inmenso stand de la unam, sólo atractivo para los entendidos; de nuevo el patio central con los grandes dinosaurios: Alfaguara, Océano, Grijalbo y vainas similares, de nuevo todo. Una vueltita rápida por los libros de academia, nomás por no dejar, y rápido lanzarse a los sitios de saldos. Ya se sabe que Siglo XXI siempre saca vejestorios nada despreciables de sus bodegas, que Planeta monta en un rincón una mesa de saldos, que Proceso pone las ediciones especiales diez varos por debajo y que en un pasillo hay un hombre gordo de gafas que remata una ensalada de cosas publicadas por Mondadori, así que sin dilación me encaminé en la peregrinación de los saldos y piojitos, únicos materiales accesibles para un bolsillo con más sueños y buenas intenciones que monedas.
La primera escala cumplió con lo previsto: tres mesas llenas de viejos estudios sobre movimientos sociales, libros de economía (zzzzzz) y uno que otro remilgo decente. En los muros, libros bonitos por los que esperaré diez años hasta que Siglo XXI los coloque en la mesa para mortales, bajo el cartelito amarillo de "ofertas". Segunda escala: Planeta. Entrando, inmediatamente a mano derecha, una veintena de títulos de Seix Barral España, interesantes y ridículamente caros, que me hacen imaginar que, por ese precio, seguro un tipo los trajo a nado por todo el Atlántico. Hola y con permiso, que mi cita está al fondo, en la mesa de sal... ¿y la mesa de saldos? ¡hijos de la chingada!, esta vez no les dio la gana sacar libros para los de a pie, y donde en años anteriores estuvo alguna cosa de Bioy Casares, de Kawabata o algún somnoliento título de historia de Crítica en cuarenta varitos, ahora no había más que bestselleros. Va ojetes, esta no se las perdonaré.
Me recobro como puedo y con mi presupuesto ridículo subo a ver a los de Proceso. Con ellos no hay falla, son banda. Bajo y veo al gordo de gafas, fiel a la cita, con su revoltura de feng shui para el baño y superación personal, pero que no deja de tener alguna cosa interesante medio escondida. Para mi pueril poder adquisitivo ahí acabó la feria. Lo demás fueron pasos ociosos entre precios de primer mundo. El pabellón de la belleza con Acantilado, Siruela y Anagrama, reservando sus encantos para billeteras más gordas y cultas que la mía; la galería de arte en las portadas de Alianza, la letra gourmet de alguna editorial española ($350 por una pequeña edición muy mona de El fantasma de Canterville, jo! supongo que lo editó el mismísimo Gutenberg en persona) y sefiní. Alfaguara con sus montañas de lo mismo pero más caro, Océano con su catálogo aburrido y a precio de oro, Tusquets con la nueva de Murakami, al mismo precio que en Gandhi. Chido. 
Salgo a la calle con un librito sobre la cultura del 900, para enterarme de quien era el tal Joyce, el tal Musil y demás tales, un libro sobre los últimos conocimientos que se tienen sobre el sueño y otro de Pérez Tamayo sobre enfermedades viejas, mis salditos de Siglo XXI, y al mirarlos me pregunto si alguna vez en la vida los leeré. Conozco la respuesta. Creo que lo único que leeré son las memorias de Elenita Garro sobre la España del '37 y el de Fresán que rescaté entre los tratados doctorales del feng shui y dietas milagrosas sin dejar de comer. Caigo en la cuenta de que antes las ferias eran más chéveres, porque guardaban la expectativa de un posible robo furtivo, de esos tres segundos de descuido en que me podía hacer de alguna cosa, pero ahora soy más veterano, más cobarde y pusilánime. Me resigno, levanto a los cielos la mirada y el puño, y en silencio me prometo que no volveré al siguiente año.

                  

sábado, 29 de enero de 2011

solitude

Canción para acompañar al Libro de la Memoria. Soledad, interpretada por Billie Holiday, en la grabación del 9 de mayo de 1941. Billie Holiday y su orquesta. Duración: tres minutos y quince segundos. Como sigue: "En mi soledad me persigues / con sueños de días pasados. / En mi soledad te burlas de mí / con recuerdos que nunca mueren ... etcétera. Con reconocimientos a D. Ellington, E. De Lange e I. Mills. 
Auster, El libro de la memoria


jueves, 16 de diciembre de 2010

uno de tantos ensayos

Hoy llegó una de esas mañanas en que uno despierta entre arenas movedizas, todavía lanzando desesperados manotazos al sueño que se escurre entre los últimos restos de la noche.  Fue una de esas mañanas tan habituales hasta hace unos meses y que había logrado ir dejando de a poco. Te soñé, una vez más.
Habrá sido porque ayer pensé en que Emilia es un buen nombre para una niña, o tal vez porque anoche, entre trago y trago, regresé al viejo deporte de hablar de ti. Mi víctima, alguien que te conoció hace un par de años, se desquitó soltando a quemarropa la pregunta inevitable. Claro, dije, sin dudarlo un sólo instante. Claro que volvería a ese lugar. Mi respuesta era demasiado predecible.
Los sueños son el museo del ayer y la fábrica del mañana, dice Fresán, y no sé por qué ayer te dignaste a visitarme, si tu silencio ha sido implacable durante todos estos meses, tanto que hasta en los sueños me habías abandonado. Pero ahí estabas, tan bella como te recuerdo. Y hoy, hace un instante, mientras intentaba recuperarme de la resaca de extrañarte, la casualidad ha tocado a la puerta, dejando en el buzón un correo tuyo, después de una ausencia tan larga. Creo que te fabriqué al soñarte. Si es así, ¿funcionará si te sueño cada noche? 
Puedo pasarme la vida intentándolo



lunes, 29 de noviembre de 2010

Apenas un segundo de inmersión

Una de las primeras cosas que quedaron proscritas fue Radiohead, porque olía demasiado a casa y porque sonaba demasiado a ti. Sobre todo, porque me arrastraba a una obscuridad y una historia y una mano contando una historia sobre esa otra mano en la obscuridad, y el llanto y los años y la tristeza que, adivinaba, habría de terminar con los años y el amor. Por eso quedó proscrito cuando ni siquiera me quedó el valor de calzarme un par de audífonos y salir a patear la tarde, acompasando mi miseria con el Kid A, just like the old old times.

¿Con quien hablas? otra vez debajo de un árbol charlando con fantasmas, pobre imbécil.

Ya te decía, que la música se fue al carajo, y en su lugar sólo quedó ruido, y tras el ruido silencio, un silencio espeso, impenetrable, como el que debe habitar en el fondo de los mares. Profundidad, abajo, más abajo, perdiéndose en la inconmensurable lejanía que separa las rocas del viento y a los vivos de los muertos. Sé que entiendes de qué hablo, que también sentiste los pulmones invadidos de nada y los ojos llenos de obscuridad. Y allá abajo entendí lo que no pude saber en tantos años, cuando en mitad de la inmersión, incapaz de soportarlo, aterrado por la asfixia, soltaba tu mano y braceaba desesperado hacia la superficie. Entendí muchas cosas entonces y muchas de tus palabras adquirieron sentido, sólo hasta que las escuché en medio del silencio.
¿Cobardía? ¿Imbecilidad? ¿Egoísmo? fue todo y fue que soy demasiado simple para comprender tantas cosas que me superan. La gente teme a lo que es incapaz de entender. Pero cuando se está en aquel lugar, en el reino de los sueños sin sueños, atrapado en uno mismo, sólo hay una persona con quien hablar. Le dije que se había equivocado tanto, que una disculpa no bastaba cuando no fue capaz de retener el aire unos cuantos segundos más y tirar y dejar la vida tirando, y mientras hablaba levantaba la mirada, buscando una mano que de repente rompiera la inmovilidad de ese dulce sepulcro salado, una mano que, bien lo sabía, no habría de llegar.
¿Que tiene que ver Radiohead con todo esto? por supuesto nada. Supongo que tras tanto tiempo abajo me quedó la costumbre de perderme en monólogos obtusos. Poco a poco, con el ritmo lentísimo que se debe guardar en ascensos de ese tipo, emprendí la vuelta. Tomó su tiempo pues los pulmones debían ajustarse a los cambios de presión y acostumbrarse poco a poco a la sensación de respirar, pero hubo un par de manos que jalaron de mí, pacientemente, hasta acercarme a la claridad. Abajo dejé muchas cosas cuyo peso no podía soportar, y las junté todas y les encimé algunas rocas, y en esos lechos donde no hay tiempo ni memoria yacen aún, sepultadas por la noche. Y una vez afuera empecé por inventarme un nombre nuevo, algo sencillo, ordinario en buena medida, pero cálido, y volví a aprender el complejo mecanismo que suma un movimiento de los labios a otro para producir sonidos y el que pone un pie delante del otro, flexionar ligeramente la rodilla y levantar el pie que se quedó atrás para impulsarlo hacia el frente mientras el primer pie sostiene la masa corporal, en el delicado equilibrio de un instante, hasta que el otro se planta y todo se repite. Es todo muy complejo y ha costado trabajo asimilarlo, pero voy mejorando.
Y cuando la gente me ve ahora, con mi piel teñida de una ligera tonalidad verdosa apenas perceptible, ensayando con torpeza lo aprendido, experimentan un momentáneo desconcierto, un vago dejo de repulsión que adivino en sus miradas, porque intuyen que no soy del todo como ellos. Tienen razón, porque por mucho que me esfuerzo por vestirme en eso que llaman normalidad, uno nunca vuelve a ser el que era antes de estar en las profundidades. Por eso, de vez en vez, en vez, no puedo evitar recordar ese tiempo que pasé sumergido en la noche sin estrellas, experimentar en la piel de nuevo el frío absoluto que envolvía mi cuerpo inmóvil. Por eso cuando quedo solo en medio de esta noche de grillos y de aire, casi siempre dejo ir unos segundos sin respirar, imaginando con nostalgia el limo que ha brotado sobre las piedras que cubren los restos, invocándote con el silencio de los pensamientos, porque algo de las profundidades quedó en mí.

Qué estúpido. Sólo quería decir que esta noche volví a escuchar a Radiohead.       

 

jueves, 25 de noviembre de 2010

cajita de pasos perdidos

Tristemente un día se me ocurrió ceder a la tentación de abrir un blog. Triste porque encierra cuadros que, de no estar aquí, con un poco de fortuna tal vez hubiera ya olvidado; recuerdos de horas desoladas, que no es grato volver a visitar, y de días felices, que son los peores. Pero ahí están, para bien y para mal, esos vestigios de una vida ordinaria, y al mirarlos caigo en la cuenta de que lo peor de todo es que, de un tiempo para acá, se me han desaparecido las historias.

La última historia que pude contar, la historia más bella que conozco, la dibujé sobre la piel de una mujer maravillosa. Se la dejé ahí, escrita con una caligrafía invisible que sólo nosotros dos podíamos comprender, pensando que sólo así sobreviviría al tiempo y a la adversidad, y le rogué que, pasara lo que pasara, no la olvidara. Aún sin confesarlo, entre otras ingenuidades, creía que existían cosas capaces de escapar a lo efímero. Pero un buen  día ella se fue y la historia fue olvidada, como tal vez debía suceder.
Desde entonces, la vida se ha reducido a extrañar las historias que me narraba mi mujer eterna, la vieja Nata, a un par de abrazos de mis amigos y a un cuento de tres líneas insulsas que resumen todas las tardes perdidas en la mesa de un café. Sólo soy capaz de recordar algunas noches sin luna, un par de historias de Paul Auster y una escena de La Peste. A eso se reduce casi un año de camino.  

Al calor de la batalla sólo he aprendido que la vida se reduce a una cosa simple y elemental: conocer nuevas historias. Por eso existe la literatura y la palabra, por eso la gente se encierra dos horas en la soledad de los cines, y guarda fotografías y tararea canciones mientras sale a caminar sin un destino planeado, por la avidez con que busca nuevas historias donde leerse, nuevas experiencias donde vivirse. Creo que esa necesidad de historias es el viento que impulsa la nave, el único remedio posible contra la vida vacía. Entonces este pequeño espacio, de por sí tan modesto, se me ha venido a menos de modo tan dramático por no tener alguna historia pequeña que llevarse a la boca, contando una existencia fragmentaria, carente de imaginación y de cosas que narrar. Este blog, esta vida, se me convirtió de repente en una cajita de pasos perdidos.

Pero esta tarde, en que como otras he corrido a cazar historias a un cine, unas líneas en una novela estupenda, una peli de Woody Allen y la fortuna de encontrarme con algunos conocidos del pasado, me han hecho recordar de qué se trata este oficio de respirar, y que tal vez, uno nunca sabe, la casualidad puede traer nuevos relatos que contar. Esta tarde sencilla he entendido que aún los pasos perdidos pueden llegar a algún lugar.

...descubrió que sus pasos, al no llevarlo a ninguna parte, lo conducían al interior de sí mismo. Estaba haciendo un viaje interior, y se encontraba perdido, pero lejos de preocuparlo, esta idea se convirtió en fuente de felicidad y alborozo... y entonces se dijo a sí mismo, con un tono casi triunfante: Estoy perdido.
Auster. La invención de la soledad  

lunes, 8 de noviembre de 2010

jirones

Hay un ejército anónimo recorriendo la ciudad, una horda de hombres y mujeres de tela, que en silencio y con la frente caída avanzan a ningún lado, sin rumbo, sembrando pasos que no darán fruto alguno. Ahí van, con la vida hecha jirones, sin poder reconocerse en el pasado, y los miro deambular, exentos de la terrible tentación de albergar esperanzas, perdidos en monólogos absurdos, cada uno con su propia desdicha a cuestas, sin ni siquiera tomarse la molestia de mirar al frente. ¿Qué caso tendría hacerlo, si no existe el mañana ni el lugar a donde van?
No tienen ojos, bocas ni oídos, para qué, si no hay otros ojos en los que puedan verse reflejados, si no hay nadie que escuche o que pronuncie su nombre. Sólo tienen pies para poder disolverse en la indiferencia de la ciudad. Sólo marchan, arrastrando el rumor de sus plantas sobre las piedras curtidas por los siglos. Si uno se les acerca un poco, puede escucharles los recuerdos, las falsas memorias de todas sus derrotas. Son sólo eso, un batallón de vencidos, exhaustos y destrozados.


Ellos lo saben: Nada te importa en la ciudad si nadie espera...  


domingo, 17 de octubre de 2010

déjà vu

Sólo borronear algo, sin importancia, cerrar los ojos y soltar la mano mientras aguardo la cita con el amanecer. Sólo un cigarrillo más, qué importa. Sólo salir por la ciudad y tomar cualquier calle, doblando esquinas al azar. Solo.
En esas tardes sólo me pierdo por ahí, dejándome arrastrar por la gente o por la inercia, con pasos lentos y mirada baja, como buscando un rastro que seguir. Escucho una voz mencionar Horizonte 107.9, ¿qué? el radio, escuchar esa estación de radio por las noches, mientras hacía una tesis, ...en una casa, un lugar que era mío. Había alguien, una mujer, lentes, leer, fumar en las noches mientras sonaba alguna pieza lenta en el radio...
Frío que se disfruta, de vientos tristes que juegan con el cabello y penetran en los huesos. Una tarde sentí el mismo frío y el mismo sol suave y el mismo gusto, una tarde en un mercado, con una calaverita de cartón, roja, un diablo, entre las manos. Un regalo, un cactus. Alguien a quien le gustaban los cactus y le desagradaba el viento; alguien que me dijo que no sabía estar solo...
Entre viejas copias que arrastro desde hace años encuentro una escritura que no pertenece a mi mano, una frase al margen, una caricia de letritas dejada así, como al paso, como una trampa, como un vestigio de pueblos antiguos, una piecita de barro perdida entre arenas insondables de tiempo, un vestigio de la imaginación.
A cada paso saltan señales que no sé interpretar, déjà vu, esto lo viví, alguna vez... supongo que en otra vida,   supongo que alguna vez fui otro... ¿Cómo me llamaría entonces? Samsa, me gusta Samsa... Claro, de nuevo inventando memorias de algo que he hurtado de un libro, tiene que ser eso, tienen que ser las copias de alguien más, porque es estúpido concebir que existen vidas anteriores, e igualmente absurdo sospechar que he encontrado la manera de robar los recuerdos de otro. Claro, sólo invento... ¿Donde lo leí? no recuerdo... pero tengo la sensación de que fue una historia bella.

domingo, 26 de septiembre de 2010

sin nada que decir

Carajo, lo mucho que me gustaría tener algo que escribir, alguna idea medianamente jocosa que me tirara de la mano y me sacara dos líneas por lo menos bien articuladas, pero no la hay, y el post 50 sigue esperando. Entre la bulla de los días pasados quería contar cómo la banda se tomaba las calles el 14 de septiembre, danzando con sus chavitos del brazo en medio de los vendedores ambulantes de Madero, tan sólo para que los chamacos contemplaran el alumbrado del zócalo, de ese zócalo que les estaría prohibido al día siguiente. Disfruté tanto esa tarde, despachando unos esquites y deambulando entre el leperaje que ha resistido cien y doscientos años y más, con el orgullo de ser de los de a pie, de los que tampoco entrarían a la plaza, y con mi propio ñamñito que contemplaba admirado tanto foquito, que al final no pude traducirlo a palabras. 
Después se vino una celebración mítica, los cien años de la madre de este país, la bella Universidad Nacional Autónoma de México, y el gozo y el orgullo me abrumaron hasta pensar que no había más que anotar que la UNAM es un amor para toda la vida, como lo siente cualquiera que haya pasado por ahí.
Y hoy, cansado de tantas horas iguales frente a la máquina, sólo espero ver salir el sol, que a pasos lentos se viene insinuando en este cielo parduzco, sin tener nada que decir. Es este el momento en que queda en la cajetilla el último cigarrillo, en que ya no tiene caso pensar en la siguiente taza de café, cuando se está molido, con la espalda partida y el estómago destrozado y los miembros entumecidos por el frío y la monotonía, pero con la fatiga que se disuelve en un extraño sentimiento de satisfacción por haber avanzado un par de pasos en la batalla de la tesis. Comienza a clarear, en el mundo despiertan despacio los sonidos de la vida cotidiana y las sombras, que me acompañaron la jornada entera, por fin se largan a dormir. 
Arde la braza en la punta de este último sobreviviente. Es el principio del fin y yo no he dado con algo que justifique un post. Sólo tengo una idea en la cabeza, la de que esperan muchas noches como ésta, de letras cansadas y sabor metálico en la boca, y no se si podré  soportarlo. Tengo miedo, demasiado; tengo la voz de mi asesora preguntando ¿sabes lo que es trabajar bajo presión?, pero también tengo la sonrisa que le he arrancado con la noticia a un puñado de seres imprescindibles. Por más increíble que resulte, cuando no había para donde tirar, se ha presentado un nuevo anzuelo para la curiosidad: un doctorado. Quien lo diría.
Me rindo, el post 50 se irá sin nada que decir. Ya debe haber una tiendita abierta y se me ocurre un café. Sale el sol.     

lunes, 6 de septiembre de 2010

matando la tarde con un tal Pérez

En este mundo hay dos tipos de personas: los que pueden darse el lujo de pronunciar la frase "en este mundo hay dos tipos de personas" sin correr el riesgo de quedar como verdaderos estúpidos, y los que están condenados a todo lo contrario. Para variar me encuentro en el tipo b, por eso nunca uso tan buena frase más allá de la ironía, porque respeto mucho a los del tipo a. Para ser del tipo a se debe ser gente muy bragada, muy bien puesta en el oficio de conocer a los hombres, y de preferencia tener el semblante, el poncho y el sombrero de Clint Eatswood en el bueno, el malo y el feo. Si usted no cuenta con esto y se atreve a decir esa frase, resígnese a quedar como un simple y vulgar pelotudo pajaronalgón.
El caso es que creo que en este mundo no hay dos, sino tres tipos de personas: los iluminados que se precian de saber de literatura -incluso a veces en realidad saben- y desfilan exhibiendo su escandaloso plumaje por la vida; los que no han olvidado que ante todo la lectura y el disfrute de la literatura es la actividad lúdica por antonomasia; y los que viven bien sin pensar en cuestiones tan imbéciles como ésta. Entre la gente de los tres tipos que conozco, creo que sólo una vez le he escuchado decir a alguien que disfrutaba con una novela de Pérez-Reverte. Pareciera ser que las divinas garzas ilustradas consideraran las novelas de este flaco como un objeto menor, sin arte, literatura muy alfaguara -aunque pudieran ser lectores de closet de este autor- y por ello indigna de sus profundas cavilaciones, lo que al Reverte, me gusta imaginar, debe llenarle de tranquilidad. Supongo que los y las que viven sin llenarse de pajas sobre libros, difícilmente les importará de qué hablo, pero apuesto que si les contara alguna de sus tramas les encantaría. En cambio, a los que son lectores por el puro gusto nomás, pa darle hilacha al vuelo de la imaginación, las novelas del Arturo tal constituyen siempre un placer, como una buena tarde de tragos, un gol del triunfo o alguna vaina por el estilo.
Al tal Pérez se le da lo más de bien el difícil arte de contar historias, y se las sabe de  piratas, libreros, ajedrecistas, coleccionistas de arte o espadachines de la vieja guardia. Por eso da gusto leerlo, porque el tipo no ha olvidado el valor que tiene una buena historia y la gracia que es necesaria pa contarla, con el ritmo y el tono idóneo, imprimiéndole a la mujer misteriosa el cabello más hermoso, el sonido seco a los golpes en las peleas de tugurio y la belleza a los cuentos de fracaso. Así que en medio de esta tarde, en que le di de palos a una tesis que jamás terminará por ser decente, me rendí y acudí a husmear consuelo en las cajas. En una de Ariel encontré "La carta esférica", que quise leer desde hace años y que olvidé cuándo compré. De un manotazo me espanté el bicho del remordimiento de "perder" el tiempo en "novelitas" y me tiré a fondo, como en los viejos buenos tiempos, con nescafé frío y cigarrito, a encontrarme con este flaco al que tenía rato de no visitar. Claro, como suele suceder con este buen conversador, y con un escucha que viene pensando mucho en viajes fallidos y corazones ligeros de equipaje, bastó que me contara un par de líneas de la historia de un marinero condenado a tierra, para que me sintiese de nuevo en casa, en una casa.

Entonces él todavía miraba determinadas cosas desde lejos, o desde afuera [...] Pero ahora con la certeza, más próxima al alivio que a la decepción, de que ninguna de aquellas inquietantes maravillas le estaba destinada. En su caso, saberse fuera del circuito, conocer la ausencia de su nombre en la lista de los Reyes Magos, lo tranquilizaba. Era bueno no esperar nada de la gente, y que la bolsa de viaje fuese lo bastante ligera como para echársela al hombro y caminar hasta el puerto más próximo sin lamentar lo que se dejaba atrás. Bienvenidos a bordo.