sábado, 16 de julio de 2011

caricia sobre las alas del viajero

Me ando pensando mucho en vos, en el coraje que se necesita para ser como vos. Empacar un par de recuerdos como hojas secas entre las páginas de un libro, atar los broches de la mochila, y llevar hasta sus últimas consecuencias el hambre por perseguir la vida. Saltar, de tren en tren, de historia en historia, con el corazón dando tumbos, cantante, abierto al viento y al aguacero. Hace falta coraje para vivir así, con el billete de ida en el bolsillo y los zapatos coleccionando el polvo de los caminos, coraje para decir adios, para prometer un hasta luego.
Me vengo pensando mucho en ti y en tu nuevo salto, en los saltos que has dado, dibujando piruetas en el cielo. Me gusta tanto imaginarte rodeada de hormigas -¿o eran abejas?- gigantes en los colores de una calle en Barcelona, allá donde fuiste tan feliz. Te veo en Marruecos, nadando entre las aguas de un mar de murmullos incesantes del mercado. Te siento en Baires, en esas tardes en que estabas enfadada por los disgutos cotidianos del trabajo, pero todavía sonreías y soñabas con los versos de Pizarnik. Ahora pones norte al sur, a llenar tus noches de bossa, ¿no olvidas nada? ¿has guardado ya los cariños que siempre te acompañan? ¿y la cámara? ¿y la curiosidad? ¿empacaste los besos que te faltan por regalar? ¿los abrazos para los nuevos amigos que aún no saben que lo serán? Viaja ligero compañera, deja un espacio muy grande en la mochila para los recuerdos que traerás a la vuelta, las memorias que agrandan la vida como decía el viejo Bioy, y para esas tantas historias que tendrás que contarme en el siguiente bar, en una parada futura a un costado del camino.

Pienso en vos Alex, en la bocanada de esperanza que llena tus pulmones justo ahora, a unas cuantas horas de partir y sonrío, mirando el cielo pardo que se estanca en mi ventana. Pienso en vos y las agallas de todos aquellos que como tú se han jugado en la aventura. Pienso en la linda Laura, esa bella entre las bellas que barría los cabellos en una peluquería mientras veía los grandes almacenes al otro lado de la acera, entre la bruma de Londres. Pienso en Goico y Andrea, en Erasmo y en Vivi, con su monoambiente donde no cabían tres, pero que era la casa de todos, nuestra Bogotá en Villa Devoto, y claro, en Matteo y sus cartoneros, comiendo empanadas para guardarse la poca plata mientras soñaba con ser periodista. Pienso también en los amigos que abandonaron pasados y certezas persiguiendo una duda acá en México, en todas las veces que los he visto platicar la soledad y la nostalgia, aguantando con unas pocas monedas en el bolsillo, siempre aguantando. La Javi y esa tarde relinda que no alcanzamos a pagar unos esquites, la Aleja, chiquita, aguantando temporal, la Dani siempre mirando al sur y el Cami y la Marita jugando al milagro de los panes y los peces. Pienso en todos ustedes, compañeros de ruta, que han hecho del lejos y del cerca un sólo y relativo modo de andar por la vida, siempre generosos en el cariño, y siempre con un fragmento de la sonrisa anclado en otro lado. 

Ustedes son aves con alas demasiado inquietas para estar enjauladas. Les quiero y les admiro porque viven presas del embrujo de dejar todo y largar, sólo largar. Con unos me une la certeza de encontrarlos de nuevo, con otros me ata la resignación de extrañarlos y la esperanza en que el azar me regale otro de sus abrazos. Con todos el placer por sentir el viento en el rostro. Mientras tanto la tarde desfila con su andar cansino, y mirándole me digo que ojalá que estuvieran aquí, donde quiera que eso sea. 

viernes, 1 de julio de 2011

He pasado el día escuchando el incesante tintinear de la cortina de lluvia que me envuelve, maravillado porque no recuerdo otro día en que haya llovido sin cesar un sólo instante. Esta noche no hay palabras, ni buenas ni malas, sólo el rostro de Isabel, la melancolía que le imagino en los ojos mientras veía llover en Macondo, y Frank Sinatra, que poco antes de las tres de la mañana se ha inmiscuido en la programación de la estación cantando I've got you under my skin. Que curiosas maneras encuentras para mandar abrazos Natalia, yo también te llevo aquí. Gracias por venir.


martes, 7 de junio de 2011

impase


Por esta hoja en blanco no pasa nada. Priva el silencio. Nos contemplamos aburridos, ella de mi estupidez y yo de su mutismo. Nuestra relación ha sido como cualquier otra, dibujada con un poco de amor y algunas trazas de odio discreto, y hemos conocido por igual noches de conversaciones interminables, de risas y abrazos, que malas rachas, con sus días llanos y sus rutinas mustias de charla en monosílabos, pero me temo que de un tiempo para acá nos ha devorado el hastío. Ahora sólo se limita a contemplarme encender un cigarrillo tras otro, indiferente, sin reprocharme nada aparentemente, pero sé que su silencio absoluto encierra el reclamo porque ya no le comparto esas historias sencillas que antes nos unían, por no cerrar esa caraja tesis de una buena vez.   
En otros tiempos teníamos más tema de conversación. Entre mimo y mimo le contaba de las cosas aburridas de mi tesis y la pobre se las bancaba con paciencia y en ocasiones incluso con un poco de entusiasmo, sobre todo cuando le describía las noches de una vieja ciudad infestada por la epidemia. Así conocimos muchas madrugadas hablando de lo mismo, con el cuerpo cansado, el cenicero rebosante y el café helado, pero que felices que éramos viendo salir el sol. 
La chica ha sido buena conmigo, aguantando con buen talante mis manías absurdas y mi gusto por esos relatos que se esconden entre las callecitas de la ciudad. Me ha soportado ratos muy amargos, compartiendo soledades y adioses, siempre aguardando los días mejores. En otros tiempos tuvimos historias de amor, sí, pero supongo que se nos acabó el romance. Pobre hoja mía, pudiendo andar con un escritor o un poeta que la llenara de palabras lindas haber acabado con un flaco anodino como yo.

Ahora priva el silencio entre nosotros, y yo sigo sin poder encontrar la caricia de esa primera línea que nos reconcilie.

viernes, 27 de mayo de 2011

7:53 am: puesta en escena

Con un esfuerzo sobrehumano logro mirar la hora en el celular que milagrosamente rescato entre las almohadas: 7:53 am. Joder que es temprano, por lo menos lo es en el ritmo de mi existencia, donde las noches duran acaso un poco más de la cuenta. Sin dudarlo salto de la cama y, cuando logro darme cuenta de algo ya voy para afuera del edificio con un plato en las manos. ¡Qué descuido! ¡Cómo me olvidé de devolverle su plato a la señora! Atravieso la entrada ruinosa, de ladrillos grises y con algunas plantas colgando de viejos botes de lata ya picados por la humedad, y en el quicio del portón doblo a la derecha. Avanzo los cinco, tal vez diez metros que me separan de la esquina, y entre paso y paso apenas aventuro una mirada distraída al otro lado de la acera. Hay un conjunto de personas, como el que debe haber en una calle cualquiera de esta ciudad a las 8 de la mañana, supongo. Al vuelo alcanzo a distinguir la pirámide de fierros de un puesto de revistas y una señora con su vaporera de los tamales. Personas más, personas menos, deben ser unas diez en la estampa. Todo eso lo percibo en la ojeada de dos segundos y llego a la esquina, donde cruzo sin problema la callecita, distraído de los autos o tal vez consciente de que es imposible que pase alguno, hasta alcanzar la acera opuesta y el localito de memelas donde la matrona yergue toda su autoridad frente al enorme comal que es como un negro tambor humeante. Con toda naturalidad busco donde tirar las morusas que llevo sobre el plato y extiendo la mano para devolvérselo a su dueña. Sin mediar palabra la escena se rompe cuando las tres mujeres que están trabajando ahí, dos señoras gruesas y una joven, me miran con desconcierto y yo entiendo que el plato es mío. Como puedo murmullo un ah perdón –siempre esa manía de pedir disculpas al verme cometiendo  alguna estupidez- doy la vuelta y regreso sobre mis pasos. Me siento ridículo y un poco confundido, y porque entiendo que mi recorrido no habrá pasado inadvertido para las personas de enfrente, a quienes seguramente les habrá causado cierta extrañeza, los miro de nuevo aguantando como puedo la vergüenza. Todas las miradas están clavadas en mí y eso ya me resulta demasiado extraño. Espera, hay algo más, algo no está bien en esa escena. Claro, no hay un solo ruido, ni un auto, ni una voz, nadie habla con nadie. De hecho nadie hace nada. Algunos hombres están sentados en el suelo, al filo de la banqueta y me miran con la expresión cansina del que despacha los últimos minutos antes de comenzar la rutina diaria. Uno de ellos luce un traje gris y camisa blanca, como esos oficinistas de medio pelo. En la mirada que voy paseando sobre la escena, que apenas dura unos segundos entre la esquina y la entrada del edificio, alcanzo a mirar sobre el dorso de la mano derecha del tipo de traje una manchita de pintura naranja.  No entiendo un carajo, no sé porqué nadie se ocupa de otra cosa mejor que mirarme, digo, debe ser extraño un tal que sale con el cabello enmarañado, en pijama -¿descalzo?-, que avanza con pasos de autista 10 metros y da vuelta y con un platito en la mano, pero no tan extraño como para que todos se detengan a escudriñar mi mala facha y mi ridículo.
Tras esos cinco o diez metros que se me han hecho eternos alcanzo por fin la entrada del edificio… Titubeo. ¿Es ésta? Siento a mis espaldas las miradas ahora más extrañadas aún al verme dudar. No recuerdo vivir aquí, pero miro los botes con las plantas y me digo que tiene que ser. Idiota ¡aún estás dormido! Entro sonriendo por pensar en mi ridículo y tras un par de pasos escucho que se desata por fin la orquesta citadina de cada mañana: voces, una bicicleta, el cruzar de los autos. Ah, ya entiendo, claro, era tan sencillo: la coreografía del mundo empieza a las 8 de la mañana pero los actores, como profesionales de una obra, están listos en sus puestos algunos minutos antes. ¡Claro! Es lo más natural, sólo que no lo había percibido porque nunca piso el mundo a esas horas…
Un timbrazo, otro más. El teléfono me despierta. Miro la hora en el celular y casi no me sorprende: 7:53 am. Avanzo casi a ciegas hasta al teléfono maldiciendo a quien se la haya ocurrido llamar en la madrugada. Mmh, supongo que eso explica la manchita: se me hace que al tipo trajeado de hoy le tocó ayer el papel de pintor de casas. ¿Bueno?       

lunes, 23 de mayo de 2011

chau nonita

Cuando llegó a la casa fue mal recibida, era demasiado pequeña y demasiado poodle: en su origen la pobre traía el estigma de esos perritos mamones y absurdos. En realidad fue bien recibida por todos, sólo a mí me resultaba detestable. Esa chingadera ni es un perro, mira, a la primera se pierde debajo de algún mueble, le decía con sorna a mi hermana, quien la había llevado cuando una maestra de la primaria se la obsequió. ¿Y cómo se llama esa chingadera? Donna ¡mta, sólo le faltaba un pinche nombresito mamón!
A los pocos días de su llegada debutó mordisqueando un libro de Jordi Soler que había dejado sobre el sillón la madrugada anterior. En el momento lo tomé como una provocación directa y una agresión contra la novela que me iba gustando, ¡pinche perrito caguengue y además comelibros! Ahora, casi nueve años después, creo que la novela era más bien regular y que la Nona sólo manifestó su implacable pero acertado juicio literario. Aún conservo mi libro a medio comer.
La chingaderita comelibros fue creciendo y se fue revelando como una chica lista. De Donna el nombre le fue cambiando a Domitila, como le gritaba la vieja Nata desde la cocina, y a Nona, como le llamábamos los demás cuando le enseñábamos a jugar. Entonces cambió todo. Era lista como pocas, siempre con algún truco nuevo que aprendía de inmediato y de la nada, siempre feliz de ir y venir persiguiendo una pelota. ¡La panza Nona! Y la chica se tumbaba mirando atenta, como esperando la caricia. ¡Vuelta Nona! Y sin chistar giraba la muy condenada. Igual ladraba cuando uno le preguntaba su nombre que entendía la más mínima instrucción, siempre con ese modo de mirar a uno con un extraño dejo de sabiduría y serenidad, como si entablara diálogo, como una chica algo temperamental y algo necia que exigiese ser tratada como tal, como una integrante más de la familia. Siempre supe que ella podría aprender a hablar en alemán antes que yo, que en ese estuchito de pelo corriente y ojitos vivaces se escondía una dama.
Resultó que antes de que me diera cuenta ya la adoraba y resultó también que los años fueron pasando y que nuestra chica, entre un montón de cariños y lengüetazos, se fue poniendo viejita y antes de tomar la curva final de la senectud perruna ha decidido largar. Natalia siempre decía cuando recordaba a su Tobi, un bóxer que fue el cariño de su vida, que por eso a ella no le gustaba tener perros, porque era demasiado doloroso cuando se iban. Lo decía con una tristeza que era difícil de imaginar treinta o cuarenta años después de haberlo despedido. Y como siempre, la vieja tenía la boca llena de razón: sólo quien haya enterrado a un amigo así puede comprender la tristeza de esta tarde. 

Le sobrevive su chamaco, el Panchón, y su familia, que entierra con ella un poquito de corazón. Ve a acompañar a la vieja, acá nosotros te echaremos tanto de menos mi chica lista, la nonita tan bonita, compañera.

sábado, 14 de mayo de 2011

noches de frac

Hay noches que sin grandes aspavientos, sin como ni porque se convierten en risas a solas, en cigarrillos alegres y pasitos de baile de salón. Se transforman desde la sombra de la rutina en ceremonias de vida, en alegría que se comparte en espíritu y a la distancia. Esta noche es así, ¡esta noche París es una fiesta!, grita con voz en cuello un Hemingway que se emborracha en la barra; esta noche es de frac y de orquesta, del viejo Frank dedicándole canción tras canción a mi vieja, de Miles tocando como nunca 'Round Midnight. El radiecito suena que suena, acompasando las fantasías y las letras, y en la madrugada dos jugadores se encuentran sobre la vieja tabla de ajedrez, se traban en una lucha física sin siquiera tocarse. Reparten los movimientos en una lógica especial, capricho de la maravilla en que se ha convertido esta velada, intentando sorprender al otro pero cayendo vencidos una vez y otra más. Un peón que se adelanta, una mano casi a punto de rozar la otra, un caballo que rodea y envuelve, y un rey y una reina que vencen y rinden la plaza a merced del enemigo.
Esta noche es de gatos enfurruñados, que de pronto arañan y celan, de bocinazos disueltos en la lejanía, de besos y abrazos dejados un poco a la deriva, casi sin querer, como pistas sobre el mapa de la aventura. Los pies marcan el compás de la batería, la expectativa aumenta en cada moviemiento, y en medio de una pieza lenta irrumpe un saxofón como una gran ola que estalla al filo de los acantilados: ¡el lugar todo se convierte en un gran derroche de vida! todo es una profusión caótica de colores y texturas y por los sentidos desfila el carnaval...
Todo pasó en un instante, estremecedor y casi insoportable. Pero la mar debe regresar al horizonte en la ola que se va. Las luces se adelgazan, se agotan de tan tenues. Una sonrisa de mujer alumbra por un segundo un rincón de la noche, una sonrisa de despedida. Sobre la pista sólo quedan las últimas parejas bailando a media luz, sin apenas mover los pies, revueltas en la cadencia de un abrazo que durará la madrugada. La música es ahora apenas un soplo en el corazón del radiecito. Se enciende un cigarrillo y el fulgor de la braza se pierde por un sendero de la noche...                

miércoles, 11 de mayo de 2011

hasta la puta madre

Estamos hasta la madre, sí, ¿pero desde cuando? ¿desde donde? ¿Lo estamos desde los 116 cadáveres encontrados entre la desolación de San Fernando, Tamaulipas o de los 188 rescatados de las fosas en Durango? ¿desde los seis chavos que aparecieron en la cajuela de un auto en Cuernavaca y desde los cientos de "víctimas colaterales" que han caído? ¿o desde que podemos imaginar las 40 000 butacas del estadio Azul ocupadas por cadáveres? Yo estoy hasta la madre desde antes, desde que un domingo echaron a la mierda a los 44 000 trabajadores del Sindicato Mexicano de Electricistas, no, antes, desde que una mañana me enteré que en este paisito triste se podía llamar gastritis a la violación tumultuaria de una anciana indígena nahuatl a manos del ejército, y democracia al pacto urdido en nuestras narices por una manada de puercos para arrebatar lo que no pudieron ganar en las urnas. 
Bajo el sol del domingo desfilaron otros muchos miles de rostros más que también están hasta la madre. Vengo de Guadalajara y vengo a denunciar al procurador de justicia, decía la mujer que estaba hasta la madre de un Estado donde las autoridades se dedican a otorgar certificados de impunidad a violadores y asesinos. La doñita que emocionada le decía a alguien por teléfono Sí, ya saludé a Granados Chapa y aquí está Ricardo Rocha, tal vez estaba hasta la madre de ver su televisión tomada por supuestos líderes de opinión y analistas políticos vestidos por el mismo traje de la abyección y el cretinismo. Entre esos amantes de las marchas por la paz con playeritas blancas y globos blancos con dibujitos de palomas, esos que en cada convocatoria por el estilo sacan a pasear sus perritos y sus ideologías también tan blancas, que están hasta la madre de vivir con miedo a que les roben la camioneta, pero también están hasta la madre de las manifestaciones de mugrosos que les bloquean las calles, esos que marcharon con sus pancartas iguales que decían "No más sangre. Narvarte" para refrendar que se marchaba juntos pero no revueltos, también entre esos caminaban miles de chavos hartos de saber que en este país ni estudiarán ni trabajarán. La pareja que sostenía una manta con un stencil que mostraba a dos granaderos golpeando a un tipo y con la leyenda "Bienvenidos a México" seguramente estaban hasta la madre de que aquí se trate a los migrantes del sur como a perros sarnosos, de que las propias autoridades del Instituto Nacional de Migración trafiquen indocumentados con los cárteles de la droga. 
Las mujeres que se bancaron los kilómetros y el sol caminando envueltas en rojas faldas de lana estaban hasta la madre de tener que soportar la vergüenza de hablar su lengua frente a los blancos, de vivir a infinitos kilómetros del hospital más cercano, de ver morir la tierra y talar los bosques, de tantos y tantos siglos de colonialismo y marginación, de masacres que no salen en el noticiero de la mañana, de vivir bajo el terror de los paramilitares y la explotación y el despojo de los caciques. De que les escupan a la cara con desprecio. ¿De qué estaba hasta la madre ese hombre, harapiento y sucio, que sentado en la acera aplaudía y gritaba contento al paso de la masa ¡Gracias por venir, gracias por marchar porque sólo así se puede!? Lo estaba de la asquerosa miseria, de no tener nada y de ser tratado como nada. Y la doña con la cartulina donde escribió una frase del Che, ¿no estaba hasta la madre de haber visto como la canasta básica se redujo a un cuarto de lo que era hace cuarenta años? ¿y su esposo, con su cartulina y su frase de Brecht, no está hasta el carajo de una sociedad donde después de los cuarenta años la gente está condenada a morir de hambre al ser rechazados en todos los empleos? Seguro que sí. Como es seguro que la impunidad vibraba en el silencio de la ira contenida de los viejos del comité 68, hasta la madre de pelear por más de cuarenta años para exigir justicia, hasta la madre de extrañar a amigos y familiares asesinados por los mismos que después integraron el crimen organizado, fundadores de la pesadilla actual. 
En una marcha encabezada por la voz doliente de un padre, un poeta, confluyeron tantas razones distintas, tanto hartazgo que tal vez se pueda condensar en algo: la inmoralidad. La inmoralidad de una clase politica que traicionó el contrato social, la de una economía que mata más por hambre y por enfermedad que las propias balas, la inmoralidad de una sociedad racista y excluyente, la del silencio cómplice, la de la riqueza ilícita, la del conservadurismo mojigato, la de quienes torturan, desaparecen, ejecutan, la del cinismo, la del olvido. La inmoralidad de todos los que, con sus actos y omisiones, nos quieren condenar a vivir sin esperanza. De esa estamos, estoy, hasta la puta madre.

       

viernes, 8 de abril de 2011

los ojos viejos de don Pascual

Se miró los botines cubiertos de polvo y rebuscó en el bolsillo izquierdo de la chaqueta el papel y el tabaco. Con la parsimonia del que se sabe derrotado ató el cigarrillo, mantuvo un instante el gusto del papel en la lengua y con la misma calma le dio el primer jalón, dejando que el humo le apaciguara los latidos. ¿Cómo pudo suceder? a la tercer calada comenzó a asimilarlo: el Pocar se había sentado en el arranque. Nunca había pasado, no con él, un caballo tan fiel, pero un día tenía que pasar.
Yo era entonces un chamaco que apenas me bebía los primeros tragos de tequila, con los otros escuincles y a escondidas de mi viejo, pero recuerdo clarito el sol de aquella mañana. Las carreras se corrían en el carril parejero de Churubusco, a la orilla del río y justo enfrente del panteón del Xoco. Se apostaba fuerte y se jugaba con honor. Aquel día mi padrino se jugó diez mil del águila, el caballo y la comida y los tragos para todos. Se los jugó al señor Alanís y su bestia, el Indio me acuerdo, un retinto de muy fina estampa. El Pocar era un alazán claro, alto, que corría con alegría las 350 varas. Mi padrino era así, apostaba fuerte y con honor.
Aún lo veo fumando su cigarro en medio de la pista y del silencio con que todos esperábamos su reacción. El señor Alanís se le acercó, ni modo Manuelito, fue legal. Fue legal, dijo, mientras se llevaba la mano al otro bolsillo y sacaba el fajo de billetes. Los puedes contar si gustas, ni hablar Manuel, eres hombre de ley y no hay porque contar nada, y ahora a darle, a mi casa con todos los muchachos, que esto hay que celebrarlo.
Hubo barbacoa y pulque para toda la tarde y a la noche todavía corría el mezcal y el aguardiente. Más de sesenta años hace de eso, pero lo tengo guardado aquí, porque después de esa carrera mi padrino no se pudo levantar. Lo perdió todo y lo perdimos a él, que un buen día agarró rumbo pa' no sé donde y se fue, sin dejar nada detrás. Pasaron varios años en que no hubo noticia suya, hasta una Noche Buena en que sonó el timbre y apareció en el umbral de esa misma puerta. Yo lo quería mucho. Recuerdo a mi padrino y mi viejo cantando aquella noche, en esa ventana, Los barandales del puente... Nunca más volvimos a saber de él...


Escucho y veo las lágrimas asomar en los ojos viejos de don Pascual.    

jueves, 31 de marzo de 2011

insomnes atrapados en una larga noche

Elija usted en cual de éstas muertes se puso a pensar...
Hace mucho que me vengo pensando ¿qué hubiera hecho yo? La duda era inevitable al imaginar con asco a todos aquellos que con su silencio fueron cómplices, que no apretaron el gatillo ni empuñaron la picana, pero que sabían que otros lo hacían y no hicieron nada.
¡Avestruz!


Anoche escuche
varias explosiones
tiros de escopeta y de revólver
autos acelerados, frenos, gritos
ecos de botas en la calle
toques de puerta,
quejas, por dioses, platos rotos
estaban dando la telenovela
por eso nadie miró pa'fuera

¡Avestruz!


El centro clandestino de Virrey Cevallos era distinto a los otros que operaban en Buenos Aires en los años de la larga noche. No era una gran base militar, ni un cuartel policíaco, y tampoco contaba con dimensiones que lo hicieran notable como el Olimpo o el garage mecánico de Automotores Orletti. Era sólo una casita cualquiera, tan común y corriente como las demás en el céntrico barrio de Montserrat, a unas cuantas cuadras del Congreso. "Casi" tan común, salvo por esos Ford Falcon que se pasaban el día entrando y saliendo. "Casi" tan común porque con los autos entraban y salían tipos de trajes igualmente grises, mala cara y pelo a lo milico, que por la mañana llegaban y que salían a la misma hora de la tarde, cada día, con una regularidad imposible de ignorar. Algunos vecinos, viejos moradores de la cuadra, respondieron cuando se les preguntó, años más tarde, que nunca vieron nada sospechoso, como si los autos, los tipos o el par de hombres que siempre se alcanzaban a distinguir, fuertemente armados custodiando al otro lado de la ventana, fueran la decoración habitual en el vecindario. Vecina, vecino ¿es que acaso no tiene su propio malencarado, plomo en mano y pelo al ras, cuidando su puerta? ¡que extraño! 
Es absurdo, lo sé, es estúpido y anacrónico, bien me lo sé, pero es humano preguntarse si hubiera tenido las agallas para no callar. Lo es si se piensa en aquellos que fueron forzados a decidir, en esos vecinos a los que no me atrevo a juzgar. No había frente a quien denunciar, no existía más camino de protesta que la militancia y la clandestinidad, jugarse el pellejo y el de los tuyos. ¿Se puede reprochar entonces a todos aquellos que con su silencio fueron cómplices? En ese centro clandestino de detención y tortura camuflado de casita suburbial en la calle de Virrey Cevallos al 628, habían apenas un par de celdas diminutas, la salita de los suplicios y una sala comedor y de juntas, donde el grupo de tareas planeaba las detenciones del día. Sólo era una pared lo que dividía el infierno de las torturas y el confort del departamento donde vivía un matrimonio con su bebé. La pareja, desesperada por los gritos incesantes que habitaban al otro lado del muro, decidió largarse, escapar y tratar de imaginar que la vida podía seguir, que su hija podría crecer en un mundo sin muros y sin gritos de sufrimiento. ¿Podían hacer algo más? Como ellos largó el hombre que vivía frente a la casa, cuando asqueado por la culpa, por la impotencia, vendió el departamento y rajó. ¿En su silencio y su huida cargaron con esos treinta mil desaparecidos? 
Elija usted en cual de éstas muertes se puso a pensar...        


Todos sabían lo que pasaba en esas mazmorras, y agachaban la mirada y aceleraban el paso y apretaban un poco más fuerte la mano del niño cuando pasaban por enfrente, sin poder evitar la desagradable sensación del vello que se eriza, la sangre que palpita en la sien, el lenguaje corporal del miedo. Claro que habían los que pasaban y pensaban para sus adentros "algo habrá hecho", "se lo merece, comunista de mierda". Dichosos los indiferentes, los que lograron burlar las trampas de la consciencia, porque de ellos sería el reino de la noche. Esos dormían tranquilos.     


Y no es el que duerme tranquilo
después de asesinar sin saber
Y ríe en su casa
Con el cuerpo limpio de muerte
En su espalda


Los que tuvieron que decidir entre el silencio y la acción también fueron víctimas, pues no tenían opción... ¿o sí?... Sospecho que esos no dormían, preguntándoselo, y así siguieron la vida, revolviéndose entre las sábanas, sin atreverse a dar una respuesta. 

viernes, 25 de marzo de 2011

marzo 24: teratología histórica

Para la gente de google, moderno oráculo portador de todas las respuestas, el día de hoy tenemos algo que recordar: se conmemora el 137 aniversario del natalicio de Harry Houdini. ¿Acaso a alguien le importa un carajo? supongo que no encontraron una efeméride más interesante que esa. Ya lo decía el general Videla: un fusilado puede levantar una tolvanera, pero treinta mil ausencias sólo ameritan el beneficio de la duda. Treinta y cinco años después google le da la razón.


*
Como el de los superhéroes, como el de los santos -más parco sin duda-, el universo de los monstruos es infinito, plagado de criaturas fascinantes, aberrantes, imágenes vivas del terror, pero que no podemos dejar de perseguir, y como sucede con el santoral, cada quien se encuentra con su monstruo favorito. El mío lo encontré hace años, y apenas me enteré de su existencia nació una fascinación a primera vista. Cómo sucedía en los tiempos anteriores a la imagen, a mi monstruo lo hallé en la literatura, casi por accidente, la tarde en que tomé un libro de un nombre demasiado grande para un tomo tan pequeño, y desde la primera línea se apoderó de mi imaginación. Hizo brotar en mí un miedo que no sabía que existía, revelándome de un golpe angustias profundas que hasta ese momento desconocía. Mi monstruo no tenía poderes sobrenaturales, no aparecía y desaparecía ni era producto de algún maleficio, no tenía garras ni muchos ojos ni se transformaba a la luz de la luna llena. Bien visto, mi monstruo era más bien muy poquita cosa, feo físicamente aunque dentro de los límites de lo humano; perverso eso sí, pero falto de imaginación; se alimentaba de sangre, a su modo, y se nutría del miedo de la gente, pero no era más que un pobre diablo, unas veces más ridículo que otras. Mi monstruo tenía distintos nombres según la cultura en donde se le encontrara, a veces tenía lentes o bigote, y la única constante era que siempre venía envuelto en un horrendo disfraz verde. 
Desde nuestro primer encuentro me ató a él una extraña relación, mitad repugnancia, mitad curiosidad. ¿Cómo este monstruo, me preguntaba siempre, siendo tan poca cosa, tan vulgar, era capaz de tanta atrocidad? Con su montón de secuaces, monstruos menores y grises que siempre le acompañaban, sembraba el terror y la desolación a su paso. Mi monstruo se llamaba dictador.


*
Hay dolores que le duelen a uno sin haberlos padecido, tan sólo por pensar en la simple posibilidad de que a otro le dolió en el vivo pellejo. Uno lee y escucha, se sumerge en el triste mar de testimonios y se pregunta en qué punto se hubiera quebrado, porque jamás hubiera sido capaz de soportar tanto. Sin hablar de la detención clandestina, de la tortura, del encierro, más allá del dolor físico al que la imaginación ni siquiera se atreve a aproximarse, uno simplemente hubiera sido incapaz de soportar el miedo, la desaparición de la compañera, de los hijos, la llamada que te avisa que tu amigo ha muerto, que a fulanito lo levantaron. ¿Quien lo hubiera podido aguantar? ¿quien puede atravesar tanta tristeza y conservar la vida? ¿que caso tendría? 


*
Bajo la dictadura argentina Rodolfo Walsh soportó perder a su hija en un enfrentamiento con los milicos. ¿Cómo? Tuvo el valor de levantar el puño. ¿De donde lo sacó? La mujer de Hector Oesterheld, guionista de tiras cómicas y creador del Eternauta, sufrió no sólo el secuestro de su esposo, no sólo la desaparición de sus cuatro hijas y sus yernos, sino además la pérdida de sus dos nietos. "Tengo una familia exterminada... ¿por qué yo estoy viva? no lo sé, es el gran interrogante de mi vida" se le escucha decir más de veinte años después. Puedo entender la ambición y la carencia más absoluta de humanidad de quienes impusieron el terror, puedo aceptar que exista la crueldad recubierta de indiferencia en quienes articularon la barbarie por propia mano, puedo comprender el miedo de quienes sabían que todo esto se daba, día tras día tras día, justo en el sótano de la casa de a lado y preferían volver la vista. Lo que no puedo comprender es cómo Elsa Oesterheld tuvo la fortaleza de seguir viviendo.
Lo que me gusta en el arte es encontrar que alguien realizó algo que yo ni siquiera hubiera podido ser capaz de imaginar. Lo que me llena de ternura de este mar de historias, de una ternura que duele, es conocer, desde mi abrumadora insignificancia y cobardía, cuanto valor cabe en el corazón de quien luchaba, cuanta fuerza encierra el espíritu de quien soporta, cuanta humanidad y dignidad corría por las venas de eso cuerpos destrozados por la picana, la tortura y el encierro.


*
Un guardia un poco más bueno me dejó ir al baño debido a una gran diarrea que tenía. Ahí afané unas hojas de diarios que había y me las llevé a escondidas. Leyéndolas me enteré de la muerte de Chaplin y lo comenté. El viejo se conmovió... dijo que quería mucho a Chaplin. 
Uno de los recuerdos más inolvidables que recuerdo de Hector se refiere a la noche buena del '77. Los guardianes nos dieron permiso para quitarnos las capuchas y para fumar un cigarrillo. También nos permitieron hablar entre nosotros cinco minutos... entonces Hector dijo que por ser el más viejo de todos los presos quería saludar uno por uno a los que allí estábamos. Nunca olvidaré aquel último apretón de manos. Hector Oesterheld tenía unos sesenta años cuando sucedieron estos hechos. Su estado físico era muy, muy penoso. Ignoro cual pudo haber sido su suerte. Yo fui liberado en enero del '78... él permanecía en aquel lugar, y nunca más supe de él.   
Testimonio de Eduardo Arias.


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Desde su celda en Campo de Mayo, Videla leyó lo que decía alguien en el diario de hoy: en la Argentina no mataron a treinta mil, mataron a uno treinta mil veces. Ese uno se llamaba Walsh, se llamaba Oesterheld, se llamaba madre y se llamaba hermano y se llamaba... Lo que la memoria defiende del olvido no es la historia de una masacre, sino una sola historia con treinta mil variantes, muchas aún por contar. Ese es su triunfo por encima de la masa de la cifra y del anonimato que olvida. Perdió general.  
Pero en algo sí acertó, cuando el 22 de diciembre, en el juicio que le reiteró la perpetua, dijo que libró “no una guerra sucia, sino una guerra justa que aún no ha terminado”. Es cierto general, mientras existan los monstruos, mientras haya quien derrocha y quien no come, quien olvide y quien recuerde, esa guerra justa no terminará. 


Entrevista a Elsa Oesterheld:
(parte uno)
http://www.youtube.com/watch?v=EuK5hCIZS00&feature=player_embedded

(parte dos)
http://www.youtube.com/watch?v=vdmw5jBhzaY&feature=player_embedded