Frío. El frío muerde de una manera insospechada en las madrugadas de hospital. El cansancio toma forma y peso en la espalda, en los muslos, en cada parte del cuerpo, es un ente que de pronto adquiere conciencia propia y grita con mil bocas al mismo tiempo. Sabes que debes mantenerte alerta, pero el sueño es un adversario enorme e imbatible, inclemente, que te abraza y te seduce de a poco, jalándote hacia el fondo de un mar en calma. Luchas y conquistas la superficie cada cinco, cada diez minutos, y presionas con suavidad la mano que sostienes para decir estoy aquí, drume negrita, duerme tranquila que yo estoy aquí contigo, como siempre lo he estado, para ahuyentar los malos sueños y los temores que siempre rondan por los pasillos. Miras el tic tac del suero e imaginas como gotean despacio los segundos, muy despacio, porque el tiempo en los hospitales de madrugada apenas y se arrastra, insoportablemente lento, tanto que parece que la mañana nunca llegará. Al otro lado de la ventana, una noche sin estrellas se mueve en calma sobre la ciudad y casi puedes observar a todas esas personas durmiendo en sus hogares, a la prostituta que fuma agotada en una esquina cualquiera, al chaval que se sube el cuello de la chamarra y aprieta la marcha en una calle donde sólo resuena el eco de sus pasos, y desde esa habitación a oscuras les guiñas un ojo, cómplices del desvelo, y mentalmente les pones la mano en el hombro, no estás sola chica, alguien avanza contigo compañero, porque sabes cuánto reconforta esa caricia que sin palabras dice estoy con vos. Buena fortuna, compañeros de la noche.
Regresas a la habitación y miras por enésima vez las cifras cuadradas y verdes que cambian en la pantallita de ese aparato, oscilando entre la esperanza y el desconsuelo. Vamos, máquina de mierda, suelta ya las buenas noticias. ¿Quién te crees que eres para medir la fuerza de un corazón? ¿Qué sabes tú, un vulgar mecanismo frío y artificial, de la fortaleza y la ternura que hay en cada latido? Máquina de mierda, ciencia de mierda que se conforma con mirar a los cuerpos como piezas de relojería, que puede contar cuántos latidos hay de más o de menos, pero que no puede medir el hambre de vida que ruge en cada uno. Ciencia vulgar que mide la temperatura de un cuerpo, pero que nada sabe de la tibieza de esa mano que sostienes. Ciencia cretina, tan reducida en comprender los misterios del universo que encierra un corazón.
Tranquila, te dormiste unos cuantos minutos, pero todo sigue bien. Son casi las cinco, la alborada ya está cerca. Sssh, ¿escuchas? Sí, es el Claro de luna de Debussy. El mundo siempre suena al Claro de luna en las madrugadas, como si el viento suave de la noche silbara siempre la misma melodía. Está ahí, para recordarnos que no estamos solos, que hay alguien más allá afuera, escuchando esas notas de terciopelo, alguien que te acompaña como tú acompañas a esa mujer en esa cama de hospital. Debajo de esos párpados tan callados, ella sueña que pelea con molinos de viento y no se dejará vencer. Pelea con todas sus fuerzas, sin temor, pues sabe que estás ahí, su fiel escudera, sosteniendo su mano, batiéndose una al lado de la otra. La alborada llegará, está a unos cuantos pasos, sólo aguanten un poco más, que con el sol amanece la esperanza. Aguanta mujer, y déjate acariciar por las notas de ese piano, siente mi mano en tu hombro compañera, hermosa y valiente compañera, olvida por un instante el cansancio y el frío y regala una sonrisa, porque aún en las tinieblas de la noche más cerrada podemos escuchar toda la belleza de este mundo. Pronto amanecerá.
Hola Dan. Creo que al fin se rompió tu implacable silencio. Saludos!
ResponderSuprimiranita, más saludos para vos
ResponderSuprimirputa madre, ya me hiciste llorar de nuevo¡ y yo que pensé que ya era fuerte¡ sos grande compañero¡
ResponderSuprimir